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· El arte de la traducción (I)


© 2001 Josep Marc Laporta


CONTENIDO:
1- Introducción
2- Entender el sentido del texto
3- Entender el espíritu del autor
4- Entender la atmósfera en la que se desenvolvió
5- El arte de acentuar las palabras
6- La finalidad más noble: la narración de una historia

Introducción:

Compleja es la tarea de realizar una buena traducción o adaptación musical desde un original de un idioma a otro, máxime cuando entre nuestros libros de partituras y cancioneros circulan algunas traducciones no muy acertadas, sin mucho sentido literario. Aún más deplorable es si nos encontramos con obras clásicas de gran valor musical y poético adaptadas y resueltas con una simple traducción de palabras, empujadas y encorsetadas entre las notas. El arte de la traducción va más allá de las palabras. Va más allá del diccionario traductor: tiene alma y sentido.

La traducción es el arte de la síntesis explicativa; esto es, saber sintetizar la versión original y volverla a desplegar en otro idioma. Es el arte de la comprensión y la transmisión. Requiere adecuados conocimientos musicales, mas la buena traslación se gestiona, esencialmente, en una buena preparación cultural y literaria. Calificamos la música como más adyacente en un correcto trabajo. Su intervención es un bagaje cultural en el que la poesía, en forma de prosa o versificada, adquiere el protagonismo. La traducción de textos musicados conlleva contabilizar no sólo las notas y las vocales, sino entender el sentido del texto, su espíritu y la atmósfera en la cual el compositor se desenvolvió. Estos tres elementos son los que configuran una buena traducción.

Traducir musicando, más que una traición al original, es un servicio de comunicación. Exige del traductor un esfuerzo por conseguir la inteligibilidad sin renunciar a la fidelidad de origen, ni a la música. Es una recreación poética donde el traductor tiene sensibilidades de poeta más que de músico. Posee aquella virtud que precisa entender las palabras por lo que sugieren más que por lo que dicen. Ese es el arte de traductor o adaptador de textos musicados.

Entender el sentido del texto

Una de las primeras tareas del traductor es saber cuál es el sentido del texto original para transferirlo al nuevo idioma. Entender el texto implica, básicamente, una buena comprensión del lenguaje de origen, pero especialmente involucra la comprensión de las variantes o los giros literarios de éste. En una traducción lo más destacable no es la transición de las palabras originales a un nuevo idioma, sino el sentido que ese texto narra.

Hay textos que contienen un alto contenido simbólico, o metafórico, a cuya verdad profunda sólo se puede llegar por aproximación; y textos que son meramente referenciales, que van al grano, los que sólo tienen una interpretación posible en primer plano y rehúyen todo equívoco. Pero hay otros que suscitan ambigüedad y se mueven fluidamente por ello. La polisemia o diversidad de significaciones nos permitirá ajustar los distintos niveles de comprensión.

Tanto en unos como en otros se requiere diligencia y reposo. La traducción precipitada genera una aproximación al original que nada satisface al cantante. Se precisa dejar dormir los textos y valorarlos repetidas veces durante algunas semanas. El descanso hará de reflexión y crítica para afinar una correcta adaptación literaria y musical. Sin duda, una traducción también debe afinar.

Ejercicio útil es traducir, previamente, todo el texto musicado a otro texto no musicado. Es decir, traducirlo como si fuera un poema, fidedigno según la comprensión del sentido original, mas con el cuidado poético del idioma adoptado. Esta tarea comporta obviar la estrecha musicalidad de las notas, los acentos, huyendo de la tensión original, desembocando en poema, con toda la belleza de este arte, cambiando, si es necesario -normalmente es obligatorio- la estructura de las frases. Después, desde esa traducción en prosa versada, se hace más factible encontrar palabras, expresiones y frases adecuadas para engarzar con cada nota, con cada fraseo musical. La finalidad del proceso es liberar la mente de la tensión provocada por la musicalidad del idioma y versión original.

Si el poema resultante es leal con el texto musicado original, el adaptador tiene en sus manos todos los recursos para empezar, con libertad de sumisiones, a desarrollar el siguiente paso: musicar el poema.

Entender el espíritu del autor

Más allá de los giros lingüísticos y las palabras con su literatura, subyace el espíritu del autor. Para que una traducción tenga prestancia, el traductor debe intuir o adivinar cuál era el estado anímico y espiritual del autor al crear la obra. Especialmente, cuando el texto original contiene experiencias humanas trascendentales, como lo es en la religión, el traductor debe reconocer el sentido del espíritu del autor; y es ardua tarea ver más allá de las palabras. No se necesita precisamente sentido común, se precisa sentido espiritual.

Si se quiere conservar su espíritu inicial, nunca una traducción debe depender sólo de la expresión literal, aún conociendo perfectamente los giros lingüísticos. Una traducción literal es como la parte mala de un tapiz: están todos los hilos pero falta el dibujo, escribía K. Subramaniam. El problema de las traducciones que buscan la literalidad radica en la gran diferencia que existe entre distintas culturas en la forma de describir las cosas: el sentido de la belleza de oriente a occidente es abismal, pero también lo es entre un país sajón a uno latino. El sajón telegrafía el texto musical, el latino la comunica por teléfono. El proceso de expresión es distinto. Nada más expresivo para entender este propósito que rememorar aquel texto bíblico: el espíritu vivifica, la letra mata.

La traducción de un texto literario, poético o, aún más, sagrado, es esto: captar la voz interior que nos viene encapsulada en cada una de las palabras. Y más cuando lo importante son, como decía Tagore, "las partes del texto que son no racionales y que parecen sueños". Una traducción no debe ser nunca el simple traslado de una mera cantinela literaria. Es en todo caso lo que hay escrito detrás de las letras sobre la base del pentagrama: entender el espíritu del autor.

Entender la atmósfera en la que se desenvolvió

Una pieza musical crece en una atmósfera concreta. El barómetro del espacio vital donde se recluyó el autor contiene unos datos importantes que el traductor no debiera obviar. En lo religioso, la atmósfera es la época, el lugar, la iglesia, incluso la teología del momento. En lo secular, la región, el tiempo, la cultura, el pensamiento humano. Una fugaz pero atenta mirada a esos aspectos proporcionará recursos valiosísimos que aportarán enriquecimiento a la obra.

Traducir una composición religiosa del siglo XVII parecería más laborioso que traducir otra del siglo pasado. Pero no es del todo cierto; la complejidad es similar. Los microespacios de una iglesia, doctrina y práctica son participantes en la comprensión del texto. Ello habla por si solo y por el contexto.

En una carta a uno de sus traductores, John Wesley, hijo del metodista pastor y músico se expresaba en estos términos: “Os estoy agradecido por vuestra traducción, que por fortuna no es estrictamente literal y por tanto está más próxima a la verdad, y que está hecha con un espíritu justo y con un lenguaje sensible que ha captado de estas sublimes palabras la voz interior del espíritu cristiano, que va más allá de los límites de las palabras". Un gran adaptador, más que traductor, era Juan Bautista Cabrera, reformador español que adaptó muchos cantos originales del inglés.

Entender el espíritu y el ambiente en el cual se desenvolvió una obra confiere a la traducción el mayor de los honores: el parecer que la composición es obra original, no traducida.

El arte de acentuar las palabras

Nunca una traducción merecerá el aprobado mientras los acentos musicales y los acentos literarios no estén en sabia comunión. Con ello apunto a que son dos intereses que deben unir sus fuerzas y habilidades para que la adaptación sea completada. Habitualmente las luchas por acentuar correctamente una composición estriba en decidir a qué se da la preferencia, ¿a los impulsos musicales?, ¿o a los literarios? ¿Es necesario someter el poema al vaivén musical?, ¿o a la inversa?

La experiencia y la práctica indica que la traducción y adaptación conlleva una constante cesión de intereses por ambas partes. No obstante, ante ciertas dificultades de compenetración, siempre es preferible ceder la preferencia a la música que al poema. La notación que realizó el compositor, normalmente, es un discurso cerrado; es decir, no se adapta la música al texto, sino el texto a la música. Es por esta razón que debemos primar la música y vislumbrar las máximas soluciones en lo literario, en el poema.

Es evidente que en muchas traslaciones, la dificultad máxima estriba en el texto, ya que posiblemente una sola sílaba será el único problema para la correcta resolución (seguro que convertir una negra en dos corcheas nos sacará del serio apuro). Pero es conveniente tener una sabia conciencia de que la traducción y/o adaptación conlleva una constante cesión de intereses. Si es necesario, más vale saber ceder con elegancia y sutileza, pero sabiendo que un poema adaptado es un nuevo texto que puede estirarse y achicarse de múltiples maneras; aunque esto también requiere práctica, trabajo y sabiduría literaria.

La mayoría de las traducciones al castellano se realizan del inglés, idioma que, por lo general, posee menos sílabas por palabra que nuestro vocabulario. Traducir completamente al castellano una frase que en el original anglo contiene, por ejemplo, sólo veinte sílabas, es tarea prácticamente inaccesible. La habilidad del traductor es hallar aquellos sinónimos que puedan reducir las pulsaciones silábicas. Un buen libro de sinónimos y antónimos es imprescindible. Por muy difícil que pareciera, nunca hay una frase que no se pueda trasladar óptimamente. Siempre hay un recurso lingüístico que hará reverdecer un pasaje oscuro. Las posibilidades son inmensas, tan sólo depende de que el traductor disponga de paciencia y confianza para adecuar los acentos a su lugar, respetando, preferentemente, el discurso musical, la melodía.

¿Por qué es necesario no cambiar los acentos musicales de lugar y de estado? Porque el discurso que se narra desde las notas y desde el texto es un todo, pero quién sufre cambios es el texto, no la melodía. Es necesario recordar que traducir con sentido artístico es narrar y evocar con palabras, imágenes y pensamientos entrelazados. Entrelazar, coser, unir: es la comunión entre lo abstracto y lo real.

La finalidad más noble: la narración de una historia

Reivindico una frase anterior: narrar es evocar con las palabras, imágenes y pensamientos entrelazados. La narración enhebrada es la tarea y el fin de un buen traductor. Es escribir un nuevo relato que explique y unifique, por medio de las palabras, las imágenes y los pensamientos. Si el traductor no logra explicar una historia con magia de relato, no habrá alcanzado el objetivo. Esa es el gran error de muchos traductores: poner palabras que hablan de un tema sin alcanzar la magia de la historia.

El fin de una traducción es explicar un argumento con duende. Y muchas veces el duende no sólo está en la historia, sino en la manera de administrar las palabras, de darles contenido, de entrelazarlas, de utilizar las más adecuadas. Al fin, cuando el poema explica la historia que el adaptador ha entendido del original, es cuando en el receptor se unen las imágenes, la música y los pensamientos: una bella forma de recibir una composición. Imágenes y pensamientos: el sonido más allá de las palabras.

© 2012 Josep Marc Laporta

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