El canto Para que el mundo crea nació dentro de
una colección de composiciones escritas expresamente para la Convención
Bautista de España. De
De
1991-
Con un mismo espíritu
1992-
El mayor descubrimiento
1993-
Para que el mundo crea
1994-
Llénanos, Señor
1995-
Ocupa tu lugar
1996-
El pueblo que conoce a su Dios
A pesar de ser canciones compuestas en cierta
manera por encargo, hice el mismo proceso como con todas las demás. Todas han nacido de una convicción espiritual interna, en un
proceso de maduración de lo que quería decir y de una necesidad de expresar
algo que de verdad me representara.
Como siempre sucede cuando compones,
la cabeza empieza a dar vueltas delante del piano o de la guitarra buscando una melodía, tanteando la tonada,
definiendo el concepto armónico y ensayando la tendencia rítmica o las variables musicales que le den
personalidad. En definitiva, algo que te lleve hacia una especie de camino
estrecho en el que al final puedas decir: ¡Esto es! ¡Por aquí voy bien!
Creada la idea musical, solamente la frase Para que el mundo crea era la única que tenía
clara en mi mente. El coro empezaría con Para que el mundo crea que… Y terminaría con Para que el mundo sepa hoy. Nada más. Pero me
faltaba lo más importante: el texto en el contexto, que siempre me ha surgido de una manera aparentemente contradictoria: lentamente en la mente, y
repentinamente cuando ya había madurado muy adentro.
Las letras de una canción siempre tienen una
trastienda que normalmente nadie conoce. Y aquí viene
la otra parte de la historia. Fue un jueves por la noche, después del culto de
oración en la iglesia de Dénia, cuando después
de los saludos y las despedidas me quedé solo cerrando las luces de la capilla. Ya
no había nadie. Todos se habían ido. Pero cuando abrí la puerta que da al hall, de repente me encontré a un hombre con ropa desaliñada, con
apariencia de poca higiene y con aspecto de vivir en la calle; es decir, el
prototipo de una persona sin techo. En realidad, solamente me quedaba apagar la luz del hall y
cerrar los grandes portalones para salir por la pequeña puerta
lateral; pero aquel hombre estaba allí, solo, y yo también solo ante él. Sé que algo le dije,
a lo que él respondió que necesitaba dinero para coger el autobús para ir a
Valencia, donde tenía un hermano que le esperaba. Ni me lo creí ni no me lo
creí. Normalmente no se creen las palabras de las personas que acostumbran a
pedir. Ausente del contenido de su respuesta, lo que de verdad me preocupaba era qué es lo que yo podía hacer con ese hombre que en el último momento
apareció de la nada y me dejó frente a frente con él.
Acababa de orar con mis hermanos pidiendo a Dios por quien sabe qué, y quien sabe si por todo… Y de repente, un sin techo me pide ayuda. La tendencia social en estos casos, y también del cristianismo de la prisa, es darle unas monedas y, como se dice vulgarmente, sacártelo de encima. También, si hubiese estado, se podría llamar al diácono de Acción Social de turno y decirle que lo atendiera y que le diera algo. Pero mi cabeza no aceptaba eso. Y no era por coherencia ni por virtud, ni por un halo de santidad cristiana, sino por vergüenza propia. ¿Cómo iba a darle unas monedas y sacármelo de encima después de orar con mis hermanos si, además, yo era el pastor? Me di cuenta de que mi reloj no coincidía con el tiempo de Dios. Así que ante la vergüenza de no saber qué, pero sí de ser superado por una repentina responsabilidad que me abrumaba, el atrevimiento ganó y cambié radicalmente mis planes.
Le pregunté si había comido algo
durante el día. Me dijo que solo una bolsa de patatas chip y un café. Bien,
asentí, y le dije: ¿quieres venir a cenar conmigo? Entre sorprendido y
extrañado me dijo que sí, de manera que fuimos a un bar cerca de la
iglesia y entramos, con muchas miradas persiguiéndonos por todo el local.
Lógicamente éramos una combinación extraña. Él, harapiento; y yo bien
vestido. Él, sin mucha higiene; y yo con mi acostumbrada botellita de colonia en
el bolsillo para refrescarme las manos en caso de contacto con suciedades
ajenas.
Me dirigí a la barra y pregunté si tenían algo de comer, así como de cena. Y me dijeron que había quedado sopa del mediodía y que también nos podían hacer algo más. Así que nos pusieron sopa y, de segundo, una tortilla con un poco de ensalada. Y ahí, en la cena, comenzó nuestra larga y franca conversación. Evidentemente y como corresponde en estos casos, no le pregunté nada sobre su vida ni de cómo había llegado a esa situación tan lamentable. Supuse que el tema saldría si se daba la ocasión y que ya lo contaría, si quisiera. Sólo tenía claro que le debía dar un plato de comida, dignidad como persona y amarlo como Jesús le amaría. Así que hablamos de las cosas de la vida, de cosas intrascendentes y también trascendentes, pero eran temas que nos hacían sentir cómplices. Y me habló de su familia, de donde había nacido, de que le gustaba la sopa de champiñones que hacía su madre. Y yo le dije que recordaba la sopa que la mía cocinaba el día de Navidad en Barcelona: la sopa de galets. Y así fuimos conversando confiadamente. Sin embargo, más de una y más de dos veces se le enrojecieron y humedecieron los ojos. Y lo que me sorprendió es que no se avergonzaba. En un momento dado le pregunté: ¿estás llorando por dentro? Solamente asintió con la cabeza.
En esa confianza de comer juntos, de darle
dignidad y de amarlo como Jesús le habría amado, tuve claro que Dios es el
Dios del tiempo, de los tiempos y de mi tiempo. Y que nosotros somos los dioses
del reloj, del auxilio departamentalizado y de lugares que convertimos en santos o en
santuarios hechos a imagen de otros santuarios religiosos. Pero, como dice el salmista: 'oh, Dios, en tu
mano están mis tiempos' (Salmos 31:15).
La cena acabó. Y también la conversación. La cuestión pendiente era que a las horas en que vino a la iglesia ya no había autobús para ir a València. Y después de cenar, tampoco. Así que pasó la noche en un lugar acogedor que nadie podría imaginar. A la mañana siguiente lo acompañé a la estación de autobuses, pagué el billete y le di algunas monedas. Se fue con la bendición de Dios.*
Realmente, no sé si tenía un hermano de
sangre esperándole en València. No era lo más importante. Lo substancial, después de mi acto impulsado por la vergüenza, era que debía amarle como Jesús lo habría amado y estar con él, cenar con él, como Jesús hizo con
Nicodemo y con tantos otros.
Ese mismo día por la tarde, en mi cómodo despacho y ante el piano, volví a darle vueltas a Para que el mundo crea. Quería saber si la melodía que había esbozado días atrás seguía convenciéndome. Y ahí empezó a surgir la letra de la segunda estrofa. Y ahí brotaron las lágrimas de Antonio en la frase ‘sanad las llagas del dolor, secad los ojos, consolad, que el mundo llorando está’. Más tarde tomó cuerpo la primera estrofa y el resto de la canción, con el coro que ya estaba bastante perfilado.
Dios es el Dios de los tiempos, de mi tiempo, de mi reloj, no de un lugar concreto ni de santuarios. Jesús, después de una larga conversación con la mujer samaritana, en Juan 4, afirmó que los verdaderos adoradores no adorarán ni este monte ni en el de más allá, sino que lo harán en espíritu y en verdad. No es una llamada al lugar, a ningún lugar, ni tan siquiera a una media hora de alabanza y/o… adoración. Es una llamada a la cruz y a vivir con el reloj de Dios en nuestros corazones y en todos nuestros actos e intereses, como nos recuerda el Salmo 37:15.Ciertamente, la marca praise&worship y la mercadotecnia discográfica evangélica se ha especializado en hacer de la adoración un
espacio y un lugar en una hora y un día especial, convirtiéndolo en el summum de la
alabanza y adoración. Pero, a menudo, la verdadera adoración empieza cuando acaba la música, cuando Dios es el absoluto de todo lo anterior y posterior.
Es posible que estemos tan acostumbrados a hacer del lugar y de nuestros santuarios el habitáculo de Dios, que olvidemos, como me pasó a mí, que el espacio donde Dios reina es en el tiempo: mi tiempo absoluto, en cualquier momento, sorpresivamente, incluso ante un desconocido mal vestido y maloliente.
Siempre me emocioné con esta alabanza y aún hoy sigo emocionada al conocer su historia. Dios escribe recto en líneas torcidas. Y es cierto.
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