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· Migración misionera (2)

 © 2026 Josep Marc Laporta

  8- Integración y convivencia
            9- Cohabitación y aculturación
            10- Integración y misión
            11- Aquila y Priscila
            12- Misión inversa
            13- Migración misional inmersiva
            14- Del protestantismo histórico al evangelicalismo transnacional
            15- La política como prolongación de la misión

 

8- Integración y convivencia

Habitualmente, por la convicción religiosa que poseen, por la propia necesidad de ser acogidos y por la cadena de relaciones que establecen, los migrantes creyentes suelen integrarse en las actividades cúlticas y sociales de la congregación de acogida. No obstante, y por lógica de afinidades culturales y sociales, el migrante acostumbra a relacionarse con mayor facilidad con sus congéneres de origen, país o macrorregión. Y pese a que confraternicen de una manera u otra con los demás creyentes, las circunstancias sociológicas de parte invitan a crear grupos de afinidad propios más o menos abiertos, más o menos cerrados. En ello también participan los nativos, que desde hace años tienen sus propios círculos de relación, por lo que, instintivamente, siguen manteniendo sus inercias, preferencias o grupos de amistad eclesiales.

Cuando individuos o un número pequeño de migrantes arriban a una congregación, la integración suele ser mucho más efectiva. El grupo receptor los acoge y fusiona con bastante celeridad. Sin embargo, cuando los migrantes arriban, ya sea rápida o paulatinamente en mayor número y colectividad, pueden surgir discrepancias, discordancias o desavenencias de carácter eclesio-cultural. Especialmente en el evangelicalismo, donde teologías, liturgias o formas de hacer pueden ser notoriamente dispares entre distintas iglesias y/o denominaciones, la integración puede convertirse en un proceso más lento, no exento de dificultades. En dicho proceso y en algunas iglesias, la integración se ha invertido: los migrantes crecieron en número, mientras los naturales vieron menguar su asistencia e influencia. Consecuentemente, los naturales se tuvieron que acoplar a los migrantes. Y en llamativos y complejos casos, y tras un proceso más o menos dilatado en el tiempo, los arribados tomaron las riendas de la iglesia y, al final, los originarios abandonaron la congregación asistiendo a otras congregaciones o creando nuevas.

Alcanzar una cierta simbiosis socioeclesial es uno de los objetivos en congregaciones de múltiples procedencias migrantes de primera generación. Por lo general, el grupo receptor integra al recién llegado y el migrante acogido se afilia al modelo eclesial establecido; pero muchas veces la integración no engendra convivencia, sino cohabitación cúltica. Y es aquí cuando se pueden generar sinergias de imposición pasiva o activa que, a la larga, conduzcan a partes o a la totalidad del grupo migrante de primera generación a pugnar o imponer su criterio socioeclesial.

9- Cohabitación y aculturación

A menudo la cohabitación cúltica no es convivencia ni fraternidad cristiana. Es connivencia mientras tanto. La dificultad de los residentes para entender a la masa que ha ido llegando condiciona la ayuda y la integración. Y, por lo general, comprender integralmente al que llega implica bajar muchos peldaños del pedestal cultural en el que se ha estado instalado desde siempre. El proceso de empatía y comprensión hacia ellos necesita tanto de discernimiento espiritual como de empatía, humildad y benevolencia.

Por otro lado, el recién llegado sufre el síndrome de Ulises o estrés crónico múltiple. Un estrés de aculturación por la tensión derivada de la adaptación a una nueva cultura, idioma, valores, normas sociales, separación de la familia, soledad, incertidumbre económica, discriminación o miedo. Para el migrante, la adaptación implica aprender de nuevo sin querer dejar u olvidar nada del equipaje de vida acumulado anteriormente. Pero adaptarse a una nueva sociedad sin querer renunciar o ceder una parte del bagaje fácilmente puede llevarlo a vivir en estructura de gueto, que es lo mismo que encerrarse en su propio mundo y no querer abrir un resquicio a la realidad y a los beneficios culturales y sociales del lugar de acogida. No obstante, a pesar de que de entrada muchos se encierren en sus costumbres, formas de pensar, liturgias e interpretaciones teológicas inamovibles, por lo general y con el tiempo van abriendo e incorporando aspectos que les permitirán entender que hay vida más allá de su cultura de origen.

Pero mientras tanto, el proceso puede ser laborioso e incluso conflictivo, porque si por una parte no hay capacidad de ver más allá de la presencia y asistencia a actividades cúlticas de un migrante, y la otra se refugia en el recuerdo de sus anteriores tradiciones eclesiales, lo propio es que la inconexión se acomode en una cohabitación cúltica en la que prácticamente sólo se intercambiarán saludos bienintencionados.

10- Integración y misión

En las iglesias evangélicas, los procesos de integración social y eclesial de la población migrante relacionados con la misión presentan algunas variables. Una de las más frecuentes son los apoyos personales y favores sucesivos que se dan entre migrantes provenientes de un mismo país o macrorregión. Esta dinámica puede quedar reflejada en el siguiente proceso: un migrante cristiano conoce a un no cristiano de su misma latitud, quien de manera espontánea recibe apoyo práctico o emocional, invitándole a un culto o a una actividad social en los locales de una iglesia. Poco a poco, el auxiliado se asienta en la red de protección, encontrándose cómodo en el grupo humano y espiritual de la congregación, ampliando su círculo social. Y ya sea por propia iniciativa, por conversión o en un proceso más largo de transformación espiritual, su implicación le llevará a asistir a nuevos migrantes en una cadena de ayudas más o menos regular y activa.

En esta relación de paraguas eclesial y soporte social, la invitación a ir o asistir a una congregación generalmente no se percibe como una propuesta espiritual, sino como una forma de incorporar a alguien a una comunidad de apoyo en la que personas de la misma nacionalidad hacen de puente. De manera que la integración mediante las redes de protección eclesiales y migrantes creyentes convierte a estos últimos en misioneros sociales. Consecuentemente, la misión es un punto de encuentro entre personas, fomento de relaciones y una sensibilidad empática hacia quien tiene necesidades esenciales sin cubrir.

La multipertenencia, la movilidad constante, las redes internacionales, el intercambio cultural y las identidades híbridas son valores misionales a tener en cuenta y valorar en su justa medida. La cadena migratoria es un suceso transcultural que revitaliza la misión, aunque el paso del tiempo, el acomodo y la sedimentación religiosa también puedan producir un cierto estancamiento y gentrificación socioeclesial, con segundas y terceras generaciones más acomodadas. 

11- Aquila y Priscila

Lo primero que sabemos de Aquila y Priscila (Hechos 18) no es que fueran líderes religiosos, sino que eran personas desplazadas. Fueron expulsados de Roma por una decisión política del emperador Claudio César (10 a. C.-54 d. C), quien desterró a los judíos de la capital del Imperio, teniendo que reconstruir sus vidas a más de mil kilómetros de distancia. En términos modernos, podríamos considerarlos migrantes forzosos o exiliados. Esto significa que conocían de primera mano la incertidumbre del desplazamiento, la pérdida de estabilidad, la necesidad de comenzar de nuevo y la búsqueda de trabajo y de una comunidad.

Cuando Pablo llegó a Corinto, de viaje desde Atenas, se encontró a Aquila y Priscila, que venían de Roma. Entre ellos entablaron una relación de compañía y apoyo mutuo, trabajando juntos, ya que tenían el mismo oficio de fabricar tiendas. La misión empezó en la hospitalidad, la compañía, la relación franca y el trabajo. Tal fue la fraternidad entre el apóstol y el matrimonio que fueron pasando los años y Pablo seguía acordándose de ellos de manera entrañable y muy afectuosa: «Saludad a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús, que expusieron su vida por mí; a los cuales no sólo yo doy gracias, sino también todas las iglesias de los gentiles. Saludad también a la iglesia de su casa» (Romanos 16:3-5).

En otra ocasión, en Éfeso y ante la llegada de Apolos —un brillante expositor y conocedor de las Escrituras, aunque con la comprensión del bautismo incompleta —, «Priscila y Aquila lo tomaron aparte y le expusieron más exactamente el camino de Dios» (Hechos 18:26). No lo humillaron ni lo confrontaron públicamente; lo acogieron, lo instruyeron y le ayudaron a crecer. Hasta tal punto fue de bendición el ministerio de tacto y cuidado del matrimonio, que Apolos continuó su viaje hasta Acaya para seguir anunciando las Buenas Nuevas con el envío de cartas de recomendación de parte de los creyentes de Éfeso.

Aquila y Priscila fueron una pareja intercultural. Vivieron en varios lugares. Procedían de Ponto, habían residido en Roma, emigraron a Corinto, se trasladaron a Éfeso y más tarde volvieron a Roma. Una lectura actualizada de sus vidas en referencia a la migración del siglo XXI sería la siguiente: llegan a un país nuevo, encuentran apoyo en una congregación abierta a la multiculturalidad; reciben ayuda práctica; forman redes de amistad y protección; comienzan a ayudar a los recién llegados e invitan a otros a conocer a Cristo. En este sentido, Aquila y Priscila son el mejor ejemplo bíblico de cómo una experiencia de migración puede transformarse en un ministerio de hospitalidad, acompañamiento y evangelización. Su historia muestra que Dios no sólo usa a grandes predicadores como Pablo, sino también a migrantes que abren su hogar y su vida para que otros encuentren a Cristo. El principio misionero no comienza construyendo edificios, sino abriendo hogares.

12- Misión inversa

La misión inversa es uno de los fenómenos religiosos más relevantes de las últimas décadas y constituye un cambio profundo en la historia del cristianismo mundial. Se refiere al proceso por el cual cristianos procedentes de países que fueron evangelizados por misioneros europeos y norteamericanos regresan ahora a Occidente como misioneros, con la intención de reevangelizar un continente que perciben como secularizado y espiritualmente debilitado.

Durante aproximadamente cinco siglos –desde el XVI hasta mediados del XX–, Europa fue el principal centro emisor de misioneros cristianos. Desde Portugal, España, Francia, Inglaterra, Alemania, Suiza o los Países Bajos partieron miles de misioneros hacia América, África y Asia. La línea era unidireccional: Europa enviaba y el resto del mundo recibía. Sin embargo, durante el siglo XX se produjo un cambio demográfico extraordinario. La mayoría de los cristianos ya no vivía en Europa sino en América Latina y el Caribe, concentrando alrededor del 35% de los cristianos del mundo; África era el continente donde el cristianismo crecía con mayor rapidez y Asia experimentaba un crecimiento sostenido. Por el contrario, Occidente vio disminuir la práctica religiosa, concretamente en Europa occidental.

Este desplazamiento del cristianismo mundial fue descrito por historiadores como Philip Jenkins (1952-) y Andrew F. Walls (1928-2021), quienes señalaron que el centro de gravedad del cristianismo se trasladó del Norte global al Sur global. Por lo tanto, la misión inversa no consiste únicamente en inmigrantes que practican su religión fuera de su país, sino en personas que llegan deliberadamente con conciencia misionera para evangelizar a la población europea. Antes, Europa evangelizaba África; ahora, africanos evangelizan Europa. Antes, españoles iban a América Latina; ahora, pastores latinoamericanos fundan iglesias en Madrid, Barcelona o Sevilla.

La opinión de muchas iglesias africanas, asiáticas o latinoamericanas es que Europa atraviesa una profunda crisis espiritual. Las razones son la secularización, el descenso de la práctica religiosa, el envejecimiento y aburguesamiento de algunas iglesias históricas con una estructura ensamblada a una clase media acomodada, el individualismo, el relativismo moral y la pérdida de vivencia bíblica. Es por ello por lo que, para numerosos líderes evangélicos del Sur Global, Europa se ha convertido en un campo misionero.

La misión inversa está estrechamente vinculada a las migraciones internacionales, donde muchos cristianos llegan al viejo continente y no se sienten a gusto en las iglesias evangélicas históricas, por lo que se agrupan y crean nuevas congregaciones de mayoría migrante. En el proceso misionero organizan pequeños grupos de oración, alquilan locales, forman a nuevos líderes y desarrollan actividades evangelísticas entre sus congéneres. Sin embargo, todo este proceso forma parte de una gran infraestructura humana que se instala y permanece en el tiempo con la participación de nuevos agentes misioneros llegados de sus latitudes.

Tanto América Latina como África están asumiendo que la migración natural conlleva una fuerte conciencia histórica de la misión. Por lo tanto, muchas de sus iglesias consideran que, si el cristianismo llegó mediante misioneros europeos, ahora corresponde a sudamericanos o africanos revitalizar la fe europea con responsabilidad espiritual, también como una devolución de una deuda histórica.

Grandes iglesias pentecostales de Nigeria, Ghana o Kenia han desarrollado proyectos explícitos para evangelizar Europa. Consecuentemente, la misión no solamente se concreta en la migración regular o irregular hacia Europa, sino que también es una estrategia eclesial y pastoral mundial. Países africanos y latinoamericanos envían pastores a Europa valiéndose de las redes de congregaciones migrantes de primera y segunda generación ya establecidas. Casos como la Redeemed Christian Church of God de Nigeria ejemplifican un ministerio de alcance transmundial. Con implantación en más de 200 países, la Redeemed Christian Church of God cuenta con unas 40.000 iglesias en Nigeria, con un número estimado de pastores y personal de unas 200.000 personas, en un país con más de 242 millones de habitantes. En el ámbito internacional, la iglesia está presente en otros países africanos como Costa de Marfil, Ghana, Zambia, Malaui, Zaire, Tanzania, Kenia, Uganda, Gambia, Camerún y Sudáfrica. En Europa, la iglesia se extiende por Inglaterra, Alemania y Francia. Y en Estados Unidos hay congregaciones en Dallas, Tallahassee, Houston, Nueva York, Washington y Chicago, así como en los países caribeños de Haití y Jamaica. Asimismo, uno de sus programas más conocidos —el Servicio del Espíritu Santo, un culto de milagros que dura toda la noche y que se celebra el primer viernes de cada mes — se ha extendido por diferentes partes del mundo, incluyendo el Reino Unido, India, Estados Unidos, Canadá, Sudáfrica, Australia, Dubái, Ghana o Filipinas.

La descolonización de la misión o misión inversa implica que ya no existe dependencia occidental, que los líderes del Sur Global actúan con autonomía, que producen su propia teología y financian sus propias misiones. Por lo tanto, el liderazgo demográfico del cristianismo se ha decantado hacia el hemisferio sur con un trasfondo más pentecostal o neopentecostal y unos distintivos externos más expresivos, espontáneos o emocionales.

13- Migración misional inmersiva

Sin poder acotar todas las variables que el tema contiene, tanto los textos bíblicos como las evidencias nos muestran que la migración siempre ha sido, es y será parte de la misión. La transnacionalidad es un valor que permite vivir y crear múltiples relaciones, por lo que, en esencia, la misión puede multiplicarse al no estar sometida a una sola cultura o círculo regional o nacional.

El siguiente ejemplo nos permitirá observar los horizontes que se abren. Migrantes colombianos llegan a España y se establecen. Asisten a una iglesia evangélica y, en su adaptación, conocen a otro grupo de colombianos con los que tienen mayor sintonía. Mientras tanto, también tienen relación con otros colombianos no creyentes, ayudándose mutuamente y, mediante la iglesia a la que asisten, participando en una red de protección que, según procesos particulares, también desemboca en nuevas conversiones. No obstante, semanalmente siguen manteniendo relación con la familia y cristianos que viven en Colombia, conversando regularmente. Hay invitaciones a pastores del país de origen para visitar España y conocer la realidad. La iglesia colombiana de origen ve en el grupo de migrantes una oportunidad de misión y envía a un pastor misionero a España o lo forma sobre el terreno. Consecuentemente, nace una célula local con algunos colombianos. Al mismo tiempo, las ayudas económicas y humanas viajan indistintamente de un país a otro de distintas maneras y con diversos objetivos. Unas son para familiares, otras para proyectos, otras para necesidades concretas y otras financiando de manera práctica la misión. Finalmente, se forma una comunidad de migrantes colombianos en España, ministerialmente confraternizada con Colombia y con una responsabilidad misionera permanente. El resultado es una movilización de recursos de todo tipo que da como resultado nuevos objetivos misioneros con nueva vitalidad eclesial y espiritual: la migración misional inmersiva.

Este concepto surge cuando la migración se establece y consolida misionalmente como grupo étnico o nacional en un marco de refugio cultural, pudiendo representar pública y socialmente al protestantismo nativo, llegando incluso a la posibilidad de subrogarlo. La primera realidad objetiva que hay detrás de todo ello es la revitalización evangélica mediante la inmersión misionera migrante. Pero la segunda es una probabilidad real: la mutación de la posición pública y social del evangelicalismo ante la sociedad.

14- Del protestantismo histórico al evangelicalismo transnacional

La religión del siglo XXI es el pentecostalismo, con sus derivadas e influencias. Esta realidad espiritual y socioeclesial empapa a todas las confesiones cristianas, desde el evangelicalismo al catolicismo, incluso alcanzando a ciertos sectores de la Iglesia ortodoxa. Si el siglo XX fue cuando ciertas características teológicas pentecostales de fondo y forma se fueron implantando poco a poco en todas las denominaciones mediante la copia de costumbres eclesiales y espirituales, el siglo XXI es el de su uniformización.

Gran parte de la llegada de la inmigración evangélica a España de otros países ha traído consigo una tradición pentecostal, especialmente la arribada de Sudamérica y África. Sin embargo, durante gran parte del siglo XX y comienzos del XXI, el protestantismo español ha desarrollado una forma de presencia pública caracterizada por la moderación institucional, la búsqueda de reconocimiento jurídico y la cooperación prudente pero creciente con el poder político. En un país donde la hegemonía católica era evidente, las iglesias protestantes españolas entendieron que su avance no dependía de la confrontación, sino de la negociación paciente, la construcción de confianza y la creación de interlocutores estables ante la Administración.

En las últimas dos décadas, España ha recibido una migración significativa procedente de países latinoamericanos donde el evangelicalismo —especialmente el pentecostalismo y el neopentecostalismo— posee una presencia social más intensa. En países como Brasil, Perú, Colombia o República Dominicana, las iglesias evangélicas participan activamente en la vida política apoyando a candidatos, movilizando votantes, organizando campañas públicas y, en algunos casos, impulsando partidos o corrientes políticas explícitamente cristianas.

Este modelo contrasta con la tradición española. Mientras que el protestantismo histórico defendía una separación estricta entre iglesia y Estado, la migración latinoamericana trae consigo una cultura de participación política directa, donde pastores y líderes religiosos pueden convertirse en diputados, concejales o figuras públicas con influencia política explícita.

La consecuencia sociológica es evidente: el perfil del protestantismo en España está cambiando. La comunidad evangélica ya no es únicamente la de iglesias históricas con décadas de diálogo institucional, sino también la de congregaciones nuevas procedentes de la migración, vibrantes en la expresión, con una identidad marcada por la movilización comunitaria, la visibilidad pública y una relación más emocional e influyente con la política.

15- La política como prolongación de la misión

El cambio demográfico evangélico plantea a medio o largo plazo un escenario futuro diferente y múltiple. Hasta ahora, la tradición protestante española ha sido un modelo de cooperación institucional sin inmiscuirse en la política ni en el partidismo. Pese a ir incorporando paulatinamente ciertos tintes lobistas, su influencia se ha ejercido mediante la negociación, la representación federativa y la defensa de derechos, no mediante la presión electoral, la misión politizada ni la movilización de masas.

Sin embargo, la llegada de modelos sudamericanos introduce la posibilidad de que pastores entren en política, que comunidades movilicen a sus fieles en torno a ciertos candidatos, que la fe evangélica se convierta en un actor político visible, que la agenda religiosa ética entre en debates políticos o que la cooperación tradicional con el Estado se vea alterada. Esto no implica un juicio de valor, sino un análisis sociológico: dos culturas evangélicas distintas conviven ahora en España. Una, la histórica, basada en la institucionalidad y la separación de poderes; otra, la migrante, paulatinamente más decantada hacia la participación política activa y la movilización comunitaria. Es decir, la política, lo público y la influencia en los mass media como prolongación de la misión en un escenario de lobismo duro.

Además de que una nueva opinión pública de la sociedad española, diferente de la anterior, se está instalando respecto a las iglesias evangélicas, la FEREDE, como interlocutor histórico, podría enfrentarse a un desafío doble: mantener su tradición de separación entre Iglesia y Estado, su talante de respeto y cooperación institucional de carácter lobista blando, con la integración de comunidades migrantes que, de origen, pueden tener una perspectiva de las relaciones institucionales más politizadas, superando la actual para pasar a convertirse en un grupo de influencia y acción sociopolítica más directa.

Si el evangelicalismo sudamericano continúa creciendo —como indican los datos demográficos— es posible que la identidad evangélica española evolucione hacia una mayor diversidad interna, donde convivan iglesias nativas e históricas con una visión institucional, iglesias migrantes con una visión participativa y movilizadora, y nuevas generaciones que mezclen ambas influencias. Ejemplo de ello son algunas campañas evangelísticas masivas con un marcado acento sociopolítico en referencia a lo ético y espiritual. El resultado podría ser una politización parcial o cada vez más creciente de la fe evangélica, no necesariamente conflictiva, pero sí distinta de la tradición anterior, con nuevos escenarios de sustitución institucional, como ya ha sucedido en congregaciones históricas, donde la migración ha cambiado totalmente liderazgos y membresías, desplazando, segregando o sustituyendo las anteriores.

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