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· Los bautistas y su música (5)

 © 2021 Josep Marc Laporta

 

1. La Biblia y el himnario

2. La guerra de los himnarios

3. Identidad himnológica bautista 


 1- LA BIBLIA Y EL HIMNARIO

Cuando hacia el final de la Guerra Civil americana los publicadores bautistas vieron que era urgente atender las necesidades musicales de las congregaciones respecto al culto, cuatro editoriales compitieron entre sí para suplir el vacío existente. En 1871 se publicaron cuatro himnarios. En primer lugar, la Bible and Publication Society sacó a la luz The Baptist Hymn Book, con la participación de Henry G. Weston (1820-1909), primer presidente del Seminario Teológico Crozer que contaba con una amplia experiencia en varias congregaciones, conociendo bien los variados usos de los himnos. El trabajo de preparación de este volumen había comenzado ya en 1867, con unas preguntas tipo encuesta entre pastores para tener una idea más clara de las necesidades hímnicas:

   1- ¿Qué es lo más importante y deseable para la publicación de un nuevo himnario para uso de nuestras iglesias?

   2- ¿Consideran que la American Baptist Publication Society es el vehículo adecuado para ofrecer a la denominación su libro de cánticos sagrados?

Y en una carta abierta al público en general, la American Baptist Publication Society invitó a participar en otra encuesta en los siguientes términos:

   1- En cuanto al número requerido de himnos, The Salmist contiene mil doscientos ochenta y seis himnos; y algunas colecciones pueden contener más. Hay quienes sugieren que mil himnos proporcionarían una amplia variedad para todas las ocasiones y servicios posibles, siempre que no se incluyan himnos que no puedan cantarse. ¿Qué piensa?

   2- ¿Cuál debería ser, a su juicio, la característica principal del libro?

   3- Cuando la edición esté preparada, ¿sería necesaria una edición con música? El precio sería mucho más alto de lo que sería sin música.

   Tome The Salmist o cualquier otro himnario que disponga, e indíquenos sus himnos favoritos. Al realizar esta solicitud, somos conscientes de que requerirá algo de tiempo y dedicación; pero creemos que nuestros hermanos lo harán con alegría a pesar de algún pequeño problema, para que el éxito final acompañe a este esfuerzo. Deseamos que el himnario sea elaborado por la denominación y para la misma.

Aunque desconocemos las respuestas, implícitamente la naturaleza de las preguntas y la misma recopilación presenta las resoluciones. Evidentemente, contiene exactamente mil himnos, más veintiuna doxologías. Y en el prefacio se afirma que «se han buscado especialmente los himnos que expresan esas emociones que son frutos del Espíritu; y los que expresan sentimientos meramente naturales o sentimentalismos humanos han sido, en la medida de lo posible, rechazados».

Este intento de discernimiento músico-adoracional presidiría muchas de las ediciones hímnicas. Tal vez por la larga influencia de los cantos cortos e improvisados de los Camp Meetings o, a juicio de los editores, por el mal uso de ciertos himnos en las campañas de avivamiento, es que un tipo de puritanismo himnológico se consolidaría y tendría una buena acogida entre pastores y fieles. Los compiladores confesaron que eran ambiciosos en su empeño. «La himnología es un arpa de muchas cuerdas, y hemos intentado tocarlas todas», rezaba el prefacio de otro himnario de los cuatro que aparecieron con fines de acaparamiento denominacional. Era el The Service of Song for Baptist Churches, que también recopiló unos mil himnos, concretamente 1.069, señalando que «un himnario no sólo se usa para el culto público sino también para el estudio privado».

Poco a poco el himnario se había ido vinculando tanto a la espiritualidad y al uso cúltico y particular, que es entonces cuando empieza a consolidarse definitivamente una asociación histórica, un binomio que traspasaría los años y que, en el futuro, con la aparición de las nuevas e informáticas tecnologías, no llegaría a sobrevivir ni un siglo. Como ya apunté en su momento, los cancioneros de finales del siglo XVIII y gran parte del XIX eran de formato oblongo; es decir, verticalmente mucho más largos que anchos. Esta forma era muy adecuada para sostenerlos en una sola mano mientras los fieles estaban de pie para cantar. The Service of Song for Baptist Churches mantuvo este formato, mientras que The Baptist Hymn Book ya tendría unas medidas más estándar y similares a las actuales. Este pequeño cambio lo ajustaba un poco a la forma de las Biblias, por lo que juntas eran más fácilmente transportables. No obstante, las siguientes ediciones adaptaron aún más las medidas entre ambos libros, permitiendo una mejor portabilidad.

La Biblia y el himnario: dos libros que irían en la mano de los fieles a los servicios religiosos norteamericanos y que por sí mismos constituirían una manera de entender la adoración congregacional y personal. No obstante, en el transcurso de la primera mitad del siglo XX muchas iglesias abastecerían sus bancadas con himnarios suficientes para el canto. La gran mayoría contendrían la partitura, por lo que, de manera desigual y según la congregación, aquel himnario de letra fue quedándose en casa para usos más privados.

Este fenómeno asociativo entre Biblia e himnario se trasladaría a las misiones. Tanto en Hispanoamérica como en África, Asia, Europa, y más concretamente España, el himnario de letra sería considerado una segunda Biblia, una explicación práctica, sonora e inteligible de la teología bíblica. El esfuerzo de los editores en ser minuciosos y escrupulosos con las temáticas, los contenidos, los textos o las santas o impuras emociones que pudieran desatar, condujo a la percepción general de que cantar era un devocional bíblico, un aprendizaje de la fe y una actividad en que la Biblia también hablaba. En realidad fue así: los himnos expusieron las directrices teológicas más esenciales, de manera que sus estrofas eran narraciones parafraseadas de conceptos bíblicos hasta el punto que algunos contenían como último verso aspectos del paso a la vida eterna o de la segunda venida de Cristo. Cerraban el círculo de la vida. Esta estructura completa y compendiadora de la fe y la vida cristiana, que ya se había iniciado con los reformadores y los autores metodistas y puritanos, adquirió consistencia himnológica con la asociación entre Biblia e himnario.

2- LA GUERRA DE LOS HIMNARIOS

Otro de los competidores en la himnología bautista estadounidense fue The Baptist Praise Book, también de 1871, reuniendo en un panel editorial distinguidos bautistas del Norte y del Sur quienes sintetizaron lo mejor de distintos cancioneros. De medida menos oblonga, con la incorporación de la partitura y, justamente debajo de ella, la letra de las estrofas, The Baptist Praise Book dio un gran paso adelante en una completa armonía de los contenidos. Con más de 1.300 cantos, el himnario contenía diversos escritos previos a la sección hímnica, con una extensa introducción, la confesión de fe, un pacto, la ley de Dios, oraciones de apertura, el Padre nuestro y las dos bendiciones bíblicas, la de Números y la de segunda de Corintios. Y al final del himnario, además del índice general, se incluía un índice de melodías, otro métrico y uno de materias. Aparentemente fue el más completo de todos, aunque sus 1.300 cantos y su forma oblonga no sería el más portátil.

El cuarto himnario bautista en competición, también aparecido en 1871, fue Christian Praise: Hymns and Tunes for the Use of the Baptist Churches, recopilado por John Bodine Thompson, un ministro de la Reformed Church in America y por William H. Platt, un sacerdote anglicano. El prefacio expresa tanto los elevados objetivos de la edición como una actitud condescendiente: «Creemos que todos los himnos realmente buenos están aquí». Once bautistas firmaron la recomendación que apareció en sus primeras páginas:

   «Con el deseo de rescatar el servicio del canto del lugar subordinado que generalmente se le asigna en el santuario, los abajo firmantes se unen para elogiar el presente volumen como de singular excelencia, tanto en la selección como en el arreglo general, admirablemente preparado para contribuir a un espíritu de alabanza con expresión adecuada y abundante. Creemos que este himnario es eminentemente digno del lugar para el que ha sido preparado y debemos recomendarlo cordialmente para el uso en las iglesias bautistas».

Con cuatro nuevos himnarios compitiendo por el mercado, sus editores hicieron todo lo posible por defender las virtudes de sus producciones. La rivalidad fue tal, que se publicaban folletos con relaciones comparativas o críticas entre ellos. Cada editorial señalaba las virtudes propias y las deficiencias de los demás, en una clara y directa pugna por convertirse en el más aceptado y ser, a la larga, la editorial de referencia de la denominación bautista. El recuerdo de la competencia entre The Psalmist y The Baptist Psalmody que cubrió gran parte del siglo XVIII, ahora, con la inminente llegada del XX condujo a una carrera sin fin por el monopolio. El duelo entre editores y sus himnarios fue tan intenso, que la prensa denominacional se refirió a la situación como ‘la guerra de los himnarios’. El Religious Herald resumía la situación en un artículo del corresponsal WTB Baltimore, publicado el 23 de noviembre de 1871:

   «Supongo que habrán notado la guerra del himnario, que ahora es flagrante entre los competidores por el patrocinio bautista. Es un hecho notable que tres grandes casas editoras se hayan trasladado, casi simultáneamente, con el deseo de proporcionar un nuevo himnario para las devociones del santuario. The Publication Society  fue, creo, la primera en su empeño; pero su agitación por el tema casi inmediatamente ‘provocó’ a otros a una empresa similar. Durante muchos años The Psalmist ha sido el mejor himnario de los Estados Unidos, liderando, no sólo en su propia denominación, sino en todas las denominaciones. [….] La rivalidad actual probablemente nos permitirá mantener nuestra avanzada posición [denominacional] en materia de himnarios, ya que estimulará a cada competidor a hacer lo mejor que pueda».

Muchos artículos emplearon la expresión The Hymn-Book War para referirse a la carrera por convertirse en el himnario de los bautistas e influyente en otras denominaciones. Según un articulista, la cuestión de quien ganaba la batalla se resolvió por las cifras de ventas. The Baptist Hymn Book tuvo una demanda de 50.000 copias, mientras Hymn and Tune Book tuvo 15.000.

Pero aparte de estas cuatro referencias hímnicas de corte bautista, otros himnarios no denominacionales también intentaron penetrar en el mercado bautista. En realidad fue la primera pugna comercial por la música cristiana en Norteamérica, antesala de lo que años más tarde sería el competitivo mercado cristiano de canciones, cantantes, industrias discográficas, álbumes y músicos. Tres breves ejemplos de otros himnarios no denominacionales fueron Songs for the Sanctuary, The Calvary Selection of Spiritual Songs y Songs for the Loord’s House. La ‘guerra de los himnarios’ también tuvo en estas ediciones su campo de batalla. Un artículo de 1879 publicado en Alabama Baptist refiriéndose al himnario no denominacional The Calvary Selection, aunque sin citarlo, aseguraba respecto a las ediciones paidobautistas que defendían el bautismo de infantes:

   «Reconocemos con alegría la excelencia de algunos de los himnarios paidobautistas. Son libros excelentes para los paidobautistas. Pero cuando se hace un esfuerzo por adaptar estos libros para su uso en las iglesias bautistas, el respeto propio nos obliga a protestar contra ellos. No necesitamos ediciones bautistas de himnarios paidobautistas, y no los queremos, como lo demostró recientemente una protesta casi universal de parte de los principales ministros e iglesias contra cierta producción presbiteriana-bautista. Tenemos himnarios bautistas, preparados por eruditos e himnólogos bautistas, que no están ni un ápice detrás de los levantados por los paidobautistas. Usémoslos para la adoración en nuestras iglesias».

Con todo, los himnarios de la época recogían, sobretodo, la gran herencia de Isaac Watts y Charles Wesley –congregacionalista y metodista–, junto a autores con algunos pocos himnos, la mayoría con solamente uno o dos en su haber. Indudablemente, Watts y Wesley seguían manteniendo una gran influencia himnológica en las sucesivas generaciones de compositores. Muchos de ellos bebieron de la poesía, métrica y narrativa teológica wattsiana y wesleyana, creando sus propias formas musicales y poéticas algo más ligeras y populares que las de aquéllos, aunque sin la calidad objetiva de los ingleses. Es por ello que los cuatro himnarios denominacionales bautistas que competían por el mercado eclesial y, también, todos los no denominacionales, se enfrentaron a un nuevo competidor.

Aparentemente, la guerra de los himnarios empezaría a resolverse cuando pocos años después apareció The Baptist Hymnal: for Use in the Church and Home. Como su nombre indica, el himnario era, implícita y nominalmente, bautista y estaba destinado a los servicios eclesiales y al hogar, reforzando aún más la idea de que era parte de la vida integral del creyente como un apéndice explicativo de las Escrituras. The Baptist Hymnal (1883) tuvo en el compositor William Howard Doane (1832-1915) su editor jefe musical. Con una antología de 704 himnos, veinticuatro canciones y ocho índices, se presentó como el sumun de la himnología. Pese a contar con un gran equipo de compiladores encabezado por Doane, el himnario cumplió sus objetivos también gracias a una gran estrategia publicista. Su editora, la American Baptist Publication Society, apostó por una fuerte promoción, colocando anuncios en muchas publicaciones denominacionales y con un folleto de treinta y dos páginas que se envió por correo a todas las congregaciones de Estados Unidos y Canadá con fotografías de pastores de referencia que recomendaban el himnario. J. J. Taylor, pastor de la Iglesia Bautista St. Francis Street en Mobile, Alabama, aseguraba que «entre los cancioneros para uso en las iglesias bautistas, The Baptist Hymnal se encuentra en la cima de la excelencia». Lo cierto es que el himnario bautista de 1883 fue el más duradero jamás producido, con una aceptación que daría nombre a otras ediciones de carácter más institucional y denominacional, con un identitario nombre de pila: The Baptist Hymnal o con distintas variables, como The Hymnal.

Pero como anteriormente apunté, no hubo final definitivo a la guerra de los himnarios. La realidad fue que la misma editora del The Baptist Hymnal publicó quince años después –ya en el siglo XX– otro himnario denominado Sursum Corda. Parece extraño que, a pesar del éxito de The Baptist Hymnal, otro gran himnario se publicara en tan poco tiempo. La respuesta se encuentra en una nota del editor en la que asegura que aquél sigue teniendo una amplia circulación y sigue siendo un libro muy valioso, sin embargo, «durante mucho tiempo hemos tenido en nuestra denominación la urgente necesidad de un nuevo himnario que debería contener la música y los himnos más excelentes de los últimos años». Pero además de esta perspectiva de renovación, el prefacio daba fe de otro de los objetivos de la colección:

   «Los himnos de Sursum Corda son la voz del sentimiento cristiano más que la doctrina; del sentimiento que generalmente ha buscado expresión en otros días, ciertamente lo busca en nuestros días. Algunos de estos himnos en forma didáctica son realmente expresivos y provocadores de sentimientos y, por lo tanto, se ajustan a la interpretación musical.

   Las melodías son tales que satisfacen la demanda del gusto avanzado por una melodía más significativa y una armonía más rica. Constantemente se ofrece la mayor elección posible entre melodías de forma estrictamente coral y aquellas que muestran un ritmo más libre y una melodía más ordenada. Las melodías de himnos son tan familiares que casi todos pueden cantarlas de memoria».

Sursum Corda

Curiosamente, uno de los propósitos de Sursum Corda era volver al sentimiento del canto, rememorando los de los Camp Meeting y, muy probablemente, las expresiones más espontáneas y expresivas de las campañas de evangelización o avivamientos masivos que volvían a resurgir; aunque también pretendía elevarlos a la categoría de himno al rearmonizarlos y metrificarlos. No obstante, la edición de Sursum Corda fue un contrapeso socio-musical editor en la misma denominación, más que una determinación hacia una música liberada de antiguos formalismos. Evidentemente, la guerra de los himnarios también se volvió a manifestar en cuanto a lo antiguo o lo nuevo. Es decir, la lucha del himnario se trasladó a la del himno. En el prefacio de The Chotee, otro de los muchos himnarios aparecidos en la época, su editor Basil Manly Jr. lamentaba que se estaba perdiendo la herencia cantada, escribiendo:

   «Desde hace algunos años ha sido evidente que la inclinación por las novedades en el canto, especialmente en nuestras escuelas dominicales, ha estado haciendo que los viejos, preciosos y habituales himnos estén fuera de uso. No se memorizan a partir de la antigüedad. Apenas se cantan. Ni siquiera están en los himnarios no nacionales que en muchas iglesias han usurpado los lugares de nuestros antiguos cancioneros.

   No podemos permitirnos perder estos viejos himnos. Están llenos de Evangelio; respiran las emociones más profundas de corazones piadosos en las venas más nobles de la poesía; han sido probados y aprobados por sucesivas generaciones que amaban al Señor; son los mejores supervivientes de miles de producciones inferiores; son santificados por la abundante utilidad y los más tiernos recuerdos».

Como se observa, la batalla entre los himnos antiguos y los nuevos ha existido siempre. Dejando por un momento a un lado una detenida consideración sobre la calidad teológica de los cantos actuales, que desde nuestra perspectiva del siglo XXI ya podemos objetivar con bastante acierto, la realidad es que, en cuanto a los himnos, las luchas generacionales han existido siempre. La música, los estilos y las formas de canto y expresión de cada momento histórico se han impuesto por la vitalidad de los jóvenes, quienes acostumbran a marcar los impulsos himnológicos como un manifiesto imaginario del tiempo en que viven. No obstante, en cuanto a la doctrina de los himnos se advierten grandes vaivenes en el último cuarto del pasado siglo y en el presente. La alabanza musicada se ha visto muy influenciada por oleadas teológicas de otras denominaciones que han absorbido y trastocado los fundamentos confesionales bautistas.

 Volviendo a The Chotee, en la misma introducción del himnario el editor Basil Manly Jr. (1825-1892) anunciaba:

   «Dos grandes fines se han mantenido constantemente a la vista. Uno es promover el canto congregacional universal: "Alabe todo el pueblo a Dios". La otra es hacer algo por la elevación y cultura general del gusto musical y poético del pueblo bautista, al que amo y al que he dado lo mejor de mi vida. Que Dios bendiga este esfuerzo y edifique nuestras iglesias en pura doctrina y ferviente piedad, por amor a Jesús, Amén».

Al igual que en aquel tiempo, a lo largo de la historia la guerra del himnario y la del himno se reproducirá en muchos lugares fuera de los Estados Unidos. Concretamente, cabe destacar que a finales del siglo XIX, con la llamada Segunda Reforma en España, también hubo una soterrada guerra de los himnarios, aunque en este caso carente de toda pugna comercial sino impulsada por la urgente necesidad misionera. Y no fue entre bautistas sino entre las distintas denominaciones cristianas que en su labor misionera se iban implantando en el país. Aunque con otros matices y características, existió un desafío editorial eclesial donde cada denominación luchaba por su propio himnario que asimismo le hubiese agradado que fuera mayoritario en las iglesias evangélicas del país. Esta tendencia de finales del siglo XIX y principios del XX se reprodujo después de la Guerra Civil española al intentar que hubiera un himnario generalista que pudiera ser aceptado por todas las denominaciones o, en su lugar, considerarse el más preparado y útil. La propuesta que hizo en 1967 la Junta Bautista de Publicaciones con la edición de música y letra del Himnario de las Iglesias Evangélicas de España, lo dice todo en cuanto al anhelo de convertirse en la referencia himnológica de los evangélicos españoles. No obstante, de todo ello trataré más profusamente en los capítulos correspondientes a España.

 3- IDENTIDAD HIMNOLÓGICA BAUTISTA

Con que en las postrimerías del siglo XIX un número significativo de bautistas se había acostumbrado a usar himnarios de la American Baptist Publication Society, no resultó nada extraño que en los inicios del siglo XX nuevas colecciones aparecieran con el mismo estilo. Pero en algunos casos ciertas congregaciones recurrieron a los gospel songs para la mayor parte del repertorio congregacional, a veces con colecciones bastante deplorables. En muchos lugares la popularidad de este género y su eficacia en el evangelismo, las cruzadas y el trabajo juvenil llevó a dominar la música cúltica y a abandonar la himnodia histórica; un hecho que muchos de los creadores del género no pretendían.

En la primera mitad del siglo XX, muchas congregaciones se catalogaban a sí mismas por aceptar o rechazar los gospel songs como apropiados para la adoración. Para satisfacer los diversos puntos de vista hubo himnarios que se resistieron determinantemente a incluirlos, otros los abrazaron sin dudar, algunos los incluyeron aunque implícitamente los segregaron, y hubo también quienes los incorporaron junto a otros tipos de himnos.

Al mismo tiempo que sucedía esta segmentación de la práctica de la adoración y, consecuentemente, del mercado de himnarios, los cuerpos denominacionales se estaban volviendo más significativos en la vida de las iglesias. A excepción de los bautistas primitivos y los bautistas adventistas, las asociaciones del Norte y del Sur avanzaron hacia una mayor centralización de su estructura o política de funcionamiento, aunque donde habría una mayor progresión fue en las publicaciones. La búsqueda del equilibrio entre la autonomía congregacional y la cooperación denominacional se estaba desplazando hacia los grupos más grandes. Los líderes denominacionales entendieron que una de las formas en que se podía generar un mayor apoyo común y mutuo era a través de una mayor unidad en las prácticas de alabanza musicada. Lógicamente, los himnarios elegidos y los himnos que los integraban eran parte de esa pretensión de unidad.

Este deseo de una mayor coherencia denominacional y la resolución de puntos de vista diferentes y conflictivos respecto a los cantos en la adoración, influyeron en la compilación de himnarios. Las editoras, especialmente aquellas que estaban afiliadas a alguna familia bautista o las que buscaban servir a los grupos denominacionales, intentaron encontrar un equilibrio satisfactorio entre textos y método para que sirviera a un mayor número de congregaciones.

Desde el final de la Guerra Civil hasta principios del siglo XX, la provisión de himnos para las iglesias bautistas había sido, básicamente, una empresa del Norte. Sin embargo, este impulso cambió en 1904 cuando la Sunday School Board of the Southern Baptist Convention publicó su primer himnario con The Baptist Hymn and Praise Book. Lansing Burrows (1843-1919), pastor de la First Baptist de Nashville, Tennessee, fue muy claro sobre el objetivo de la colección en el prefacio:

   «La idea básica de esta recopilación ha sido la de construir un libro de alabanza al Dios Todopoderoso y no recopilar en forma conveniente una serie de cánticos agradables. El elemento de la alabanza consiste en el lenguaje expresado y no en la melodía que es el vehículo de las palabras. Si las palabras y la música concuerdan en una relación armoniosa, habrá un acercamiento cercano al culto ideal. Cuando en el servicio del canto se le da más consideración a la música, estamos ante un enfoque peligroso y en un servicio de boquilla».

La perspectiva de Burrows escenificaría la tendencia del Sur a un minucioso cuidado de los cantos, de su teología y, sobre todo, de la influencia emocional de la música. No es sorprendente que la primera incursión en la publicación de himnos de la Sunday School Board fuera un libro de este tipo, que se parecía mucho más al The Baptist Hymnal de 1883 que a los antiguos gospel songs. En la reunión anual de la Convención Bautista del Sur de 1905, la junta convencional dedicó algunos párrafos de su informe a la aprobación y logros del recopilatorio:

   «El himnario ha recibido los mayores elogios y la segunda edición se está vendiendo bien. En primer lugar, es un libro de iglesia de alta calidad, pero adecuado para todos los servicios, ya sean del domingo,  en la reunión de oración, en la escuela dominical o en las reuniones especiales de avivamiento.

   Por el testimonio de un gran número de nuestros mejores pastores, se puede decir que está cumpliendo este alto propósito de manera muy noble. Con este himnario las iglesias tienen abastecido todo el domingo, y cuando haya un servicio especial no necesitarán retirar el libro regular y comprar un libro especial para ese servicio. Esta es una prueba máxima que The Baptist Hymn and Praise Book responde a las necesidades con satisfacción y alegría. La Junta considera la publicación del himnario como la corona misma y el más alto servicio a la denominación».

The Baptist Hymn and Praise Book era más reducido que los anteriores. Contenía 577 himnos, más un grupo de once titulados ‘glorias, cantos o responsorios’. Isaac Watts era el autor dominante con sesenta y nueve textos, seguido de Charles Wesley con veintinueve. Y entre los autores bautistas, Fanny Crosby ocupaba el tercer lugar con veinticinco cantos, Anne Steele con diecinueve y Benjamín Beddome con nueve. No obstante, a pesar de la reciente fuerza de The Baptist Hymn and Praise Book, el The Baptist Hymnal de 1883 seguía teniendo mucha aceptación, por lo que sus editores buscaron nuevas formas de promover su uso, aunque otras casas publicadoras compitieron con sus colecciones de gospel songs.

En 1901 apareció Endeavour Hymnal, compilado por Howard Benjamin Grose (1851-1939), que fue pastor de diversas congregaciones bautistas y también editor de la revista Baptist Missions. Endeavour Hymnal fue donde por primera vez vio la luz el himno Give of your best to the Master (Da lo mejor al Maestro). La aparición de este canto muestra un distintivo tipo de composición. Por un lado refleja una cierta herencia de la espontánea vivacidad de los gospel songs y, por otro, la formalidad teológica de los clásicos de Wesley y Watts. Tanto por el compositor —el pastor bautista Howard B. Grose (1851-1939)—, como por el estilo hímnico, este canto puede ser considerado como un prototipo de la himnología bautista. A diferencia de los gospel songs, tiene una métrica bien definida, con una estructura melódica y armónica más avanzada; y en contraste con los himnos wesleyanos y wattsianos incorpora el uso de la segunda persona en lugar de la primera, y un discurso más reflexivo y amplio de la vida cristiana en lugar de la narración de la experiencia personal de fe.

Un paso más allá en la himnología bautista fue la aparición en 1918 de The Popular Hymnal, agregando una serie de himnos estándar a un gran corpus de gospel songs y nuevas tonadas. Y aunque en aquel momento esta modalidad híbrida entre himnos y reminiscencias de canciones del evangelio no tuvo gran aceptación, sí que fue un paso adelante en la construcción de una himnología propia, con nuevas melodías junto a las antiguas y con nuevos textos entremezclados con los más clásicos. Tanto la estructura como el título del himnario tendrían su réplica en el futuro. Casi cuarenta años más tarde, la Casa Bautista de Publicaciones editaría en 1955 y en castellano el Nuevo Himnario Popular, ofreciendo por primera vez al público hispano un himnario de marca bautista, con una serie de cantos nuevos que en las últimas décadas habían aparecido junto a algunos clásicos.

El siguiente paso en el crecimiento y consolidación de la identidad musical bautista fue la aparición en 1926 del New Baptist Hymnal, con 407 himnos. Si el Baptist Hymnal de 1883 fue la referencia y el libro de cantos por un espacio de tiempo de cuarenta años, el New Baptist Hymnal se convertiría en el nuevo himnario estándar de las convenciones del Norte y del Sur, ya que fue compilado conjuntamente por The American Baptist Publication Society del Norte y por la Sunday School Board of the Southern Baptist Convention. El New Baptist Hymnal que se presentaba con sólo 407 himnos –más 23 ítems con doxologías, responsorios, glorias y amenes–, era más pequeño que su predecesor de 1883 que contenía 704. Este descenso denota una nueva línea editorial de contención hímnica, ya que la experiencia indicaba que muchos de los himnos de las antiguas compilaciones en realidad pasaban desapercibidos y no se cantaban. Recordemos la cifra de 1.000 o incluso 1.300 cantos del The Baptist Praise Book, o los 704 del Baptist Hymnal de 1883. Desde entonces es cuando los himnarios empiezan a tener un número que habitualmente no sobrepasaría los 500 himnos, lo que asimismo los haría mucho más transportables.

Con el New Baptist Hymnal de 1926 se inaugura una de las formas de participación pública más novedosa: las lecturas antifonales. Con noventa y seis textos de la Escritura, el New Baptist Hymnal incorpora esta peculiar fórmula de lectura pública que se convertiría en una importante marca bautista. El Antiguo Testamento ya narra un tipo de canto antifonal en el que los cantores y el pueblo alternan sus voces e interpretaciones. El salmo 136 es uno de los prototipos. Los cantores cantaban una primera frase, mientras que el pueblo respondía entonando ‘Para siempre es su misericordia’. La variable bautista consiste en que no hay melodía ni canto sino que sólo es lectura bíblica coreada, con un orador leyendo un versículo y los fieles contestando el siguiente. Y así sucesivamente. Esta peculiaridad será una de las aportaciones más importantes de los himnarios bautistas que no sería copiada masivamente por otras denominaciones, exceptuando las iglesias de la primera reforma protestante: luteranas, reformadas y anglicanas, que ya tenían integrada en su liturgia similares o disímiles formas. Sin embargo, la meticulosidad en los himnarios bautistas manifiesta el alto interés de éstos en armonizar conocimiento bíblico y adoración, de manera que la asociación entre Biblia e himnario tuvo otro aliado litúrgico. No obstante, la historia futura y los nuevos modos cúlticos poco a poco dejarían de lado esta práctica común de lectura pública de textos bíblicos, ya estuvieran incluidos en el himnario o de las mismas Escrituras.

Aparte de las antífonas, otra de las singularidades del New Baptist Hymnal, que anteriormente ya había sido utilizado por Endeavour Hymnal, fueron las inclusiones de amenes finales en cada uno de los cantos. Esta adición tenía como objetivo la participación de los coros de las iglesias, que, desde principio del siglo XX, desde sus estrados delanteros empezaban a participar en la dirección congregacional y con números especiales. Uno o dos compases del amén final fue la aportación polifónica conclusiva que empezó a generalizarse en algunas iglesias bautistas, mientras que la congregación solo cantaba la melodía.

El New Baptist Hymnal fue muy bien recibido entre las iglesias del Norte. Tuvo ocho reediciones en 1934, continuando hasta la vigésimo primera en 1968. Sin embargo, no reemplazó totalmente a su predecesora de 1883, de la cual se siguieron haciendo copias. Las congregaciones más pequeñas continuaron seleccionando sus propios recursos y algunas siguieron usando varias colecciones de los gospel songs, mientras las grandes perseveraron en las pautas denominacionales con los grandes himnarios. Al final, las ventas del New Baptist Hymnal fueron más flojas en el Sur, donde no existía tanta tradición de un himnario común. Según informó la Sunday School Board of the Southern Baptist Convention, en los primeros tres años de la edición sólo se vendieron 25.000 copias.

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Bibliografía:

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* Los Bautistas: Historia, Distintivos, Relaciones; E. Eugene Greer; 2007-Baptist General Convention of Texas.

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* Crusader Hymns and Hymn Stories; Cliff Barrows & Donald Hustad; 1967-Billy Graham Evangelistic Association; Minneapolis.

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* I Will Sing the Wondrous Story: A History of Baptist Hymnody in North America; David W. Music & Paul A. Richardson; 2008-Mercer University Press.

* The Music Architect: Blueprints for Engaging Worshipers in Song; Constance M. Cherry; 2016-Grand Rapids: Baker Academic.

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