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· Los Derechos Humanos y Jesús


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© 2000-2007 Josep Marc Laporta

¿Cuándo se ha oído a una voz libre exigir el fin de la libertad? ¿Dónde se ha oído a un esclavo defender la esclavitud? ¿Cuándo se ha oído a una víctima de la tortura apoyar los métodos del torturador? ¿Dónde se ha oído a los tolerantes pedir intolerancia? ¿Dónde se ha escuchado a un necesitado renunciar al favor? ¿Cuándo se ha visto a un desconsolado rechazar el consuelo?

La Declaración Universal de los Derechos Humanos cumplirá en pocos años casi dos tercios de siglo. Desde que el 10 de diciembre de 1948, en Asamblea General de las Naciones Unidas, se aprobara el Preámbulo y los treinta artículos que declaran el derecho del ser humano a vivir y ser tratado con misericordia, justicia e igualdad, la Carta Magna es, de hecho, una referencia social y universal de primer orden.

Al leerla y releerla siempre me ha venido a la mente la figura de Jesús. En sus artículos se escucha la voz del Maestro denunciando los abusos del poder, la desprotección del oprimido y la justicia como derecho espiritual y social de equidad y restauración. Los derechos que proclama la Declaración Universal son una trascripción actualizada de los postulados de Jesús ante la sociedad de aquel entonces. Aun más, la Carta de los Derechos Humanos hace referencias implícitas a la justicia y misericordia entre semejantes.

La Carta Universal de los Derechos Humanos fue refrendada por los 185 Estados Miembros de las Naciones Unidas; ésta es su universalidad, pero también es universal porque sus raíces están en todas las culturas y tradiciones. La Declaración en sí fue el resultado de los debates celebrados por un grupo singularmente representativo de intelectuales, la mayoría de ellos procedentes de países no occidentales. Los principios consagrados en la Declaración Universal también tienen raíces en la historia de la humanidad. Pueden encontrarse en las enseñanzas de todas las grandes tradiciones culturales del mundo de características dispares e incluso contrapuestas, presentando una forma de ver el hombre y la mujer que, esencialmente, concuerda con la mirada de Jesús.

Pese a ser universal, la igualdad del ser humano en un compromiso común de defensa de la vida y de la paridad de derecho entre personas no ha sido siempre auspiciada tan categóricamente por todas las confesiones religiosas, pero no hay duda que algunos de esos aspectos aparecen en todas ellas.

En el Islam, el Imán Alí, cuarto califa después del profeta Mahoma, ordenó al gobernador de Egipto que ejerciera su cargo con piedad y tolerancia hacia todos sus súbditos:  "... que el más preciado de tus tesoros sea actuar con rectitud... llena tu corazón de piedad, amor y bondad hacia tus súbditos. No seas para ellos un feroz animal, considerándoles como presas fáciles, pues ellos pertenecen a dos clases: o son tus hermanos en la religión o tus iguales en la creación."

Saadi, el gran poeta persa del siglo XIII, también ofreció tributo a los valores de la tolerancia y la igualdad entre todos los pueblos y naciones: "los hijos de Adán son parte unos de otros y en su creación provienen de una misma sustancia. Cuando el mundo provoca dolor a un miembro, los otros no encuentran reposo. Tú que eres indiferente a los sufrimientos de los demás no mereces ser llamado hombre".

Casi 2.000 años antes, Confucio habló de la dignidad del individuo y de la tolerancia del Estado hacia la libertad de expresión de todos sus ciudadanos: "cuando el Estado va por el buen camino, habla en voz alta y actúa con valentía. Cuando el Estado ha perdido su camino, actúa con valentía y habla en voz baja".

La Revolución Francesa de 1789, acuñó la divisa de la libertad, igualdad y fraternidad, al tiempo que, un decenio antes, en la Declaración de Independencia Norteamericana de 1776, Thomas Jefferson definió los derechos humanos como derechos universales a la libertad y la dignidad. Jefferson escribió: "Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales; que a todos les confiere su Creador ciertos derechos inalienables entre los cuales están la vida, la libertad y la consecución de la felicidad."

La tolerancia y la piedad han sido siempre, y en todas las culturas, ideales de gobierno y de comportamiento humano. Hoy en día llamamos a estos valores derechos humanos. La Carta Magna nace de un proceso histórico de lucha por la dignidad del hombre, pero también nace, esencialmente, de la vida y enseñanzas del propio Cristo, porque muchísimo antes de la Declaración Universal de 1948, ya había redactado los Derechos Divinos de amor, justicia y misericordia al hombre.

A lo largo de su ministerio, Jesús redacta una extensa carta de Derechos Divinos fundamentados en su mirada misericordiosa hacia el ser humano. Es en la misericordia hacia el hombre y la mujer donde se gesta la primera propuesta seria y universal de igualdades humanas: Jesús viene a nuestro mundo con fines de redención, reconciliación y perdón, con nuevos modelos de relación social y libertad. Los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan dejan constancia de esta Carta Universal de misericordia al hombre. De misericordia íntegra, integral e integradora.

¿No fue Jesús quién dijo “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”? O quién también afirmó “Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia”?. O ¿”Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios”? (Mateo 5:1-11). ¿No fue Jesús quien perdonó pecados al tiempo que sanaba el cuerpo? (Mateo 9:1-7), o ¿no fue Jesús quien en lugar de culpar a la mujer que traían acusada de adulterio a punto de ser apedreada respondió: “ni yo te condeno, vete y no peques más”? (Juan 8:1-11).

Jesús actúa con un elevado respeto hacia sus coetáneos. Cuántas veces leemos en los evangelios las propuestas de Jesús sobre el prójimo: “Oísteis que fue dicho: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen,, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:43-45)

Cuando un intérprete de la Ley interpela a Jesús sobre quién era su prójimo para encontrar justificación, Jesús contesta con la parábola del Buen Samaritano: “Un hombre que descendía de Jerusalén a Jericó cayó en manos de ladrones, los cuales lo despojaron, lo hirieron y se fueron dejándolo medio muerto…” (Lucas 10:25-37). La conclusión se orienta hacia la misericordia y quien es el prójimo: una respuesta activa ante el derecho a la vida.

La Carta de los Derechos Humanos apunta directamente a la dignidad del ser humano fuere cual fuere su condición social, religión, sexo, raza, color, cultura, idioma, opinión política… El artículo 1 declara: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Esta frase, ¿nos recuerda el ministerio de Jesús? ¿Nos recuerda su vida y pensamiento?

El artículo 3 declara: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”. ¿A quién nos recuerda?

El artículo 4 enuncia: “Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre; la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas”. Dos mil años antes, Jesús ya habló sobre la liberación de la esclavitud social y espiritual: “De cierto, de cierto os digo que todo aquel que practica el pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que, si el Hijo os liberta, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:34-36).

Artículo 5: “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”. Siglos antes Jesús afirmó: “Amad, pues, a vuestros enemigos, haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es benigno para con los ingratos y malos. Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (Lucas 6:35-36). Posteriormente diría: “No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo, porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir” (Lucas 6:37-38).

Quien fue juzgado en proceso irregular, Jesús, fue quien dijo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34), mientras los artículos 6 al 12 de la Carta Universal de los Derechos Humanos declaran la necesidad de juicio justo, sin arbitrariedades y con presunción de inocencia. Pero fue Jesús quien a lo largo de su ministerio afirmó: “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:21), y enseñó justicia: “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio” (Juan 7:24).

Los artículos del 13 al 15 de la Carta Magna señalan el derecho a una nacionalidad, a circular libremente, fijar una residencia y a solicitar asilo, a lo cual Jesús, quien nació en un pesebre prestado (Lucas 2:12), emigró a Egipto (Mateo 2:14-15) y no tuvo donde reposar su cabeza (Juan 9:58), fue quien oró y enseñó a orar: “Venga tu Reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Lucas 11:2). El Salvador dio carta de pertenencia al desprovisto y menospreciado.

Jesús, ante la tentativa de los herodianos en cuanto a la pertenencia y el tributo, responde con claridad: “dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:21). Por su parte, el artículo 17 de la Carta Magna propugna que “toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente. Nadie será privado arbitrariamente de su propiedad”.

Los artículos 18 a 20 manifiestan el derecho a la “liberad de pensamiento, de conciencia, de opinión, de expresión o de religión, ejerciéndola tanto en público como en privado, con derecho a la libertad de reunión y asociación pacíficas”. Jesús presenta una única verdad que va más allá de cualquier liberación humana, la libertad que realmente nos hace libres: Así que, si el Hijo os liberta, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36).

El artículo 16 defiende que “los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia; disfrutando de iguales derechos en cuanto al matrimonio, durante el matrimonio y en caso de disolución del matrimonio”. Por su parte, Jesús preserva la familia como bien supremo de la humanidad y enseña éticamente sobre su adecuada función: ¿No habéis leído que el que los hizo al principio, “hombre y mujer los hizo”, y dijo: “Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”? Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó no lo separe el hombre” (Mateo 19:4-6).

El mismo artículo 16 de la Declaración Universal expone: “Sólo mediante libre y pleno consentimiento de los futuros esposos podrá contraerse el matrimonio. La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”. ¿No ha depositado Dios en la familia la esencia de la procreación, el desarrollo, la estabilidad, el abrigo y cooperación humana?

Asistir sin excluir. Socorrer sin reclamar. En materia de derechos divinos no podemos elegir a nuestro antojo, ignorando algunos mientras insistimos en otros. Amar justicia y hacer misericordia es ser y actuar con neutralidad e imparcialidad, aplicando el respeto y el amor no de manera selectiva ni relativa, sino aplicando en el prójimo la urgencia de piedad que nosotros también necesitamos.

© 2000-2007 Josep Marc Laporta .

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1 comentario:

  1. Anónimo05:54

    Jesús nuestro Señor es el primero en defender al hombre integralmente. Solo el nos dio la paz completa por medio a su Espíritu Santo.

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