jml

· Los bautistas y su música (15)

© 2022 Josep Marc Laporta

1- Crónicas hímnicas en el cambio de siglo
2- Antonet el cec
3- Ven a Cristo, ven ahora

1- Crónicas hímnicas en el cambio de siglo

        Las crónicas de la época informan con profusión de las actividades misioneras, con la música y los himnos siempre presentes. En algunos casos son pequeños detalles que permiten obtener una idea aproximada de la vida musical de los primeros bautistas, mientras que otros son suficientemente específicos para conocerla más a fondo. Seguidamente incluyo algunos de los más destacados.

        En una carta del 4 de agosto de 1895, el pastor y colportor Gabriel Anglada relataba el bautismo de Jordi Déu, vecino de Llansà, que tras tres años de petición por fin veía cumplido su deseo. En el culto bautismal estuvieron presentes hermanos de Portbou, del Port de la Selva y Llansà. Y, según cuenta Anglada, fue «un domingo muy feliz, cantando, orando y meditando la Palabra de Dios». Pero al parecer, «el diablo, viéndonos así unidos y gozosos, se enfureció e ideó hacernos guerra. Para este objeto se valió de una hija suya que vive en la misma calle de la casa donde estábamos reunidos. Primeramente le comunicó que nos estorbase tocando el órgano: así lo hizo, pero quedó burlado; entonces le dijo: deja el órgano y atácalos con cánticos maldicientes y de difamación; lo hizo así también. Viendo sin embargo que en vez de ganar la batalla la perdía, le comunicó que parase y no la oímos más». Gabriel Anglada concluía su carta asegurando que «el diablo sabe que Dios existe y tiembla a su Palabra. Es como un león rugiente, pero si se le resiste con la espada del Espíritu y con el escudo de la fe, es más cobarde que los animales».

        A unos sesenta kilómetros de Llansà, Gualta recibía el testimonio de otros pueblos circundantes, cuyos hermanos la visitaron en un día de evangelización. Era el domingo 17 de noviembre de 1895 cuando dos hermanos de l’Estartit compartieron la Palabra por la tarde y por la noche. La crónica recogida por El Eco de la Verdad parece apuntar a la composición de cantos por los mismos colportores: «cantaban también varios himnos, a los cuales había puesto melodías harmoniosas el hermano Audivert de dicho pueblo». Se refiere a Genís (Ginés) Audivert Bruguera de L’Estartit, unos de los primeros convertidos del ministerio de Lund y Previ en L’Empordà. No tenemos referencias de que Audivert hubiera compuesto ningún himno, aunque podría haber tenido la pretensión de hacerlo. No obstante, una posible interpretación es que los himnos ya eran conocidos por todos y que Audivert, al poner «melodías harmoniosas», en realidad significaba que acompañaba el canto con el armonio portable que habían recibido de la misión.

        En la misma población, Gualta, el 20 de octubre fue un día de festividad para el pueblo. De buena mañana se anunciaban ‘las benditas lenguas del campanario’, con una copla de músicos para acompañar el santo, sant Rosés, que había de salir en procesión.  Las crónicas cuentan que «al pasar delante de la casa donde los bautistas celebraban un culto evangélico, cantando y tocando, un valiente veterano que formaba parte de la procesión, al oír los cánticos evangélicos, exclamó: ‘M’agraran més aquells qu’ aquets’, atravesando las filas de los adoradores del santo y desapareció en la casa de dicho culto». Y el cronista da fe que muchas personas, tanto de la procesión, como las demás, vieron este hecho, aunque «el santo, sea por urbanidad o porque era mudo, ciego y sordo, permaneció como un ser muerto, de todo indiferente delante de tan poca devoción y tan gran irreverencia».

        En 1893, en el sexto aniversario de la fundación de la iglesia en l’Escala, los hermanos de la congregación lo celebraron «con un júbilo de que sólo dan muestras los corazones que confían en el Señor, con cánticos de alabanza». Dos años más tarde, en El Eco de la Verdad un artículo inspiracional introdujo la didáctica de la alabanza, al declarar que «cuando hemos sido elevados de la profunda oscuridad y desesperación en que nos ha sumido el pecado, se pone el ‘nuevo cántico en nuestra boca’ y prorrumpimos en alegres alabanzas’»; concluyendo con la siguiente afirmación: «El escepticismo y la incredulidad no poseen tales cánticos, no tienen nada que cantar ni nada porque alabar a Dios. Las madres escépticas o incrédulas no saben cantar, con sus hijos, himnos de alabanzas a Dios. Las madres cristianas tienen un nuevo cántico puesto en su boca y con él alaban a Dios desde el fondo de sus corazones».  

        En un viaje a Dinamarca en verano de 1895, Erik A. Lund muestra su sensibilidad musical relatando su experiencia en la capital del país, Copenhague: «Invitáronme a tomar la palabra en la capilla bautista, gran congregación, canto excelente debido sin duda al director del órgano bautista Evangelisten, quien también es profesor de música y dirige el canto en la capilla». Coincidente en el mismo año y mes, desde Burjasot se informa sobre la costumbre de la iglesia de reunirse todas las noches para leer la Escrituras y cantar himnos. Y, asimismo, en Palau Satort se reunieron en la casa de Martín Grasiot y esposa diecinueve hermanos llegados de Palamós, San Joan de Palamós, Palafrugell, Pals y Figueres. El encuentro empezó cantando alabanzas a Dios, para seguidamente tener una reunión de oración, prosiguiendo con varios himnos más. Durante la comida y apenas empezar a degustar los postres, «un hermano comenzó a cantar, los demás le siguieron y así se continuó, hasta que llegó la reunión de la tarde».

        Al siguiente año, Gabriel Anglada y otros tres compañeros se desplazaron al Port de la Selva para tener un día junto a los hermanos de la población costera. Tras el culto y la exposición de la Palabra, un selvense proporcionó una merienda, «mientras tanto otros fueron a buscar un bote en el cual nos embarcamos», relata Anglada. «Todos nos acompañaron hasta la orilla del mar y se embarcaron 4 o 6 con nosotros. Apenas nos alejamos un poco de la orilla, empezamos a cantar himnos de alabanzas a Dios, continuando así, hasta que llegamos a tierra». En otra ocasión, en Llansa se narra que los creyentes pasaron más de una hora cantando himnos, «después de los cual comimos juntos el fruto de la pesca de los hermanos, celebrando luego una reunión de oración en que tomaron parte todos, dando gracias especiales al Señor por lo que había hecho».

        En 1896, en Regencós, población del Baix Empordà, se reunieron «unos cuantos hermanos para celebrar la Cena del Señor en casa de un hermano, y en el momento de haber orado al Señor y principiar a cantar un himno, nos pareció oír que otros cantaban en la calle. Estos debían ser el cura con algunos de los suyos, porque se supo que dicho cura fue a pedir al alcalde que privase la celebración de reuniones en la casa del hermano; tal vez por haberse detenido algunos de los suyos delante de la casa en que celebramos la Cena, dejando de cantar, quizá para oír nuestros himnos». El relato prosigue inquiriendo: «Si esto es así, quisiéramos preguntar al cura de Regencós, por qué no busca al alcalde para que prive cantos mundanos y reuniones más grandes en casa donde sus fieles juegan y blasfeman. ¿Es que para dicho cura todo esto es católico y muy lícito, mientras que pequeñas reuniones donde se lee la Biblia, se reverencia al Señor y se cantan sus alabanzas son prohibidas?».

        En l’Escala, tras la celebración del aniversario de la iglesia en 1897, y después haber cenado, algunos de los creyentes «se fueron a cantar himnos al paseo de la Villa, hasta la hora del culto de la noche; llegada la hora señalada, vinieron cantando hasta dentro del local de reuniones. Hemos sabido que los cánticos que entonaron gustaron a todos cuantos tuvieron el gusto de oírlos. ¡Gloria a Dios!». En el mismo año, los hermanos de Gualta fueron el primer domingo de mes a Palau Satort «a tomar la Cena del Señor, cantando himnos de alabanza por el camino y conducidos en el carruaje de un hermano», y aprovechando el encuentro, Gabriel Anglada enseñó la linterna mágica, cuyo petróleo para el funcionamiento lo pagaron los mismos congregantes.

        Tras una larga enfermedad y tras su manifestación de ser salva y de aceptar la voluntad del Señor de que debía partir –como fueron sus últimas palabras: «a los brazos de Jesús»–, se ofició en Barcelona el acto fúnebre de Maria Sancho de 18 años, con la presencia de Erik A. Lund, quien leyó sobre la resurrección de Lázaro, consolando y animando a los presentes. Las crónicas notifican que a las siete de la mañana Lund habló a la concurrencia con el tema ‘Voy pues a preparar lugar para vosotros’. Se oró al Señor y se «cantaron algunos himnos que llamaron la atención no sólo de los presentes sino del vecindario que los escuchaba desde los balcones».

        En el cambio de siglo, el himnario y la Biblia ya eran los dos libros que irían siempre unidos. Según «las cartas entre el hermano Roig, fechadas en Francia y en Llansà, hemos sabido que Dios ha bendecido su testimonio en ese país para la conversión de un amigo». La noticia animaba a los hermanos que «dejan sus hogares por cierta temporada para trabajar en otros puntos». Y la crónica del rotativo bautista aportaba información adicional: «una circunstancia que no debemos callar: el amigo indicado aunque vive en Francia se ha suscrito a El Eco y se ha provisto de Himnario y Biblia». Por la fecha se puede deducir que el libro de cánticos sería el Himnario Evangélico de 1895. Y, como ya había sucedido con sus himnarios en las iglesias bautistas norteamericanas, en España y a partir de la implantación en los cultos de la colección de Fenn y Faithful o de la de Juan Bautista Cabrera, el binomio himnario y Biblia se convirtió en una seña de identidad de las iglesias protestantes en general.

        Pero de todos los himnos, hubo uno que no provenía del Himnario Evangélico y que trascendió más allá de su música y letra. Al treball!, el canto traducido al catalán por Érik A. Lund y publicado en el rotativo denominacional, no sólo fue muy apreciado y entonado por los bautistas catalanes sino que fue un resolutivo grito de ánimo en muchas ocasiones. Tanto en un artículo periodístico en El Eco de la Verdad como al concluir un informe eclesial o al acabar un culto, Al treball! se convirtió en una consigna para alentar y animar a los fieles en la obra que tenían por delante. Sirvió de apostilla para concluir una enfervorizada arenga o como saludo de bendición o despedida de un culto. Lo usaron tanto Erik Lund, Gabriel Anglada, Antònia Zapater como Manuel Marín. Al treball!, exclamaban con enfática voz, augurando o anticipando el deseo de esfuerzo y empeño hacia la obra evangelística y de discipulado que tenían por delante.

        2- Antonet el cec

        Además del misionero y pastor Johan E. Uhr Kos (1858-1922), de Ambròs (Ambrosio) Celma Chertó (1882-1944) y de otros hermanos y hermanas que mantuvieron la llama de la fe en los difíciles años de principios de siglo, un nombre destaca en la Primera Església Baptista de Sabadell, la del conocido como Antonet o Tonet el cec: Antoni Morral Corominas (-1920). Su ministerio de predicación siempre estuvo sustentado por un talento propio: la música. Ciego de nacimiento, Antonet era conocido por todos por ir siempre acompañado de una guitarra que tocaba con destreza. Los reportajes de la época dejan constancia de su ministerio entre las iglesias y, especialmente, en Sabadell, su ciudad natal.

        El 3 de febrero de 1895 se celebró en la capital vallesana la fiesta anual de la Escuela Dominical, asistiendo unos 40 niños y niñas. Las crónicas informan que estuvo muy animada por los pequeños, pronunciando diversos discursitos y porciones de la Biblia, cantándose diferentes «himnos de alabanza al Señor, acompañados con el harmonium, una guitarra y dos violines, novedad imprevista que sorprendió y agradó en extremo». Por otras fuentes sabemos que el guitarrista aludido era Antonet el Cec, que en 1899 vuelve a aparecer en Barcelona en la Sala evangélica de la Plaza de Marquillas, donde se celebraba «una reunión, primera en su clase en ese local», especificando que «era una especie de culto-alabanza al Señor, en que tomaron parte personas que tenían don musical». Las crónicas indican que «tocáronse varios instrumentos, armonium, violoncelo, violín y guitarra; cantáronse hermosos solos, músicas superiores de compositores extranjeros». Entre los que tomaron parte, se detalla que «sólo mencionaremos al hermano Antonet el Cec, de Sabadell y un niño de la Escuela Dominical, que tocó el violín». La noticia concluye afirmando que «si quieren repetir la fiesta, no cabrá la gente en el local. Y Dios bendiga estos cánticos que conmovieron hasta lágrimas a los oyentes». Muy probablemente, este acto de 1899 en Barcelona fue el primer culto musical de la historia bautista en España o, expresado en otros términos, la primera velada de alabanza, en la que Antonet el Cec tuvo una participación destacada.

        En 1889, la congregación de Barcelona fue a Santa Perpetua de la Moguda «a acompañar y dar sepultura a los restos mortales de un niño de 25 meses de edad, hijo de nuestro querido hermano en la fe, Jaime Miquel. El acto ha sido en extremo conmovedor e interesante. Después de la reunión en la casa mortuoria, y caminando hacia el cementerio, nos hemos parado varias veces, y cantando himnos adecuados al efecto, llamando así la atención de una muchedumbre que nos ha acompañado hasta el cementerio civil, donde se les ha predicado con toda satisfacción la palabra de Dios, por espacio de hora y media. Los himnos, tanto en la casa como por las calles y en el cementerio, han sido acompañados por los acordes melodiosos que nuestro querido hermano en la fe, Antonet el ciego, sabe sacar de su apreciada guitarra».


        El cambio de siglo afectó a las iglesias bautistas del Principado, especialmente por la guerra española con Estados Unidos, la emigración de nativos hacia países de Centroamérica y Sudamérica, y los procesos políticos internos. En estas circunstancias, Antonet el cec vivió y desarrolló su ministerio de «testimonio eficaz como cristiano fiel y celoso de dar a conocer a otros la salvación», con prácticamente 30 años de servicio a su Señor. Antoni Morral Corominas nació en Sabadell y, como ciego de nacimiento, muy pronto ingresó en la casa de Caridad de Barcelona, aprendiendo a leer y recibiendo asimismo algunas nociones de música, que debían servirle más tarde para ganarse la vida cantando, acompañándose de la guitarra, su instrumento favorito. En su juventud volvió a Sabadell, su ciudad natal, al lado de su madre viuda, empezando su vida de músico ambulante que debía hacerle tan popular y conocido en toda la ciudad.

        Según explica Ambròs Celma Chertó, el superintendente de la obra bautista desde 1911 en un obituario escrito en el Evangelista en 1920, «esta popularidad –la música– fue un medio del cual se valió más adelante para evangelizar millares de personas, muchas de las cuales conocieron a Cristo por medio de este sencillo y fiel ministerio». Y añade que «por aquel entonces don Juan Uhr estableció una misión evangélica en Sabadell, y el joven Antoni comenzó a asistir a las reuniones, invitado por sus tíos, los sres. Vallés, quienes procuraban atraerle a Cristo». Al parecer, al principio se mostraba indiferente, pero al final la gracia del Señor tocó su corazón, siendo convertido y bautizado en noviembre de 1890.

         A partir de su conversión, la vida de Antonet fue transformada por completo, y aún su misma guitarra sufrió los efectos de este cambio, «pues a las canciones más o menos ‘alegres’ que formaban su repertorio sucedieron los himnos evangélicos que Antoni cantó durante unos treinta años, exceptuando los domingos», que consagraba enteramente al Señor, a pesar de ser los días más proclives para ganar dinero. Expresado en otros términos, por las calles cantaba himnos, al tiempo que recibía donativos para su sustento. Su formación bíblica provino de la mano de un hermano que le puso en relación Raquel Payne de Barcelona, quien había transcrito los Evangelios al braille. Al disponer de los cuatro documentos de las Buenas Nuevas, Tonet iba de casa en casa con un libro debajo del brazo, buscando a quien quisiera oír la Palabra de Dios, con la expectación que provocaba que un invidente pudiera leer y por sus interesantes enseñanzas espirituales. Su ministerio musical con la guitarra y los himnos le llevó a ser conocido en toda la ciudad de Sabadell y en otras congregaciones de Barcelona. Pero su pasión por predicar el Evangelio fue consustancial con su vida, hasta el punto que Ambròs Celma en el amplio obituario que redactó en 1920 en la primera página de El Evangelista, hizo constar que Antonet sirvió «durante veinte años predicando el Evangelio en la Església Evangèlica Baptista de Sabadell, y que a su fidelidad y buen testimonio es debida en gran parte la prosperidad actual de la iglesia». Antoni Morral Corominas durmió en el Señor el 31 de enero de 1920.

       3- Ven a Cristo, ven ahora

        Los hermanos Zapater Celma, Manuel (1867-1947) y Antònia (1859-1950), fueron clave en la obra bautista en Catalunya en el cambio de siglo y el primer cuarto del XX. Ambos asumieron importantes responsabilidades que fueron muy apreciadas por sus contemporáneos y por las generaciones posteriores. Pero la conversión de Manuel a la fe cristiana quedó registrada en los anales de la historia, con algunas referencias musicales que desvelan las interioridades de la congregación bautista barcelonesa. Escribe Manuel Zapater, rememorando el día de su encuentro con su Salvador:

      «Recuerdo una noche que al volver a casa después de haber hecho una   visita con mi esposa, pasando por la calle de les Basses de Sant Pere, de Barcelona, oímos cantar un himno, nos acercamos a la puerta y oímos las palabras del himno que cantaban: ‘Ven a Cristo, ven ahora’.  Entramos en la sala y nos sentamos en uno de los bancos.

      Habiendo acabado el canto del himno, el pastor Marín hizo una oración al Señor y, abriendo la Biblia, leyó en Lucas 15 y dio un bonito sermón sobre El hijo pródigo.

     El pastor se puso en la puerta para despedir a la congregación dando la mano a cada uno. A nosotros nos dijo: ‘Espero verlos en otra ocasión’. Nosotros le contestamos: ‘Sí señor. Hemos entrado al oír el canto del himno ‘Ven a Cristo’ y, ahora, salimos cantando ‘Regresa, regresa tranquilo al hogar’ –que era el último himno que se había cantado–. Al volver a casa muy contentos y con el deseo de volver el próximo    jueves’.

       Con mi esposa y mi hermana, continuamos yendo a todas las reuniones. Una noche, la sala estaba llena esperando escuchar a un predicador que había venido de lejanas tierras. Era don Erik A. Lund. El Sr. Lund, lleno de poder, leyó 2ª de Samuel 12:7. ¡Aquella sí que fue una noche memorable! La sencillez y energía del mensaje nos mantenía a todos admirados. La potente voz del predicador clamaba: ‘Tú eres aquel hombre que trata de esconder sus pecados’. Un hombre de levantó y dijo: ‘Amigos, yo soy el hombre’. Seguidamente ocho personas, con lágrimas en los ojos, confesamos igualmente, dándonos al Salvador. La reunión acabó con alabanza al Señor. Tal como el Señor había dicho a Nicodemo, habíamos nacido de nuevo por la fe en Cristo. Unas pocas semanas después dimos testimonio de fe mediante el bautismo».

        En las siguientes grabaciones retrospectivas de época incluyo los dos himnos que se entonaron. El primero, Ven a Cristo, ven ahora, de Pedro Castro Iriarte (1840-1887), con el número 131 del Himnario Evangélico. Y, el segundo, Regresa, regresa, tranquilo al hogar, con texto de Juan Bautista Cabrera Ibars (1837-1916) bajo melodía W. H. Doane (1832-1915), con el número 115 del mismo himnario de Alberto Feen y Carlos Faithfull.




© 2022 Josep Marc Laporta

No hay comentarios:

Publicar un comentario