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· Ética común y globalización



© 2015 Josep Marc Laporta
 

La globalización es ya una realidad indiscutible en muchos ámbitos de la vida cotidiana, tanto a nivel económico, tecnológico, ecológico o social. Prácticamente todo comportamiento humano está sumergido en la interrelación planetaria. En medio de una gran diversidad cultural, las fuerzas de la globalización crean las estructuras de una civilización mundial. Las comunidades locales y las asociaciones cívicas y culturales son las mismas, pero lo que ha cambiado es la interrelación, que da un nuevo sentido a lo particular y específico. El futuro se dirigirá, cada vez más, hacia una interdependencia global nunca antes vista.


La globalización nos ha intercomunicado hasta límites insospechados. Por medio de la televisión, los teléfonos móviles o los ordenadores estamos conectados con todo el mundo a tiempo real. La información es absolutamente instantánea. Las economías locales están interrelacionadas, formando parte de un sistema global de finanzas y comercio. La ropa que nos ponemos, los coches que conducimos y muchos de los alimentos que ingerimos se fabrican, cultivan o manufacturan a miles de kilómetros de nuestros hogares. Si en el sudoeste asiático las bolsas sufren bajadas, su efecto mariposa se siente en todo el mundo en menos de media hora. Solo con la producción industrial, con la emisión de gases de efecto invernadero, los ciudadanos de las urbes de occidente estamos provocando un recalentamiento del planeta que tiene repercusiones en las pequeñas islas del Pacífico, en peligro de desaparición. Estamos frente a una intensa globalización que implica no solo causas compartidas, sino responsabilidades compartidas.

Y aunque los ciudadanos del planeta estemos cada vez más conectados económicamente, tecnológicamente y ecológicamente, no estamos unidos en lo que se refiere a la perspectiva moral y espiritual. Y ello significa un grave riesgo, porque como apuntó Vaclav Havel: «sólo hemos globalizado la superficie de nuestras vidas».[1]

Son muchos los habitantes de este planeta que beben Coca-Cola, escriben en Facebook, visten jeans, comen hamburguesas o ven vídeos en You Tube, pero no hemos conseguido ponernos de acuerdo sobre los valores básicos que deberían gobernar nuestra vida en común. Y eso no solo es un freno hacia una higiénica globalización sino que se convierte en una profunda amenaza para la especie humana. Las intercomunicadas diferencias entre ricos y pobres, norte y sur, países desarrollados y subdesarrollados, entre las mismas religiones teístas o entre realidades sociales deprimentes y vergonzosas hace que la humanidad esté llegando a un estadio crítico en la ética de su evolución social.

 

FORMACIÓN Y VIGENCIA DE VALORES UNIVERSALES – La idea de los valores morales universales no es nueva. Hace más de dos mil quinientos años que es un tema recurrente y constante en el pensamiento religioso y filosófico. Tanto profetas, místicos como filósofos del pensamiento han argumentado desde distintas ópticas y conceptualizaciones que los valores morales tienen su origen en la voluntad de Dios, en el orden del universo, en la estructura racional de la mente humana, en sentimientos morales universales o en experiencias místicas.

En tiempos pretéritos, el rey Salomón ya apuntó a un modelo de conducta relacional íntegra y honesta. Redactado en negativo, determinó siete básicas actitudes universales que Dios detesta por encima de todo: los ojos altivos, la lengua que miente, las manos que derraman sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies que se prestan a correr hacia el mal, el testigo que levanta falso testimonio y el que siembra discordia entre hermanos.[2] Posteriormente Jesús de Nazaret resumiría el consejo divino en dos máximas; la segunda: «ama a tu hermano como a ti mismo»,[3] desarrolladas más tarde en los escritos neotestamenterios.[4] Sin embargo, para la metafísica de Hegel[5] la comprensión racional de la ley moral universal está históricamente condicionada y relacionada con el lugar y el tiempo que ocupamos en el proceso evolutivo de la historia del mundo. La ética se desarrolla a través del progreso humano y se asume antropológicamente como una experiencia de superación. Darwin,[6] por su parte, afirmaba que los sentimientos morales los determinaba la naturaleza humana a través del proceso evolutivo de la selección natural y que la educación los reforzaba. Observó que, con el tiempo, el sentido humano de comunidad y preocupación moral se había expandido a un ritmo constante y progresivo de la familia a la tribu, luego a la nación y finalmente a toda la humanidad. 

 

Alejado de la teología bíblica, el pensamiento secular se sustenta en una antropología ética, la cual sostiene que el ser humano es una sola raza universal y que su entendimiento moral básicamente depende de una sostenida evolución de lo humano. En lo humano y para lo humano existe el principio y el fin de toda ética común, lo que viene a significar que la humanidad, como proyecto de civilización planetaria, es capaz de gestionar un modelo ético sostenible, gradual y evolutivo. Las esperanzas de esta tesis chocan con la diversidad y los distintos procesos de cada cultura, y con sus propias divergencias antropológicas y religiosas. Si la humanidad fuera no solo una raza sino una sola y permanente sociedad cultural desde sus inicios, podría llegar a ser factible que los contenidos éticos fueran incluso similares, progresivos u homogéneos. Pero la realidad es que los distintos procesos antropológicos de cada pueblo, con su propia cultura, idiosincrasia e idioma, precisa de particulares e individualizados procesos de crecimiento ético común. Y aún más allá si tenemos en cuenta que la ética es una postura dialéctica de lo individual en lo colectivo ante las cuestiones esenciales de la vida y lo humano, con preguntas y respuestas que trascienden, precisamente, el ámbito de lo puramente antropológico.

 

ÉTICA COMÚN Y FE RELIGIOSA – Como apunté al principio, la ética, en un mundo globalizado, aún no ha sido globalizada. Y pese a que multitud de loables proyectos misioneros han intentado e intentan llevar a todos los confines de la tierra una verdadera transformación espiritual y moral basada en la vida y obra de Jesús como hijo de Dios, los esfuerzos parecen ser baldíos ante la velocidad del proceso globalizador. La celeridad en la que se mueve lo económico, tecnológico, comunicacional y sociopolítico hace difícil asentar unos cimientos firmes de valores compartidos. La emergente civilización planetaria camina a un ritmo imposible de atajar desde la fe y la ética, procesos que por su propia profundidad antropológica y espiritual requieren de una naturalidad y afectación íntima que ahora se muestra impropia.

Para algunos pensadores, la globalidad multicultural del planeta no es sostenible, ni como modo de relación ni para el desarrollo de una ética global. Sus percepciones apuntan tanto a la política, la culturalidad como a las organizaciones religiosas. Y aunque debieran ser las primeras en velar por una bien entendida tolerancia y cooperación, la generalidad de las distintas religiones mayores en su ámbito local son, muchas veces, fortines de pensamiento reduccionista que promueven más una ética de la exaltación religiosa que de concordia moral. El imperialismo cultural auspiciado por una religión exaltada y, en bastantes casos, fanatizada, viene a dinamitar los supuestos valores positivos comunes de la espiritualidad religiosa por el flanco más débil. 

Por otro lado, la lucha territorial y misional entre distintas religiones del planeta muestra cómo la globalización ha importado definitivamente las cruzadas medievales a un nuevo y contemporáneo escenario mundial. Las escaramuzas conceptuales entre religiones, tan distanciadas entre sí como la cristiana y la islámica, presentan un campo de batalla a veces nada ético, difícil de gestionar. El riesgo de un militante fanatismo religioso ahora es global, no regional. En muchos casos, la condición de la fe y la interpretación de la ética son contradictorias. A la dispar teología y argumentación dogmática se le une el utilitarismo ético, que aunque en el fondo pudiera tener ciertas similitudes y coincidencias, en la praxis no armonizan. Así que, mientras la globalización avanza imparable hacia una civilización de usos y comportamientos superficiales y utilitaristas, la fe y la ética son aspiraciones privadas que necesitan de procesos más acompasados con el alma. La distancia, de momento, se prevé insalvable.

Algunos sociólogos también apuntan a que ciertas pretensiones humanas asociadas al marco de un tipo de ética global podría resucitar un fanatismo utópico de reminiscencias históricas deplorables. Mao, Lenin o Hitler serían algunos de los desesperanzadores ejemplos. La ética humana sometida exclusivamente a una obcecada y suprema verdad final, en realidad es una ética muy azarosa y alarmante en una posible implantación planetaria. Como en cada episodio de la historia, ésta sigue siendo una evidente y espantosa contingencia, auspiciada por religiosidades politizadas, polarizadas e idealizadas que se autoimpulsan con la participación de un unívoco y homófono vocabulario.

 

CAPITALISMO Y ÉTICA COMÚN – La globalización insinúa una frágil uniformización. Para ella la pluralidad es un necesario trámite en bien de una mentalidad cosmopolita unitaria. En este sentido, el vencedor es la ética del capitalismo, que impone sus victoriosas ganancias por encima de eventualidades humanas y humanitarias. Mercadear con el hombre multiracial, multicultural, intercomunicado y globalizado es la gran fuente de ingresos para una universal civilización en la que triunfa quien más puede, vence e impone sus márgenes especuladores. La multiraza y la multiculturalidad son elementos y procesos de unificación mediante el producto, el negocio y la especulación. Mercadear con las más primarias y secundarias necesidades humanas en un escenario mundializado impulsa una ética del valor por el precio.[7]

La arrolladora ética del capitalismo no solo impone la transacción de bienes y productos como modelo de comportamiento planetario, sino que también incide en los hábitos diarios y cotidianos. La ética capitalista se transfiere sistemáticamente a las actividades individuales del día a día. El precio se instala en las correspondencias humanas como un normalizado valor de relación y decisión. A través de las redes sociales y a un solo un clic en una página de contactos se puede comprar el afecto instantáneamente, conectando con una indefinida otra persona en cualquier lugar del mundo. El precio del contacto es breve, fugaz y efímero, pero es un acto de compra-venta de sentimientos más que un proceso de relación y conocimiento humano. Su máxima es ‘me interesa, no me interesa’; una decisión de apenas unos segundos de acuerdo a instintos mercantiles. Es decir, el mercantilismo de la compra-venta en formato afectivo. Es la ética capitalista trasplantada a la vida cotidiana en innumerables formas, aspectos y situaciones como la extrema individualidad, la interesada interdependencia, el consumismo emocional o la rentabilidad relacional.

Sin embargo la ética del capitalismo globalizado también se impone en formas y formatos religiosos de proselitismo más evolucionados, los cuales deberían ser, indudablemente, ejemplos de ética. Las multitudinarias campañas evangelísticas de algunas confesiones cristianas alimentan tendenciosas y sutiles dinámicas de compra-venta de conversiones. La predicación masiva, con magnos e ingentes dispendios económicos con el fin de alcanzar al mayor número de personas y lograr nuevos conversos, también es una capitalista modalidad muy influyente en la ética cristiana. La fe, a pesar de la buena intención, se convierte en pura mercancía de transacción por el gran derroche económico en la organización de grandes cruzadas evangelísticas con el fin de obtener rápidos y ostensibles objetivos en el apremiante cumplimiento de la divina misión. La defensa de dicha postura se sostiene al precio que sea con la justificación de que la urgencia de la predicación de la Buena Nueva así lo requiere; y, cómo no, para impulsar una visibilización efectiva del cristianismo.

Este capitalista modelo que invita a la manufacturación de contenidos religiosos mercantilizados sin atender a las implicaciones éticas que conlleva, es una dolorosa horma en el zapato en el camino hacia una sabia y diligente contextualización de la fe en medio de la creciente globalización. La fe en Jesús, para salvación y redención, no es un producto que se pueda cuantificar ni mercantilizar mediante esquemas matemáticos de evangelismos explosivos o pretenciosas inversiones económicas. Por desgracia, el modelo capitalista se ha trasladado opulentamente a muchas de las técnicas y estrategias evangelísticas y misionales del cristianismo, desencadenando una desdibujada ética de la misericordia y el perdón divino.

 

DEMOCRACIA ESPIRITUAL Y ÉTICA COMÚN – La sociedad postmoderna ha reconocido en la democracia un modelo de gobierno participativo en el que desarrollarse de manera conjunta y respetuosa.[8] El sistema de vida democrático se reconoce en la reconstrucción social en un mundo en evolución tras la debacle que significaron las dos guerras mundiales. Este método de pensamiento democrático no solo se circunscribe a una forma de gobierno participativo y representativo sino que también procura incidir en los procesos de toma de decisiones éticas y la construcción de ideales. Dos teóricos de este pensamiento, John Dewey y William James creían, por tanto, que una fe común se puede desarrollar y refinar más bien en un ambiente social impregnado de valores democráticos y guiado por la experiencia y el método experimental.  

Dewey[9] explicaba que la democracia es una gran idea moral que debería gobernar las relaciones humanas en todas las esferas y sectores de la vida: en casa, el lugar de trabajo, la escuela, así como también al gobierno. En consecuencia, la democracia pretende ser mucho más que un sistema político de elecciones libres ligadas a un sistema económico de mercados libres. Es lo que denominamos democracia social o moral, o, más concretamente, democracia espiritual.

Los valores fundamentales de la vida democrática se fundamentan en el respeto a la dignidad y la valía de todas las personas. Implica una fe en las posibilidades creativas de la naturaleza humana cuando se dan las condiciones idóneas de educación y existen las oportunidades. Desde el punto de vista de la democracia espiritual, las sociedades humanas tienen el doble propósito de fomentar la total realización del individuo y construir comunidades fuertes.

Sin embargo, para los defensores de la democracia espiritual, el pensamiento moral y religioso estático o estacionado puede frenar el crecimiento y obstruir la implantación universal. La democracia espiritual cree en la comunicación libre y abierta, y en el intercambio de experiencias por encima de todo tipo de fronteras de clase, posición, género, raza y religión como el mejor método para promover el crecimiento individual y la construcción de la comunidad. En las relaciones entre los grupos, el miedo, el odio, los prejuicios y la intolerancia, así como los métodos para suprimir de manera violenta al otro, son conceptos antitéticos al espíritu democrático. La democracia demanda fe en los métodos de solución de conflictos cooperativos y no violentos. Implica la creencia de que todas las personas tienen derecho a expresar sus diferencias y que el encuentro con la diferencia puede enriquecer nuestra experiencia de vida.

Si para algunos teóricos la democracia es el menos malo de los sistemas de gobierno, para otros sociólogos y pensadores la democracia espiritual significa un paso adelante hacia una ética universal común. En el propósito de encontrar un camino intermedio, el experimentalismo sostiene que el conocimiento de las condiciones y las consecuencias proporciona la base para el debate racional, la evaluación crítica y el juicio moral objetivo. Asimismo, el proceso democrático pretende fomentar la responsabilidad de las decisiones morales como un proceso sustituto de la fe cristiana, en una perspectiva de confianza y devoción hacia unos ideales sociales y éticos comunes.

 

TRES ÉTICAS GLOBALES EN LUCHA – El mundo globalizado se enfrenta a una impaciente disputa entre distintas perspectivas para una ética común; en tres frentes:

1. la ética que se sustenta en las religiones, concretamente en los tradicionales valores espirituales del cristianismo;

2. la ética que se acoge a la contemporánea amoralidad del neocapitalismo y el liberalismo; y

3. la ética que se ampara en la nueva fe universal: la democracia espiritual.

 

No podemos ocultar de ninguna manera que los valores éticos de la democracia, a pesar de ciertas contradicciones formales y aplicativas, generan una gran credibilidad social. Uno de los fundamentos constitucionales de la Unión Europea es la democracia de sus estados miembros. Sin este valor no procede la pertenencia.[10] Poco a poco se implanta, por lo tanto, una ética de la democracia como ente espiritual supremo y común. Ser demócrata y democrático es un concepto que gana enteros en la estimación moral y se perfila como un ético bautismo sociopolítico para la convivencia entre ciudadanos y estados.

 

En medio de la vorágine de la globalización, la fe en la democracia es un valor en alza frente a la ética religiosa y la del capitalismo. No obstante, en esta dinámica y expeditiva globalización es de rigor puntualizar que tanto el capitalismo como la democracia son valores sociales que han nacido y crecido bajo el influjo occidental del protestantismo. Bebieron de las fuentes bíblicas del trabajo y el respeto a la opinión del prójimo, formando la moderna arquitectura de los estados europeos y norteamericanos. Por ello se puede afirmar con precisión que tanto el capitalismo como la democracia, en su génesis, fueron reivindicaciones éticas en estados protestantes que, a diferencia del catolicismo, tornaba a las Sagradas Escrituras descubriendo en ellas modelos de equilibrio y crecimiento social. Esta concomitancia original hace que la exploración de una ética común en la presente globalización adquiera connotaciones y debates de contenido más profundos.

La primera consideración teológica que conformaría el edificio de la democracia moderna la encontramos en los escritos de Lutero:


     «Nadie debe adelantarse y asumir, sin nuestro consentimiento y elección, el hacer lo que está en poder de todos nosotros. Porque lo que es común de todos, ninguno debiera atreverse a emprenderlo sin la voluntad y el mandato de la comunidad».[11]


Aunque el reformador era muy crítico respecto a la corrupción política y los devaneos administrativos de los gobernantes, sí que su pensamiento apunta al principio de la democracia como bien supremo de organización eclesial y política. Asimismo, distintas ramas del protestantismo también la sostendrían como principio fundamental de su doctrina organizativa. Los bautistas fueron grandes defensores y promotores de la democracia en el gobierno eclesiástico y secular. La permanencia de un gobierno congregacional que permita participar a todos los creyentes en las decisiones y asuntos de la congregación fue y es la base de cada congregación, autónoma respecto a otras del mismo género denominacional. Roberto Baker apunta al respecto:


     «El recordar la historia debe bastar para llamar a los bautistas a una renovada devoción de aquellos principios neotestamentarios que han hecho posible su gran aporte a la historia. Naciones enteras y otros grupos religiosos han sentido el efecto de la democracia religiosa sostenida por los bautistas. Pero esta historia debe traer también humildad de espíritu a los bautistas, siendo que ha placido a Dios usar su testimonio y bendecir su causa».[12]


La democracia moderna ha bebido de las fuentes cristianas, tanto de Lutero como de los bautistas, así como de otras históricas denominaciones protestantes. John Wesley, fundador del metodismo, sostenía firmemente la libre adscripción de pensamiento y opinión. El primer metodismo caló inmediatamente en los medios obreros que vivían el revolucionario principio de la electividad de los pastores. En realidad fue una escuela de democracia. Pero contradictoriamente, tras la muerte de Wesley en 1791, los líderes de la Wesleyan Methodist Conference, que era la principal y más numerosa de las denominaciones metodistas inglesas al comenzar el siglo XIX, destacaron por su reacción conservadora e incluso autoritaria frente a la industrialización y las revoluciones liberales. Ellos, que pertenecían a una iglesia que germinó democracia entre las clases obreras siendo regidas asimismo por criterios democráticos, se opusieron a la libertad de pensamiento y opinión.


A lo largo de la historia la democracia ha sido sostenida de manera desigual por las distintas denominaciones protestantes. Al ejemplo inicial y posterior contradicción metodista se pueden sumar otros gobiernos eclesiales de bajo perfil democrático, como el pentecostalismo. Pero a pesar de los particulares y oscilatorios procesos históricos, el concepto democracia goza de un sólido trasfondo protestante, sustentado por las eternas raíces bíblicas y neotestamentarias. 


Por su parte el capitalismo también tiene sus orígenes en el protestantismo, más exitoso económicamente que el católico, gracias a la influencia bíblica en cada uno de sus fieles, con el amor al trabajo, el ahorro, la honradez y un apego permitido a lo material. Max Weber fue uno de los más grandes teóricos con su obra «La ética protestante y el espíritu del capitalismo». Y aunque el impulso inicial poco tiene que ver con el actual modelo, atroz, especulativo, generador de desigualdades y sin alma, el capitalismo como estructura productiva nace de la responsabilidad del ciudadano frente al trabajo, la capacidad de retener ganancias lícitas y la generación de riqueza común.

Inicialmente, el primer modelo de capitalismo en países protestantes rompe definitivamente con la vida monástica. Lutero se postula otra vez como una de las referencias del modelo productivo. Sostiene que:


     «La vida monástica es producto de un desamor egoísta, que carece de valor para justificarse ante Dios, sustrayéndose del cumplimiento de los deberes».


En cambio ensalza el trabajo profesional como amor al prójimo. Max Weber, por su parte, pondera el puritanismo evolucionado al destacar las virtudes evangélicas que da lugar al movimiento del capital:


     «El énfasis protestante no está en la confesión sino en la conducta: trabajo, pureza, no alcohol, no fiestas, sí familia, sí ahorro. Los protestantes destacan por su laboriosidad».


La división del trabajo y la cooperación en bien de la producción proporcional obliga a cada cual a trabajar para los demás y de paso anula la tendencia a la autosuficiencia y la vaguedad. Sin embargo, el posterior desarrollo y estructura del capitalismo despliega su más feroz dependencia del capital oligárquico, otorgando a éste la autoridad sobre la economía, sometiéndola. Es entonces cuando la especulación, el monopolio, el negocio por el negocio y la búsqueda de rentabilidades y beneficios fiduciarios del propio capital desata la competividad como un exabrupto modelo de sociedad absolutamente dependiente de la productividad especulativa más que del rendimiento del trabajo. Por consiguiente, la ética capitalista pervive en cada ser humano de los países desarrollados por la usura y avaricia acumulativa. Y, contradictoriamente, se convierte en una religión sin ética.


La tarea de llegar a un consenso mundial sobre valores éticos es compleja y no hay ninguna garantía de poder alcanzarla, más si consideramos la persistencia del autoritarismo en muchos líderes políticos y religiosos, además de la presión de las oligarquías capitalistas. Sin embargo, el pensamiento democrático, plural y reconstructivo tiene grandes partidarios por el respeto a la pluralidad, individualidad y el orden.


Para los defensores de la democracia espiritual, el objetivo no es crear una nueva religión que sintetice los elementos de las que ya existen o simplemente reemplazarlos. Puede que la fe moral común adquiera sentido y valor religioso para muchas personas tanto de dentro como de fuera de las religiones existentes, pero el objetivo que pretenden no es una nueva religión institucional. Según sus dictámenes, tampoco procuran reemplazar las altas demandas éticas de las grandes religiones mundiales con una especie de nuevo minimalismo ético.

En cambio, el objetivo es la cooperación entre culturas, religiones, naciones y habitantes del mundo a fin de encontrar fundamentos comunes. El proceso es tan importante como el producto final si el objetivo es la aceptación a gran escala y la implementación de valores compartidos. La pretensión de crear una fe común y construir una única comunidad, sea local, nacional, regional o global, sigue siendo el objetivo de la democracia espiritual.


LA REGLA DE ORO Y LA DECLARACIÓN DE CHICAGO – Por otra parte, un paralelo esfuerzo no capitalista por identificar los valores morales básicos que comparten las religiones más importantes del mundo es la Declaración hacia una ética mundial, aprobada por el Parlamento de las Religiones del Mundo celebrado en Chicago en 1993.[13] En aquella ocasión se celebraba el centenario del histórico Parlamento de las Religiones del Mundo del año 1893, y era la primera vez que líderes religiosos de las grandes religiones del planeta se reunían, suponiendo el inicio del diálogo interreligioso mundial moderno.


El teólogo cristiano Hans Küng estuvo al frente del equipo que escribió la primera versión de la declaración. Durante dos años, más de doscientos teólogos y estudiosos de la religión fueron consultados en el proceso de redacción de la declaración, que fue firmada por más de cien líderes religiosos en 1993.[14] Los diálogos interreligiosos en torno a la primera versión de la Declaración llegaron a la conclusión de que en el corazón de los valores morales compartidos por la humanidad está la Regla de Oro, que puede ser formulada en sentido positivo o negativo.

El judaísmo y el confucianismo, por ejemplo, tienen tendencia a preferir la formulación negativa: no hagas a los demás lo que no querrías que te hicieran a ti. En el evangelio de Mateo se encuentra la formulación positiva empleada ampliamente por el cristianismo: «Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, así también haced vosotros con ellos». Jesús declara que este principio resume las enseñanzas de «la Ley y los Profetas». Por su parte, el Dalai Lama articuló la idea general tanto de forma positiva como negativa cuando declaró que todo el budismo se podía resumir en dos principios: «Ayuda a los demás, y si no puedes ayudarlos, no les hagas daño».

La Declaración hacia una ética mundial señala que todas las tradiciones religiosas han reflejado las implicaciones de la Regla de Oro al menos en cuatro mandamientos negativos comunes que son las prohibiciones de matar, robar, mentir y mala conducta sexual. Según la Declaración, si estas prohibiciones se formulan positivamente, consecuentemente invitarán a las personas al respeto a la vida, al trato honesto y justo, a hablar y actuar honestamente, y a respetar y amar a los demás.

Pero hay quien argumenta que principios como la Regla de Oro son tan abstractos y generales que no tienen mucho valor a la hora de decidir cómo actuar en situaciones morales concretas. Se considera que no proporcionan una guía práctica suficiente. Pero los principios morales genéricos de la Regla de Oro son muy valiosos, pues nos dicen qué debemos considerar en el momento de decidir cómo actuar. La Regla de Oro nos aconseja adoptar una actitud de amplia compasión, de preocupación hacia los intereses de todos los implicados en cada situación, de rechazo de los prejuicios y, también, de justicia.

La Carta de las Naciones Unidas, firmada por las cincuenta naciones que fundaron la organización en 1945 establece un conjunto de valores éticos compartidos. Los objetivos ideales hacia los cuales se comprometieron estas naciones fueron los siguientes:

a)      vivir unidos en paz como buenos vecinos;

b)     asegurar que las generaciones futuras no sufrieran el flagelo de la guerra;

c)      la tolerancia;

d)     el respeto por los derechos humanos fundamentales y las libertades de todos los hombres y mujeres de todas las naciones, grandes y pequeñas, sin discriminación por motivos de raza o religión;

e)      promover el avance económico y social para todas las personas; y

f)       el respeto por el derecho, incluido el derecho internacional.


La experiencia de las dos guerras mundiales y un énfasis pragmático en las consecuencias del fracaso a la hora establecer nuevos niveles de colaboración internacional en materia de paz y justicia, guiaron la redacción y el desarrollo de las Naciones Unidas y de su Carta.



CONCLUSIÓN – Alcanzar o conseguir una ética común en un mundo tan globalizado precisa de un gran conocimiento de las éticas concursantes. La ética cristiana, con todo su específico mensaje vicario de amor y salvación, contiene argumentos y contenidos tal vez poco compartidos o admitidos por muchas de las culturas del planeta. Su urgente misión evangélica de anuncio y proclamación de las Buenas Nuevas la convierte en sectorial en muchos ámbitos. No obstante, de su inspiración nacen otras éticas que han permeabilizado fuertemente muchas culturas y sociedades.

La democracia espiritual es un valor al alza al armonizar el respeto al prójimo mediante la libertad política y social, y de opinión y participación. Por su parte, el capitalismo, alejado del original bien del trabajo, el esfuerzo y la producción para digna subsistencia, se ha convertido en una sórdida amoralidad especulativa y descaradamente utilitaria. Y la Regla de Oro es una acertada síntesis moral de comportamiento común, resumen de culturas y de vasto asiento bíblico.


Para mucha gente durante la última mitad del siglo XX, la Regla de Oro se convirtió básicamente en respeto por los derechos humanos y las libertades fundamentales. El lenguaje usado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948 y en las convenciones internacionales que la han seguido, se ha convertido en parte de nuestro segundo lenguaje, parte de un vocabulario moral universal. Se utiliza extensamente en todo el mundo en las constituciones nacionales, la legislación y los sistemas judiciales. El código de los derechos humanos, que ha ido tomando forma los últimos cincuenta años en derecho internacional, es el aspecto más claramente desarrollado de esta ética mundial emergente.

Un mundo tan globalizado y, al mismo tiempo, atomizado y dispar en sus propias culturas y sociedades, necesita de una ética común que garantice un futuro armónico en su progreso moral. La velocidad y absorción de los sucesos económicos, tecnológicos y ecológicos de este globalizado planeta nos lleva a una necesaria síntesis ética. Sin embargo todas las referencias nos llevan indefectiblemente a las fuentes de la fe cristiana. Es por ello que nuestra civilización planetaria seguirá, de una manera u otra, el referente ético que nace de la eterna e inagotable fuente de los siglos: Dios encarnado. 

 

© 2015 Josep Marc Laporta

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[1] Vaclav Havel (1936-2011), presidente de la república Checa. «The New Measure of Man», en el New York Times; 8 de julio de 1994.
[2] Proverbios 6:16-20.
[3] Mateo 22:39.
[4] El Nuevo Testamento desarrolla los apuntes éticos de Salomón: «Sed afectuosos unos con otros con amor fraternal; con honra, daos preferencia unos a otros» (Romanos 12:10); «Tened sal en vosotros y estad en paz los unos con los otros» (Marcos 9:50); «Si es posible, en cuanto de vosotros dependa, estad en paz con todos los hombres» (Romanos 12:18); «Así que procuremos lo que contribuye a la paz y a la edificación mutua» (Romanos 14:19); «Perdónanos nuestras deudas –ofensas, pecados–, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores –los que nos ofenden,  nos hacen mal–» (Mateo 6:12.); «Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo» (Efesios 4:32).
[5] Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770– 1831) fue un filósofo alemán, considerado el representante del movimiento decimonónico alemán del idealismo filosófico.
[6] Charles Robert Darwin (1809–1882) fue un naturalista inglés que postuló que todas las especies de seres vivos han evolucionado con el tiempo a partir de un antepasado común mediante un proceso denominado selección natural.
[7] En palabras de Luc Ferry, “El postulado es muy sencillo: cuantos más valores espirituales, morales y culturales tengamos en la cabeza, menos necesitaremos meter a los hijos en la parte de atrás del coche el sábado por la tarde para ir a comprar inutilidades al centro comercial de la esquina”.
[8] Etimológicamente democracia viene del griego demos (pueblo) y kratos (poder). Por lo tanto, viene a significar el poder del pueblo.
[9] John Dewey, «Creative Democracy - The task before Us», en Jo Ann Boydston (ed.): The Later Works of John Dewey, 1925-1953, vol. 14. 
[10] El artículo 49 del Tratado de la Unión Europea (TUE) impone las condiciones (así como las modalidades) para todo país que desee ingresar en la UE: ser un país europeo y respetar los principios comunes de libertad, democracia, respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales y el Estado de Derecho (Proceso de adhesión de un nuevo Estado miembro).
[11] Martin Lutero. «Carta abierta a la nobleza cristiana de la nación alemana concerniente a la reforma de este estado cristiano». (1520). WML 2.68. Forma parte de los famosos tres tratados de 1520 del Reformador: «Carta Abierta a la Nobleza Cristiana de la Nación Alemana sobre la Reforma del Estado Cristiano»; «Cautiverio Babilónico de la Iglesia», y «Acerca de la Libertad del Cristiano».
[12] Citado por Justo C. Anderson en «Historia de los bautistas; Vol. III». (1990).
[13] Declaración del II Parlamento de las Religiones del Mundo, celebrado en Chicago en 1993. «Hacia una ética mundial: Una declaración inicialPrincipios de una ética mundial».
[14] Daniel Gómez-Ibáñez, «Moving Towards a Global Ethic», en Joel D. Beversluis (ed.): Sourcebook for Earth’s Community of Religions. Grand Rapids (Michigan): CoNexus; Nova York: Global Education Associates, 1995, pàg. 124-30.

2 comentarios:

  1. Úrsula15:29

    Estudio a fondo fondo. Gracias.

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  2. Mery Mff.09:21

    La ética mundial es el capitalismo.. si nos ponen a prueba todos nos vendemos por el dinero., incluso ls cristianos.

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