© 2026 Josep Marc Laporta
Solemnidad versus lentitud del canto
A
lo largo de gran parte del siglo XX, tanto los coros como las congregaciones
bautistas y, también, las iglesias evangélicas españolas en general, tuvieron una
característica común: la asociación entre solemnidad y lentitud en el canto.
Una relación que tendría su raíz en la cultura católica, cultivo de formas
eclesiásticas parsimoniosas que impregnaba todo comportamiento religioso y, por
ende, la percepción de social de la divinidad. Era un fondo sociológico labrado
en una sociedad absolutamente católico-romana, que históricamente había bebido
del misticismo y la contemplación estética y cinestésica de lo sobrenatural.
Consecuentemente, cualquier manifestación efusiva y entusiasta de la fe debía
ensamblarse o incrustarse en el ritual de la solemnidad y del ceremonial, bajo
protocolos rituales muy ordenados y consolidados. Consecuentemente, salirse de tales
parámetros litúrgicos podría llegar a ser considerado sacrílego e irreverente.
Incluso, nuevas formas de expresión podrían llegar a ser, prácticamente, un motivo
de excomunión.
El
protestantismo, y en nuestro caso los bautistas, fue parte de la cultura
religiosa predominante. Como españoles socialmente catolizados, bebieron de las
mismas fuentes litúrgicas y protocolarias, reproduciendo un modelo forjado en
siglos donde la devoción se vinculaba al quietismo, y la espiritualidad al
recogimiento y la contemplación pasiva. Si bien los himnos protestantes de la
Reforma y de los diferentes avivamientos históricos aportaron a los evangélicos
españoles una mirada devocional de la deidad mucho más renovada y expresiva, el
poso del canto latino de las misas católicas y sus iterativas litúrgicas, en
realidad no permitió despegarse de una determinada lentitud en la
interpretación de los himnos.
En
1926, un escrito en el rotativo España Evangélica denota la sociología
imperante: «Lo
que se necesita es que haya correspondencia entre la expresión y la emoción.
Que no cantemos el himno ‘Cantad alegres al Señor’ con música de endecha, ni un
himno de arrepentimiento en tono de vals y con voces chillonas. No sé si la
música de vals es a propósito para momento alguno en el cuto, aunque haya
himnos a los cuales no va mal una música así. Pero si sé que hay música
solemne, melodiosa, que se adapta mejor a un ambiente de reverencia. […]
¡Reverencia! Reverencia en el pastor y reverencia en la congregación. La
reverencia en el pastor es por sí misma un sermón».
Sin
embargo, el contraste estético de los nuevos himnos protestantes con la
anticuada liturgia católica, presentaba otras variables. En el mismo año que el
anterior escrito –1926–, Samuel Vila Ventura (1902-1992) relataba en el Mensajero Bautista la conversión de un hombre
muy fanático que defendía a los curas y a su religión siempre que se atrevían a
atacarlos en su presencia. Un día su esposa le dijo: «¿Quieres venir a un
lugar donde predican el Evangelio? El hombre halló muy ridículo eso de predicar
el Evangelio y dijo: ‘Voy a ir para reírme de esa gente’. […] Al llegar al
local, nuestro católico oyó cantar un himno que decía: Oíd, oíd, lo que nos
manda el Señor, marchad, marchad, hablad de mi amor. Los deseos de reírse
desaparecieron inmediatamente. Halló la reunión más solemne de lo que pensaba.
La predicación conmovió profundamente su ser. […] Especialmente resonaban en
sus oídos las palabras del cántico que conmovió su corazón».
La
peculiar solemnidad musical en los cultos españoles también fue el tema de una
entrevista de 1965 en el Eco por parte del pastor Rubén Gil Pendón (1929-2020) al evangelista Fernando V. Vangioni (1912-1995). «¿Cree Ud. que el sistema americano de
evangelismo, alegre por lo general, va bien en países amantes de la solemnidad
en el culto como en este caso es España?». Respondía Vangioni: «Yo creo que le
interpreto, si digo que en España que tiene un gran antecedente religioso, un
cierto temor reverencial al culto y a la forma en que se desarrolle, el
evangelismo debe ser aplicado con sabiduría en ese sentido. Creo que la
seriedad conviene a todos los públicos. Creo que el respeto y la seriedad con
que se debe rodear un culto, la solemnidad que debe caracterizar el mensaje
debe estar presentes en cualquier reunión. Naturalmente depende también de los
ambientes y de la clase de gente que esté en la reunión. La atmósfera del cielo
debe ser traída a la atmósfera del templo».
En
otra entrevista del año 1969, el profesor de música del Seminario Teológico
Bautista del Sudoeste en Forth Worth, Texas, y organista del 4º Congreso
Evangélico Español, fue preguntado sobre cómo cantan los españoles. La
respuesta fue muy directa: «¡Estupendo! Son muy melódicos». En la repregunta formulada
de si nos diferenciamos de los norteamericanos en el canto, Thomas W. Hunt (1929-2014) apuntó: «En algunos aspectos». Y profundizó con más
detalles: «La
introducción musical antes del canto, en España es más corta. En América no se
empieza a cantar antes de haber sonado la música hasta la segunda línea». Y apostilló: «Los americanos cantamos
más deprisa. Los españoles son más lentos, pero cantan con mucho más
entusiasmo».
En
1988, el pastor José Luis Martínez (1942-), que por aquel entonces
servía como administrador en la Casa Bautista de Publicaciones en El Paso,
Texas, escribía una carta al ministerio de la Comisión de Medios Audiovisuales
de la UEBE con las siguientes apreciaciones: «Una pequeña crítica de parte de una joven
española universitaria, que vive desde hace trece años aquí y está acostumbrada
a escuchar música evangélica de USA y ahora ha recibido dos casets grabados por
ustedes en España: Primero, le supieron a gloria, le tocaron el corazón por ser
de la Patria. Segundo, le pareció que el ritmo es un poco lento, me decía que
en comparación con el ritmo de USA es lento. Y digo yo, probablemente también
en comparación con ciertos ritmos de Hispanoamérica. […] ¿No se podría avivar
(acelerar) un poco ese ritmo?».
El
ancestral poso ritual católico tuvo una gran ascendencia en el pueblo
evangélico y en su manera de entonar los himnos. Para muchos creyentes, cantar
solemnemente significaba cantar lento, aunque incluyendo matices de cierta
pompa y fastuosidad que, en realidad, no acababan de elevar el ritmo o el
tiempo de interpretación. Incluso, el canto se arrastraba, aletargando las
frases hasta descompasarse del órgano, que guiaba y acompañaba. Con todo, es
indudable que la baja cultura musical de las congregaciones de la época también
contribuyó, incorporando vicios que se traspasaban empáticamente al coro de la
iglesia.
En el siguiente vídeo se puede escuchar una recopilación de himnos por tres congregaciones que representan tres décadas: 60, 70 y 80. Primeramente, una campaña celebrada en Xàtiva del 4 al 6 de junio de 1965 que congregó a más de 500 personas, donde 27 aceptaron seguir a Jesús. El predicador invitado era el conocido evangelista Fernando V. Vangioni (1912–1995), que fue acompañado por dos músicos de nivel: el tenor Jorge Sánchez (1938-2009) y el organista Pierre Van Woerden (1924–1990). Los más de 500 asistentes entonaron ‘Grata certeza’. Seguidamente podemos escuchar la congregación de la IE Bautista de València en la década de los 70, entonando el canto navideño ‘Suenen dulces himnos’ (02:57). Y, por último, los congregados en la IEB de Dénia en 1986, cantando el himno ‘Del amor divino’ (06:28).
Y en cuanto a los coros de iglesia, en el siguiente vídeo se puede escuchar a cuatro de ellos representando tres décadas. De 1964, el Coro de la IEB de Alacant, interpretando ‘Yo espero la mañana’. De 1975, el Coro de la 1ª IEB de Madrid, cantando ‘Por tus ojos en Cristo’ (01:38). De 1981, el Cor Familiar Horeb de Terrassa, con un canto navideño: ‘El coro angelical’ (05:03). Y de 1988, el Coro de la IEB de València interpretando ‘Canten a Cristo, Rey’ (06:59).


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