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· Los bautistas y su música (18)

 © 2022 Josep Marc Laporta

1- València, las Haglund y la música
2- Otros contextos musicales valencianos

        1- València, las Haglund y la música

        Las Haglund, en femenino, concierne tanto a la esposa de Karl A. Haglund, Feliciana, como a sus dos hijas, Catalina y Carolina. El pronto fallecimiento del padre de la familia cuando la menor, Carolina, aún no había nacido, dio a las tres mujeres una significativa relevancia, cuyos dones y talentos fueron muy apreciados por la congregación bautista valenciana. Y aunque la figura del misionero sueco en relación con la música ya fue debidamente considerada en un anterior capítulo, brevemente rememoraré su figura como introducción a la faceta musical de las mujeres de la familia.

        Cuando en 1882 y con 28 años Karl (Carlos) August Haglund (1854-1895) llegó a Barcelona, ya traía consigo un buen bagaje musical. En su congregación de Hudiksvall, al este de Suecia, muy tempranamente destacó tocando el armonio y organizando un coro. Siete años después de su llegada, al contraer  matrimonio en 1889 con una hija de la Vila de Gràcia, Feliciana Armengol Simó (1868-1950), ambos usaron la música familiarmente en la alabanza a Dios y también cantando a dúo en los cultos de la Primera Iglesia Bautista de València, congregación que fundó Carlos en 1888. Y es que tanto Feliciana como su esposo tocaban el armonio, cualidad que aportó mayor riqueza y competencia en el ministerio eclesial y pastoral. En sus incursiones misioneras por tierras murcianas, Carlos acostumbraba a llevar un armonio portátil consigo. En el libro Un siglo de protestantismo en España el historiador Juan Bautista Vilar hace referencia a ello y a la personalidad de Haglund en su estancia en Águilas: «Su paso por aquellas tierras le hizo muy popular, con su simpática estampa de hombre alto, delgado, impecablemente vestido, amable con todos y llevando siempre la Biblia en una mano y un armonio portátil en la otra…».

        De Carlos A. Haglund trascendieron dos himnos cuyo texto tradujo y adaptó muy probablemente en la ciudad de València: Dad gracias a Dios y Al cielo voy, publicados en las ediciones de El Eco de la Verdad de 1894 y 1895, de los cuales disponemos la tonada del Sacred, Songs & Solos. Todo apunta a que tradujo algunos himnos más, como El nombre de Cristo o Gozo en el cielo, poemas publicados en 1894 e intercalados con un coro, por lo que es incuestionable que la actividad de alabanza y adoración con música muy pronto se consolidó en la vida diaria de la comunidad de fe valenciana. Jesús Millán escribe en su libro Valencia Evangélica que las hijas de Haglund relataban que el futuro diácono de la congregación, Luis Vidal Biendicho, «fue atraído por las melodías de los himnos evangélicos que se cantaban en la iglesia cuando estaba en la calle del Àngel, por donde él pasaba. Cautivado por la nueva fe invitó al misionero a entonar dichos cánticos en su propio domicilio en el centro de València»; un suceso muy común y repetido en el testimonio de las iglesias del país.

        Siete años después de la constitución de la Primera Iglesia Bautista en València ya era muy habitual que el coro se trasladara a otros puntos de misión de la comarca para «edificar con su excelente canto a los asistentes a los cultos». Una de las adaptaciones ya mencionada, publicada en El Eco de la Verdad de 1895 es Al cielo voy, un canto que probablemente habría sido interpretado por el coro o congregacionalmente. La siguiente reproducción de época da fe de la belleza poética de la pluma de Carlos Haglund:

        El otro himno del cual tenemos constancia que Haglund hizo una adaptación al castellano es Dad gracias a Dios, publicado en 1894:

        Tras la precipitada muerte de Carlos en 1895, Feliciana y sus dos hijas volvieron a la Vila de Gràcia para reponerse de la gran pérdida, cerca de sus padres y hermano. Pero apremiadas por el aprecio e insistencia de la congregación valenciana, en 1900 retornaron al lugar donde ella y su esposo habían deseado estar y servir. En gran parte advenidos a València con el siguiente propósito, el 3 de octubre del mismo año Feliciana abrió una escuela femenina en las instalaciones de la iglesia de la calle Roders, al modo de las escuelas de George Lawrence a las que asistió en su infancia. Y aunque en este nuevo tiempo hay muchas evidencias del ministerio del coro de la iglesia, no será hasta 1916 cuando junto a sus hijas funda la Sociedad Coral Evangélica de la cual Feliciana será la presidenta y su hija Catalina (1891-1982), apodada Carin, la directora artística. La finalidad de la Sociedad Coral Evangélica era realizar giras de apoyo evangelístico por diversas poblaciones de la provincia (Carlet, Alginet, Paterna, Alcàcer, Burjasot…) en las que tanto podían cantar himnos espirituales como sendas composiciones seculares de carácter más folklórico y universal. Los veinticuatro componentes de la Sociedad Coral aportaban una cuota semanal para cubrir los gastos que realizaban con los viajes misioneros en la comarca. Y al grupo se sumaban seis voluntarios que ayudaban y acompañaban en tareas logísticas. Por lo tanto era un equipo misionero bien organizado y conjuntado que contaba con una Junta Directiva formada por Feliciana Armengol Simó como presidenta; Catalina Haglund Armengol como directora artística; Sara Vidal –hija de Luis Vidal, uno de los primeros convertidos en València– como vicedirectora artística; Juan Lloréns, secretario; Samuel Vidal –también hijo de Luis Vidal–, contador; Regina Valero, vicecontadora; Francisca Merlo, vicesecretaria; Ramón López, vicepresidente; y Francisco Ruíz, cajero. El ministerio del coro es tan fecundo y sostenido en el tiempo, que años más tarde en la Conferencia bautista de 1928, los vecinos que estaban escuchando desde la calle aplaudieron con entusiasmo la interpretación del himno regional de València. Las enhorabuenas llegaron de todas partes: «Felicitamos a la Sociedad de Jóvenes y en especial a doña Catalina Haglund por la acertada contribución y dirección en los distintos y variados trabajos del programa y al coro de la iglesia por sus bonitos y armoniosos cantos», anunciaba El Mensajero Bautista en 1923. O, también, en el mismo rotativo: «El Coro, bajo la dirección de la distinguida profesora Srta. Karin Haglund, amenizó las reuniones con algunos cánticos de su escogido repertorio, dando mayor realce y éxito a las conferencias». En 1924 Florentino Tornadijo reincidía al acabar otro reportaje: «Pero olvidaba uno de los detalles más importantes: ¡El coro! así, con admiración ¡El coro! Los jóvenes que lo forman con su dignísima profesora Dª Karin Haglund, nos transportaron con sus melodías por unos momentos a otras regiones, donde el espíritu volaba en alas del pensamiento al escuchar la armonía del coro. 'Gloria a Dios en las alturas' y 'La ciudad de David' fueron los himnos que cantados a cuatro voces refrigeraron nuestro espíritu e hicieron saltar lágrimas de gozo de nuestros ojos».

        Coincidiendo en el tiempo con la Sociedad Coral Evangélica, los años 1900 a 1922 fue una época de esplendor y expansión misionera de la iglesia bautista valenciana. Con el traslado pastoral de Sabadell a València de Johan E. Uhr Kos (1858-1922) en 1895; el intenso y prolífico, aunque breve, ministerio de Vicent Mateu Gil (1869-1914); la llegada en 1909 del misionero Nicholas J. Bengtson (1882-1940); o el trabajo colportor de Antonio Esteve Palazón (1883-1960), la congregación vivió unos de sus mejores años, también convergiendo con la celebración en València de la IV Convención de Esfuerzo Cristiano en 1911. Y aunque no tenemos noticias directas de cuál fue la participación musical del coro de la iglesia, es presumible que sería importante.

        Aproximadamente un año antes del evento, en marzo de 1910, Nils Johann Bengtson (1882-1941) y su esposa Elena llegaron a España, incorporándose al equipo de la capital valenciana. Pero a pesar de que el misionero sueco tenía muy buena preparación musical, pues tocaba el armonio y tenía experiencia en la dirección coral y congregacional en su país, no dirigió la formación valenciana, dedicándose a menesteres pastorales y formativos. Es por ello que se puede dar por supuesto que en el gran evento de 1911, Feliciana o Catalina dirigieron las intervenciones del coro, que cinco años más tarde, en 1916, se consolidará con la estructura de la Sociedad Coral Evangélica.

        El encuentro nacional de Esfuerzo Cristiano en València no fue un hecho aislado. Del año 1898 ya tenemos noticias de la formación de un grupo de esforzadores en la iglesia bautista valenciana: «Dios ha concedido a esta Iglesia el privilegio de contar entre sus miembros bastantes jóvenes de ambos sexos si bien abundan más los jóvenes. Esto ha sido motivo para formar aquí una Sociedad de Esfuerzo Cristiano, como hay millares en el mundo. El objeto de esta Sociedad es: promover más fervor y actividad en la vida cristiana de sus miembros; estrechar sus relaciones entre sí, y hacerles, de esta manera, más útiles en el servicio de Dios». De la misma manera que en Catalunya se produjo un movimiento de participación bautista promovido por Antònia Zapater desde su congregación en Palamós, en València también se formó un muy activo grupo de jóvenes, aunque a diferencia del Principado éste fue más intenso y sí que desembocó en la organización del evento nacional de 1911, donde los himnos que se cantaron marcaron a toda una generación de creyentes. De todo ello hay que destacar que tanto Juan Uhr como Vicent Mateu participaron muy determinantemente en la Sociedad a nivel nacional, hasta el punto que en 1905 Mateu viajó a Berlín representando a España en la Convención europea de Esfuerzo Cristiano.

        Con un himnario de cuarenta y tres himnos impreso para la ocasión del que daré cuenta en posteriores capítulos, la Convención Nacional de 1911 se celebró en el patio del arquitectónicamente elegante templo bautista sito en la calle La Palma, 5, construido en 1908 e inaugurado en 1909, del cual el historiador y actual pastor de la 1ª Iglesia Evangélica Bautista de València, Pau Grau, resalta la importancia histórica del edificio: «Impulsado por Jan Uhr, en 1909 se inauguró el templo de la calle La Palma, una joya del neogótico civil valenciano, fachada realizada por un joven arquitecto, Francisco Mora Berenguer (1875-1961), discípulo de Domènech i Montaner y de Gaudí. Y si bien es cierto que posteriormente Mora Berenguer tuvo en su haber otras obras importantes, como la basílica de Sant Vicent Ferrer, el mercado de Colom o la restauración de la puerta de los apóstoles de la Catedral, su primera obra fue la casa colegio y templo bautista impulsada por Juan Uhr y sufragada por la misión sueca. Con un patio a la entrada, un entresuelo para templo, la siguiente planta para escuela y la superior para residencia, el de la calle La Palma es un edificio singular, ahora catalogado y protegido por el Ayuntamiento, que hasta 1987 fue propiedad de la 1ª Iglesia Bautista de València, que desde hacía tiempo ya se reunía regularmente en el templo de la calle Quart».

        De todo ello se deduce que el arte, lo bello y la música jugó un papel muy importante en la congregación bautista valenciana de principios del siglo XX; y también fue la gran pasión de Catalina (Carin) Haglund Armengol (1891-1982), que la llevó no sólo a dirigir el coro de la iglesia sino a ejercer de profesora. En 1903 inició sus estudios de piano en el Conservatorio de Música de València con un elenco de destacados profesores, culminando los dos últimos cursos de carrera con Ramón Martínez Carrasco (1872-1966). En 1909 y con 17 años Carin ya es maestra en la escuela que había fundado su madre a principios de siglo, comprometiendo también su vida ante su Salvador al bajar a las aguas bautismales en 1906. Cuatro años después y uno antes de la Convención de Esfuerzo Cristiano, en 1910 es la pianista que abre la Fiesta Esperantista presidida por el gobernador J. Moreno, por el presidente de la Diputación, Rafael Albiñana, y por el vicepresidente del Comité organizador, Ricardo Serrano Chasaing, todo ello dentro del marco de la Exposición Nacional de ese mismo año. La apertura de la Fiesta fue a cargo de Carin con una interpretación al piano de La Espero, el himno esperantista y según el programa en el mismo acto también interpretó la balada nº 1 en Sol menor de Chopin. El siguiente vídeo recoge la composición que Carin tocó en la Fiesta Esperantista de 1910. En este caso es una interpretación actual de La Espero interpretada y cedida por Akiko Tanaka, correspondiente a la versión más en boga entonces y recién estrenada el año anterior (1909), obra de Félicien Menu de Ménil bajo texto común de L. L. Zamenhof.

        La siguiente grabación, cedida por el pianista Alexander Panizza, es la Balada nº 1 en Sol menor, Op. 23 de Frédéric Chopin, incluida en la fiesta esperantista de 1910 que fue interpretada por Catalina Haglund Armengol.

        La preparación académica de Catalina Haglund es relevante, con cualidades bien definidas como profesora, muy disciplinada y de vasta cultura, por lo que su bien hacer musical y pianístico le llevó a ingresar en el Conservatorio de Música de València. Pese a que aparentemente se muestra como una persona reservada, la determinación y exigencia con la que ejerce su profesión será apreciada por muchos y dará frutos. Su capacidad didáctica será premiada por el advenimiento de un alumno muy notable: Perfecto García Chornet (1941-2001), quien en el futuro será un reconocido pianista y catedrático del Conservatorio de València, y que, asimismo, su trayectoria artística y docente le llevará a ser hijo predilecto de Carlet y dar nombre al Conservatorio de Música de la ciudad.

        Nacido en esta población de la Ribera Alta en 1941, a los ocho años recibió sus primeras clases de música y piano de Carin, cuando ella ya contaba con 58. El propio García Chornet relataba agradecido: «Como tantos chicos de pueblos de València, hijos de músicos de banda, quise tocar también y hubiera elegido un instrumento de viento, pero tuve la gran suerte de que mi maestra –-doña Catalina, nunca la olvidaré– era profesora de piano y fue ella que me orientó». Por su parte, Carin se expresaba afectuosamente hacia su alumno: «Era de una familia que no eran amigos de la iglesia, eran republicanos, buena gente, pero poco amigos de la iglesia. Estaban un poco… mirados como gente un poco de izquierdas y resulta que cuando nació el chico, había pasado la Guerra Civil y estaba el dominio de Franco, y cuando el chico ya tuvo edad para ir a la escuela no lo aceptaron porque no estaba bautizado, y cuando yo iba a comprar el pan, su padre me decía: ‘Este chico me lo tiene que enseñar usted’. Él se refería a que sería su maestra en la escuela. [….] En cuanto el chico tuvo ocho años me lo trajo a estudiar solfeo, y me dijo: ‘Mire, que el chico quiero que aprenda música, y me lo enseñará usted’. Pues bien, a los tres meses tenía una afición y una facilidad para el solfeo, las notas las conocía pues yo le explicaba la teoría y los intervalos. Y dije: ¡este chico es una notoriedad, tiene unas facultades extraordinarias! Y a los pocos meses de dar solfeo le dejé tocar el piano y también demostró una enorme facilidad, con una buena mano y una buena pulsación y así que fue una maravilla, y ahora es concertista y profesor en el conservatorio».

        Sin embargo, antes de la Guerra Civil, Catalina, que también había estudiado magisterio y había atesorado un currículum y hoja de servicios encomiable, fue depurada por el régimen de Franco por sus creencias religiosas. Esta situación provocó, tanto a ella como a su madre y hermana ya ciega que estaban a su cargo, una situación económica muy precaria, según explica Catalina en una entrevista realizada en 1970 por Ramón Justamante y Antonio Gómez para El Eco: «Yo era maestra, en el 1931 realicé las oposiciones para maestra y saqué plaza y me vine aquí [Carlet] en el año 1934. Del 1931 al 1932 hice los ejercicios, y en el 1933-1934 estuve en Real de Gandía, interina, porque aún no se habían adjudicado las plazas y en 1934 tomé posesión aquí en Carlet. En 1936 se volvió la Guerra Civil que duró hasta el 1939, y resulta que cuando se acabó la guerra vino la depuración. Como yo no era católica, me echaron y me dejaron sin trabajo». Es en esta etapa de gran dificultad cuando da clases de música particulares para subsistir, que junto a donativos promovidos por Erik A. Lund desde Estados Unidos dirigidos a su madre, permitieron a las tres mujeres una mínima subsistencia.

        Por su parte, Carolina Haglund Armengol (1985-1968), hija póstuma de Carlos A. Haglund y hermana de Carin, fue una mujer muy decidida y aparentemente más introvertida, apasionada por las letras y con grandes capacidades de comprensión, expresión y síntesis, además de un verbo ungido para la predicación y exposición bíblica. Y aunque no se distinguió en el ámbito de la música, su buena formación cultural y carácter pionero le llevó a investigar sobre educación, destacando en la obra poética. A pesar de quedar ciega por causa de un glaucoma, su visión interior le llevó a relatar espacios y ambientes únicos donde los creyentes se reunían para celebrar cultos, como narra en uno de sus poemas, Apuntes, recogido por Jesús Millán en su libro Valencia Evangélica. Dedicado a Sumacárcel, Apuntes está inspirado en la subida desde esta población hasta la Font de la Teula, en el puerto de montaña de Sumacárcel, donde se realizaban encuentros entre los creyentes de Navarrés y Quesa con los de aquella localidad y que ella relata como una metáfora de la vida cristiana en ascenso hacia el cielo:

        ¡Cuesta arriba! ¡Cuesta arriba!
        Más arriba el cielo está,
        Empuja el viento las nubes
        Y pronto el sol brillará.
 
       ¡Cuesta arriba! ¡Cuesta arriba!
       A la fuente llegaré,
       Salta el agua cantarina,
       Allí la sed saciaré.
 
       ¡Cuesta arriba! ¡Cuesta arriba!
       ¡Cuán hondo el río quedó!
       El pueblo, tras de los montes
       A lo lejos se perdió.
 
       ¡Cuesta arriba! ¡Cuesta arriba!
       ¡Todo ríe en derredor!
       Cantan, alegres, las aves,
       Cantan su canción de amor.
 
       ¡Cuesta arriba! ¡Cuesta arriba!
       La fatiga venceré:
       Quiero llegar a la cima,
       Poner en ella los pies.
 
       ¡Cuesta arriba! ¡Cuesta arriba!
        Hondo silencio… emoción,
       Dios muy cerca… dulce calma,
       Y en el alma, adoración.


        2- Otros contextos musicales valencianos

        En general, las iglesias bautistas españolas tuvieron muy en cuenta la música y el ministerio de alabanza. En ciertos momentos de la historia algunas congregaciones despuntaron por la conjunción de dones y talentos musicales puestos al servicio de Dios. Este fue el caso de la 1ª IEB de València en la etapa que estamos rememorando, con la familia Haglund y también con otras aportaciones que de una manera u otra fueron significativas, especialmente en crear un ambiente propicio para la adoración y el testimonio mediante la música.

        Antonio Esteve Palazón (1883-1960) nació en Pinoso (Alicante) en una familia humilde, con pocas posibilidades de formación escolar. Pero a los pocos años de vida se despierta en él una gran vocación por el arte sonoro. La música se convierte en el eje más importante de su existencia, aprendiendo a tocar la bandurria, la guitarra y otros instrumentos de cuerda que muy pronto le servirá para ganarse el pan de cada día dando clases. No obstante, su destino empieza a cambiar. A los 18 años le regalan un Nuevo Testamento, libro que marca el inicio de su búsqueda espiritual. Interesado en la fe evangélica, más tarde compra a un colportor algunos libros, como Los Mártires de España, Pepa y la Virgen o Julián y la Biblia, hasta que a los 21 años viaja con un amigo a la Feria de València, hospedándose en casa de un tío de su amigo, Amador Sampere Maestre. Al llegar el domingo e invitado por la familia anfitriona, asiste por primera vez a la capilla bautista que aún radica en la calle Roteros. Al oír la predicación de Juan Uhr y Vicent Mateu, Esteve comprende la profundidad y sencillez del Evangelio y su condición de pecado, por lo que muy pronto toma una decisión de fe, bautizándose al año siguiente y convirtiéndose en un efectivo colportor y predicador por los pueblos de la provincia.

        El proceso espiritual y de relaciones le lleva a contraer nupcias con una de las hijas de Sampere, Francisca (Paquita). Ya con dos hijos y después de un tiempo sirviendo en las comarcas valencianas se siente psicológicamente agotado por lo que impulsado por un afán de superación personal de 1910 a 1914 se traslada con su familia a Argentina buscando un nuevo provenir. Allí no todo va como desearía, sustentándose gracias a las clases de música que tanto él como su esposa imparten particularmente. No obstante y a pesar de que más tarde vuelve a su ministerio colportor colaborando con algunas iglesias en Córdoba (Argentina), al final deciden volver a su tierra, entrando en contacto de nuevo con Juan Uhr quien, tras el reciente fallecimiento de Vicent Mateu, siente que la vuelta de Esteve ha sido preparada por el Señor.

        Su reentré al colportorado en España le lleva a Carlet como centro de operaciones, extendiéndose eficazmente a Navarrés, Xàtiva, Sumacárcel y otras poblaciones de la comarca, y posteriormente también a Alicante, y de allí a Elche, Elda y Murcia. Su faceta musical es usada oportunamente, siempre acompañado de la guitarra o con la ayuda de su esposa, Paquita Sampere, al armonio. En 1916 se le localiza en Benali junto a Juan Uhr, donde los creyentes los esperan con gran entusiasmo cantando el himno Oh, jóvenes venid, himno al que me referiré en un posterior capítulo. Al día siguiente, Esteve y Uhr predican en los descansos de la trilla en la era, donde Antonio acompaña con la guitarra los cantos y también testifica de casa en casa, ofreciendo tratados, leyendo las Escrituras y cantando himnos cuando la ocasión es propicia. En el futuro, ya perfilada la UEBE como organización, en las Conferencias de 1928 Antonio Esteve presenta un discurso titulado La música en la Iglesia, por lo que podemos intuir una cierta ascendencia formativa dentro de la música y la alabanza denominacional.

        Los hechos históricos nos llevan a considerar a Antonio Esteve como un colportor y fundador de iglesias muy apreciado. Es un hombre inquieto, decidido y entregado, siempre dispuesto a predicar en todo momento. Sin embargo, su legado fue fecundo en sus ocho hijos, también en lo musical. Una de sus hijas, Lidia, tocaba la guitarra con destreza, que junto a las notables cualidades musicales de su hermana Noemí dieron los primeros pasos en la música y en la fe a niños y adolescentes de la Iglesia Bautista en Xàtiva. Enoc, el quinto hijo, lo encontramos en Alcántara del Júcar tocando el violín en las reuniones evangelísticas, calificado por Vicente Francés como «experto violinista [...] pues con deleitosa música despertó el interés entre la gente». Otro de los hijos, Salatiel, fue un destacado violinista que tocaba en diferentes y disímiles escenarios, desde los pasillos del tren, en la catedral o en casamientos. Y uno de los hijos de Salatiel, nieto del pastor Esteve, Christian Antonio Esteve Zinsser, es profesor de música y pianista a quien el pastor Pau Grau le solicitó acompañar a una soprano para cantar himnos clásicos en el centenario de la Iglesia Evangélica Bautista de Navarrés (2020), que precisamente había fundado su abuelo. Sin embargo la pandemia impidió la celebración y el entrañable acto musical propuesto. Por otra parte, Elías Esteve, el penúltimo de los hijos de Antonio Esteve, fue director de la coral de la Iglesia de Quart durante muchos años y director durante unos treinta del Coro Evangélico de València. Y, continuando con la saga y viajando en el tiempo hasta tocar fugazmente el siglo XXI, uno de los bisnietos, Benjamín Esteve Yañez, es violinista profesional en Francia. 

     Además de la particularidad de cada descendiente de Antonio Esteve, es de destacar la participación conjunta de la familia Esteve-Sampere, como relata la crónica de 1925: «Nos deleitaron, la Srta. Ester Villalba en el canto de un solo con su magnífica voz, y el Sr. Esteve e hijos, que cantaron un salmo». O en otra ocasión: «Se cantaron muchos himnos y un hermoso salmo entonado por la familia del señor Esteve con gran deleite para todos». Y como conclusión, reseñar la noticia de Alginet, aparecida en 1925 en El Mensajero Bautista: «También nos gozamos mucho al ver en nuestra compañía a Dª Paca, esposa del Sr. Esteve, pastor de Xàtiva, que nos hizo un buen favor tocando el armonium, ya que de los de aquí nadie lo sabe tocar».

        En otro escenario y unos pocos años más adelante de la época que estamos considerando, uno de los discípulos de Antonio Esteve, Vicente Francés (1895-1893), sostendrá la llama del Evangelio en Carlet y otras poblaciones. Su esposa, Dolores García, una joven creyente de Sumacárcel, complementará el ministerio conjunto aportando sus talentos musicales como organista. Dolores legará a sus tres hijas su bien hacer musical. Una de ellas, Juanita Francés García, fue durante décadas organista en la iglesia de Sumacárcel, mientras que Ester Francés García –quien más tarde contraerá matrimonio con el exsacerdote, pastor y futuro director del Seminario Teológico Bautista en Madrid, José Borràs Cerveró (1927-2002)– impartirá conceptos básicos de música y adoración en dicha institución.

        Otros contextos musicales valencianos de la segunda década del siglo XX, como Nils Johann Bengtson (1882-1941), aportan su experiencia en este campo. El misionero sueco apoya los ministerios eclesiales con partituras e himnarios que trae de Suecia y que en algunos casos él mismo hace las primeras adaptaciones al castellano. Su preparación musical le llevará a ser secretario de la Comisión de Música del II Congreso Evangélico Español que se celebró en Barcelona en 1929, Comisión que también contó con José Capó, Pepita Cabrera, Agustín Morales, Felipe Orejón y Samuel Payne. Según crónica de España Evangélica«Las iglesias de Barcelona habían formado un magnífico coro el que hábilmente dirigido por D. Samuel Payne y ayudado por la señorita Pepita Cabrera que acompañó los himnos con el piano y D. Samuel López que los acompañó con el armonio, ha contribuido a que las reuniones fueran más animadoras». Bengtson centró su trabajo en la coordinación y en la edición del himnario del Congreso que constaba de cuarenta y tres cantos.


Fotografías: libro Valencia Evangélica ~ Jesús Millán Martínez
Regeneración digital: Music Zones Studio


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