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· La palabra y el contrato

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Del libro "100 Propostes per a agosarats"
Barcelona © 2007 Josep Marc Laporta

 
La palabra solamente tiene el valor
que permanece en la memoria de los demás.
Cuanto más tiempo pasa en la memoria,

más valor adquiere.
(Josep Marc Laporta)


“¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?”
Esta pregunta ha resonado incesablemente en los tribunales ordinarios o en otras tribunas donde el compromiso de la palabra es vital. Según en qué ámbitos, la respuesta afirmativa debe estar acompañada de la mano derecha del declarante encima de los Evangelios o de la Constitución. En este momento, la palabra se convierte en un contrato serio y definitivo.

Todos recordaremos un histórico discurso de Adolfo Suárez, por entonces presidente del Gobierno español y candidato a la presidencia en las primeras elecciones de la democracia, cuando dijo: “Si ustedes nos dan su voto, puedo prometer, y prometo, que nuestros actos de gobierno constituirán un conjunto escalonado de medidas racionales y objetivas para la progresiva solución de nuestros problemas”. En el transcurso del discurso, hasta siete veces repitió la afirmación: ‘puedo prometer y prometo’.

La palabra es uno de los primeros contratos que tenemos a nuestra disposición para firmar un compromiso social. Pero como se dice popularmente “las palabras se las lleva el viento”. Y es cierto. Las palabras se lanzan al viento y después ¡búscalas! Por esta razón los contratos por escrito son los más seguros y fiables. A pesar de ello, los tribunales confirman que un acuerdo verbal es, legalmente, tan obligatorio como un contrato escrito.

Una palabra verdadera es una verdadera persona

Ya que muchas veces hemos escuchado grandes palabras y promesas que después han sido un auténtico fraude, acostumbramos a imitar aquella actitud canina: ir con el rabo entre las piernas. Sirviéndonos del paralelismo: desconfiamos y nos replegamos. Ahora bien, esto no significa o implica que no hayan personas que no sean transparentes con sus palabras y acciones.

Cuando pronunciamos una afirmación implicada o contrato verbal, por muy pequeño e intrascendente que parezca, nos estamos comprometiendo directamente con un hecho consecuente; mientras que cuando hacemos un contrato escrito, la acción queda ligada por sí misma con el papel y el derecho correspondiente, y, consecuentemente, con nosotros. Es decir, en el contrato de palabra somos nosotros los únicos y auténticos fiadores, mientras que en el contrato escrito también lo somos, pero por administración obligada.

El exentrenador de fútbol americano de la Universidad de Colorado (EUA), Bill McCartney, dijo refiriéndose a la veracidad: “Si quiere tomar el sentido de la palabra integridad y reducirla a términos más simples, concluirá que un hombre de integridad es un cumplidor de promesas. Cuando él da su palabra, usted puede llevarla al banco. La palabra será buena”.

El carácter no es una comodidad que puede ser comprada en una tienda. Está construida por las decisiones que día a día cincelamos en nuestro corazón. Por tanto, una persona que desee que su palabra sea su contrato, primeramente deberá hablar con cuidado, es decir, sin veleidades; y después, ya que decir palabras verdaderas no nace del azar, tendrá que construir un carácter maduro, comprometido consigo mismo y con la verdad.

Para que una palabra sea nuestro contrato tendremos que conseguir una manera de ser fiables y que dé crédito. Y este crédito solamente se adquiere cuando un carácter íntegro se forma paso a paso, con cuidado y dedicación. La palabra fiable necesita obligatoriamente de una vida que la ampare y dé testimonio. ¡No hay atajos más cortos!
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