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· Discriminación sociolingüística

© 2011 Josep Marc Laporta

 Tal vez huyendo de la discriminación de género o por un sentido progresista, en los últimos tiempos, y como caja de resonancia de los cambios acontecidos en nuestra sociedad, personas y entidades de responsabilidad pública han empezado a utilizar con cierta normalidad y frecuencia el masculino y el femenino al dirigirse a la población. Uno de los políticos que empezó a dirigirse a sus conciudadanos en ambas formas fue el lendakari vasco entre 1999 y 2009, Juan José Ibarretxe. Rápidamente llamó la atención de la sociedad española sus intervenciones públicas convocando a los vascos y vascas. La fórmula ha repetido suerte en los labios de otros políticos, eludiendo el género masculino gramatical preponderante por delante del femenino.
Por encima de todo es de destacar el noble y loable sentido de respeto a ambos géneros, especialmente al femenino, que por muchos siglos ha permanecido discriminado en todas las culturas del planeta. Mientras la discriminación social continúe existiendo y mientras las desigualdades permanezcan en nuestro entorno, la verbalización igualitaria es uno de los recursos que tenemos para una mejor sensibilización social. Poco a poco nos hemos ido acostumbrando a formas anteriormente absolutamente inutilizadas. Nuestras conferencias y recepciones ya empiezan con un ‘bienvenidos y bienvenidas’; nuestras asociaciones de padres de alumnos  (APA) ahora son denominadas AMPA (asociación de madres y padres de alumnos); en los impresos oficiales ya aparece un apartado para el interesado o la interesada; e incluso, podemos llamar por su género al abogado y a la abogada, al médico y a la médica, o al piloto y a la pilota (en lugar de la piloto, que es su acepción mayoritaria).
Utilizar estas formas contribuye a crear una conciencia colectiva de que existe un problema social que el lenguaje intenta solucionar. Pero ahondando en la sintomatología, en realidad se está utilizando el lenguaje superficialmente e incluso de manera fraudulenta, haciéndole expresar obligadamente aquello que las costumbres sociales aún no han podido imponer. Esto nos lleva a pensar que posiblemente estamos utilizando la lengua en un sentido más reivindicativo que de comunicación natural. Esta consideración también nos pone en otra encrucijada: para ser políticamente o sociolingüísticamente correctos posiblemente deberíamos utilizar estas acepciones en todas y cada una de sus variantes en nuestras conversaciones diarias. De esta manera podríamos llegar a decir en una reunión sindical: ‘gracias a todos y a todas por vuestra presencia en esta reunión. Ya sabéis todos y todas que los trabajadores y trabajadoras de esta empresa están siendo maltratados y maltratadas, por lo que os invitamos a ser solidarios y solidarias para alcanzar los objetivos que nos propusimos. Así que convocamos a los y a las de la sección tercera a una huelga para el día 10 de este mes, con el deseo de que cada compañero y compañera secunde esta movilización’.
Evidentemente nos encontraríamos con una utilización del lenguaje pesada, gravosa y molesta para la buena comunicación. Al final, si queremos ser del todo correctos, no habrá quien nos entienda. Entonces, la pregunta es: ¿cuándo y en qué medida hemos de utilizar un lenguaje no sexista con todas las acepciones de género? ¿Siempre? ¿Sólo en actos públicos? ¿Exclusivamente cuando se deba manifestar una pedagogía sociolingüística?
La manera de pensar de un pueblo no se cambia a través de la utilización intencionada del lenguaje, sino que es a la inversa: el lenguaje se adaptará a las exigencias de los usuarios y usuarias cuando unos y otras empiecen a modificar de una manera real y efectiva su pensamiento colectivo. Por tanto, la discriminación lingüística que este tipo de lenguaje intenta resolver produce otra discriminación lingüística: la de una incomunicación por exceso y defecto. Porque, imaginemos por un momento si quisiéramos ser aún más políticamente correctos, ¿no deberíamos anteponer el femenino al masculino?, o tal vez ¿el masculino al femenino? ¿No es también discriminación situar el masculino antes del femenino? ¿Y al revés?
Forzar el uso de la lengua para reivindicar o fomentar un pensamiento colectivo es como esperar que caiga el fruto del árbol antes de que madure. El lenguaje es dinámico y recogerá a su tiempo y de manera natural cualquier modificación del pensamiento colectivo cuando éste se haya producido. Nunca al revés. El lenguaje refleja fielmente la manera de pensar de un pueblo, y esta manera de pensar no se cambia a través del lenguaje, sino al contrario: el lenguaje, como verbalización del pensamiento, se adaptará de manera natural a las exigencias de sus usuarios.

© 2011 Josep Marc Laporta .

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1 comentario:

  1. Ramon03:04

    Molt d'acord amb el aquest post.

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