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· Implicaciones psicológicas
de la Salvación


© 2016 Josep Marc Laporta


1- La mentira
2- La regeneración
3- La crisis
4- La culpa
5- La humillación
6- La metanoia
7- La fe
8- La renuncia

 

Carl Jung[1] decía que «la psicología es nosotros mismos, el lugar interior donde se desarrolla nuestra vida». Indudablemente, la verdadera realidad de lo que somos es lo que vivimos por dentro; y lo de afuera es, básicamente, una teatralización sintomática de un proceso de construcción de nuestra personalidad humana. Sin embargo, el alma también es un lugar: el medio emocional en el que flota nuestra persona y toma conciencia de ser. Tal vez su enunciación teórica no pueda ser muy descriptible, aunque, a pesar de ello, desde la antigua Grecia multitud de tendencias la ensayen, incluso contradictoriamente. Pero existe una esencia espiritual claramente perceptible, esencia de vida trascendente en la unidad humana. Y tiene un espacio, una dimensión que no se circunscribe exclusivamente a una línea de flotación etérea y abstracta, sino que retiene una identidad que incluso podría ser analizada y estudiada. ¿A ello se le podría llamar psicología del alma? Tal vez sería muy arriesgado formularlo concisamente en estos términos. Sin embargo opino que dentro de la psicología sí hay espacio para observar algo más allá de las básicas construcciones y reacciones conductuales humanas.

«Venid a mí todos los que estáis cansados y cargados que yo os haré descansar» (Mateo 11:28). Las palabras de Jesús recogidas por el evangelista esconden un significado más allá de lo físico o de las energías a flor de piel. Directamente apunta al profundo peso espiritual que reside en los fondos más ocultos del corazón: el lugar donde la psique humana se ve fatalmente afectada por el virus del pecado. Además de la redención y la salvación eterna, la llamada a ir a Jesús buscando salud espiritual, consustancialmente es una depuración profunda de la psicología formativa, perceptiva y conductual del ser humano: un acto salvífico de saneamiento de la mente y de sus alteraciones de base. La profunda salud del espíritu que la Salvación depara es, implícitamente, la liberación de muchos de los pesos y tensiones psicológicas que la marca universal del pecado ha lacrado, provocando culpa y angustia existencial.


1 — LA MENTIRA Una de las primeras implicaciones de la salvación que emana de la cruz de Cristo es la obligada aceptación de la verdad íntima como ámbito supremo de liberación espiritual, en contra de la seductora y dañina mentira. En el relato de Génesis 3 encontramos cómo la mentira es la válvula de escape psicológica para una autorrealización pancista que estimula una percepción errónea de la propia realidad, tanto en su dimensión psicológica como de las consecuentes implicaciones sociales. La mentira, elemento consustancial a los impulsos y reacciones de vanidad psicológica y social, propone una salida fácil, rápida y escapista a la confrontación con la verdad, al encuentro con la sinceridad íntima. Consecuentemente, la mentira es la amnesia psicológica de la conciencia de Dios, la sustitución de la verdad por una simulación degenerativa y una ocultación que conduce a la vergüenza propia. La pregunta más reveladora del Edén fue: ¿Adán, dónde estás tú? (Génesis 3:9). La indagación divina en realidad pretende descubrir la verdadera desnudez de Adán, la de su propia mentira frente a la verdad divina. La alteración socioespiritual edénica es de dimensiones cósmicas, con un protagonista determinante en la fatídica caída: Satanás, a quien Jesús tildará directamente y sin ambages como Padre de mentira (Juan 8:44), afirmación que asimismo explica la gran dimensión universal de la Salvación, precisamente como antídoto del Engañador.

En el proceso espiritual de Salvación, más allá de las mentiras sociales, autojustificativas o simulativas, el abandono de la mentira íntima es un paso trascendente en el encuentro salvífico de la Cruz. Así lo acredita el relato de Juan 4. La mujer samaritana es desafiada a una sucesiva relación de hechos que la confrontan consigo misma. Jesús le obliga a hacer frente a su realidad, a discutir con su presente y a establecer puentes de liberación, depurando su base psicológica en un ejercicio escudriñador, desafiándola frente a frente ante su más cruda realidad, para dejarla libre de ese psicológico peso acusador de la verdad propia no reconocida o aceptada. La mirada escrutadora del Salvador en favor de la Salvación obliga e implica la liberación de todos los envoltorios justificativos que recubren la desnudez del alma. En ese ejercicio de sinceridad última, la pregunta divina se convierte en la espada que traspasa las defensas más numantinas de la psicología humana. Nada escapa a las interpelaciones del Salvador. Es por ello que la verdadera salvación no es una encandilada mirada a la Cruz sino una radiografía íntima que delata los impulsos más espurios de la autojustificación. Ante la Cruz y el proceso de Salvación, tanto el alma espacio de percepción espiritual como la mente espacio de deliberación trascendente transitan hacia un punto de partida que, en lo psicológico, significa empezar de cero. La Biblia lo denomina nuevo nacimiento (Juan 3:1-21).


2 — LA REGENERACIÓN Jesús especificó a Nicodemo que «lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es». El nuevo nacimiento es un evento regenerativo de ámbito espiritual, impulsado por el Espíritu de Dios y asentado en el terreno de la verdad suprema, en renuncia a la mentira íntima. Es un suceso de borrón y cuenta nueva que el Espíritu Santo instaura en el asiento psicológico del ser humano, en el sótano del edificio de la individualidad, lugar donde el ejercicio de la verdad descubrirá secretos existenciales. El suelo psicológico es el enclave vital donde la transformación espiritual acaecerá verídica y evidente.

Sin embargo y como contraste, algunas facciones de la psicología moderna reivindican la hipnosis regresiva como terapia de volver a empezar de nuevo, viajando al pasado, incluso a anteriores vidas. La terapia hipnótica, como tratamiento de fobias, ansiedades, obsesiones o depresiones puede llegar a obtener algunos resultados, aunque entre la hipnosis regresiva y la regeneración del nuevo nacimiento bíblico existe una gran distancia. Tres razones fundamentales lo acreditan:

   1-        La hipnosis regresiva bucea en los recuerdos de un supuesto y traumático pasado para saldar deudas biográficas pendientes y así enmendar escenarios psicológicos actuales. Por su parte, el nuevo nacimiento no bucea en ningún traumático suceso desencadenador, sino que sitúa la ancestral marca del pecado como raíz de una psicología defectuosa. Más allá aún, el nuevo nacimiento es un soplo liberador del Espíritu Santo que redime el presente, salda definitivamente las cuentas pretéritas e higieniza la mente para empezar a pensar y vivir de una nueva manera: en el Espíritu, como hijos adoptados de Dios (Gálatas 5:16-24; Juan 1:12-13).

   2-     La hipnosis regresiva estimula el recuerdo de sucesos ancestrales, inclusive trayendo a la mente episodios de antepasados o de otras supuestas vidas. Sin embargo, el nuevo nacimiento retrata la culpabilidad personal y limpia en tiempo presente el peso del pecado acumulado y de la culpa eterna, echando al mar todas las faltas y olvidando nuestras maldades y transgresiones (Isaías 43:25; Miqueas 7:19; Jeremías 31:34; Hebreos 10:17).

   3-     La hipnosis regresiva abandona al sujeto a un estado de relajación muy profundo mediante inducción psicológica, aislándole de la realidad de su propia vida y responsabilidad personal. El nuevo nacimiento confronta al individuo con su realidad contextual, pecaminosa y con la mentira íntima, enfrentándole a su propio yo, para limpiar y renovar su interior con la liberadora acción del Espíritu Santo (Tito 3:5; Juan 3:5).

        La distancia conceptual entre la hipnosis regresiva y la regeneración del nuevo nacimiento es abismal. La milagrosa intervención del Espíritu Santo convenciendo de pecado, es un evento de dimensiones inauditas en comparación con la maquinadora estrategia humana de indagación de razones y responsabilidades superpuestas. En el nuevo nacimiento bíblico, la confrontación con la mentira íntima es un paso de regeneración que libera para Salvación, mientras que la hipnosis regresiva es un viaje a pasados continuos que, al final, por su fantasioso y utópico ejercicio psicológico conduce directamente a la angustia vital. No en vano muchos pacientes han acabado sus terapias cargando con distintas personalidades y complejos de culpa añadidos, muchos de ellos llevando sobre sus hombros la responsabilidad de otra vida; tal vez la de un supuesto marinero de Colón en tiempos del descubrimiento de América, justificando así sus actuales problemas de vértigos y mareos.[2] La sobrerrepresentación de personalidades, también utilizada en las terapias denominadas Constelaciones Familiares, es una carga psicológica acumulativa, absolutamente ajena al valor de una salvación regeneradora y sanadora del Espíritu Santo en tiempo, estado y acción de un único punto de partida.


         3 — LA CRISIS El proceso para Salvación aparece en la psique humana en forma de crisis personal: un salto al vacío psicológico de dimensiones insólitas. Desde la ciencia, ningún análisis clínico puede llegar a descifrar con exactitud la auténtica dimensión psicológica de la conversión bíblica. La Salvación es un profundo proceso de crisis en la mente que el empirismo intenta definir como angustia neurótica resuelta. Esta singularidad define un punto de partida y desarrollo crítico, y una consumación providencial. Si la Salvación es entendida como una neurosis, con posibles disensiones internas, alteraciones emocionales e incluso afecciones nerviosas, pero con cuadros absolutamente resueltos en poco espacio de tiempo, significa que la denominada crisis es un proceso espiritual de la psique más allá de lo humanamente predecible y medible. Objetivamente es cierto: es una crisis, una profunda escisión interna y, sin embargo, es temporal, resolutiva y fructífera.

      En su reclusión en la prisión de Filipos, Pablo y Silas presenciaron el cuadro crítico del carcelero que, ante la angustia vital de ver derrumbarse todo su sistema de valores, prioridades y privilegios vitales, temblando optó por quitarse la vida. Pero Pablo y Silas le persuadieron de no hacerlo y le mostraron cómo ser salvo (Hechos 16:16-40). La Salvación prometida por los discípulos alcanzó hasta el hogar y los familiares. Asimismo sucedió con muchos necesitados físicos y espirituales que se acercaron a Jesús en medio de un proceso de búsqueda e incertidumbre personal.[3]

     Con distintas variables y disimilitudes curriculares, la crisis psicológica que precede y acompaña a la Salvación es un estado alterativo de la conciencia, un conflicto íntimo, aparentemente inexplicable para las disciplinas que estudian la mente. Sin embargo, la llamada crisis salvífica puede descifrarse desde las palabras de Jesús a Nicodemo al revelarle, mediante una analogía, cómo el viento y el espíritu tienen similares comportamientos. «El viento sopla de donde quiere, y se oye su sonido; mas no se sabe de dónde viene, ni a dónde va» (Juan 3:8), fueron las palabras del Salvador para esclarecer la dimensión espiritual del nuevo nacimiento. La crisis psicológica que provoca el trascendental encuentro con Jesús se asemeja al viento en cuanto a que su flujo y percepción es prácticamente intangible desde una contemplación estrictamente científica, pero es axiomática e indiscutible desde las evidencias internas. Para la psicología, la verdadera salvación es catalogada como una crisis resuelta, inédita para el ensayo clínico; pero el viento del Espíritu, que no se sabe de dónde viene ni adónde va, existe, sucede y libera: una crisis psicológica de proceso y reflexión existencial resuelta de manera poderosa.


      4 — LA CULPA La maravilla del fenómeno nacer de nuevo es que un evento espiritual de cuadro crítico para la psique y de procesos psicológicos de admisión de culpa y ansiedad existencial, pueda desembocar en una proactiva liberación de la conciencia. Desde la teoría de los procesos de culpa sabemos que este sentimiento la culpa es un mal endémico del ser humano y que su influencia psicológica a lo largo de los años conduce a una paulatina e imparable degradación física. Paul Tornier así lo registra: «el hombre no muere, se mata, aislado en los efectos de una culpa que le determina».[4] El cuerpo es el campo de batalla de las emociones, y el sentimiento de culpa hace aún más finito al ser humano, porque la culpa no resuelta es un mal que aqueja el alma y llega a devastar el cuerpo. Es por ello que el apóstol Santiago aconsejará a la iglesia: «Confesaos vuestras ofensas unos a otros y orad unos por otros, para que seáis sanados» (Santiago 3:6).

      La confesión para Salvación es un acto trascendental para lo que devendrá: la reconciliación con Dios, no solamente la sanidad. Y si la confesión interrelacionada o presencial es sanadora si se ejerce verazmente, cuánto más lo será la confesión de admisión integral de la culpa íntima, personal y eterna; la culpa hacia Dios. Sigmund Freud[5] expuso la teoría de que los sentimientos genéricos de culpa son el resultado de la presión social, que nacen en la mente del niño cuando sus padres le regañan y no son otra cosa que el temor a perder el amor de sus progenitores que, de repente, se vuelven hostiles. Este sentimiento de culpa relacionado con los valores es la conciencia de haber traicionado un patrón válido, es un juicio que uno hace de sí mismo, la culpa genérica o relacionada. Sin embargo, en la culpabilidad hacia Dios aparece la idea de culpa genuina, una culpa de ninguna manera indicada por la sociedad, por un error con respecto a uno mismo o con los semejantes, sino la culpa del yo contra el yo respecto al Creador. Es decir, la culpa hacia uno mismo en razón de su propia naturaleza caída, con implicaciones divinas; concepto que se introduce bíblicamente cuando, por ejemplo, el profeta Habacuc clama: «Has pecado contra tu vida» (Habacuc 2:10). Pecar contra uno mismo es una fórmula descriptiva del alcance de la culpa suprema hacia Dios.
        Sin embargo, para el psicoanálisis la culpa es un estorbo en la reconstrucción psicológica. Opina que debería suprimirse de alguna manera, como si se pudiera reprogramar la mente humana en un abrir y cerrar de ojos. Pero aún y en lo evidente de no poder suprimirla estructuralmente como comportamiento psicológico humano, en realidad es imposible aliviar el sentimiento moral de conciencia de culpa, sino que, incluso, se agudiza. Y en muchos casos no se elimina, se desplaza.

       Cuando una persona es tratada de un sentimiento de culpa por alguna causa biográfica, como sufrir una violación sexual por un familiar, es probable que se sienta liberado/a de ese peso concreto que la atormenta, pero el desplazamiento de lugar es inminente. La vergüenza psicológica del aquel acto sexual y sus connotaciones remitirá, pero muy probablemente persistirá en la conciencia la cobardía de no haber hecho todo lo suficiente para evitarlo, un permanente rechazo hacia el pariente abusador o un latente temor hacia el otro género. Una culpa mutada y no resuelta que tal vez el paso del tiempo logre remitir en parte, junto a un reaprendizaje psicológico.

       El Maestro de Galilea fue un especialista en identificar culpas y administrarlas en las conciencias de manera ilustrativa para la psicología trascendente. Cuando una mujer fue sorprendida en flagrante adulterio, y ante la discrecionalidad de los que querían apedrearla, Jesús, con tan solo una frase, la absuelve de pecado y desvía la culpa hacia la conciencia de sus acusadores (Juan 8:3-11). El Maestro sabe cómo es la naturaleza de la culpa genérica o relacional y sabe que en realidad es una de las múltiples derivaciones de la culpa genuina. Y también conoce la superficialidad psicológica del tratamiento sintomático, por lo que no solo absuelve a la mujer de su forma de vida sino que le perdona sus pecados; y a los acusadores los provoca a conciencia de culpa. Una culpa inducida y didáctica, sin superfluas penitencias sociales. Es la nueva dimensión espiritual que conduce al perdón divino. Jesús deriva y reasienta la culpa genérica y circunstancial a una superior conciencia de pecado: la culpa genuina. A diferencia de cualquier terapia al uso, no la difumina o traslada de lugar dentro del mismo laberinto psicológico sino que le otorga la condición que realmente le corresponde.

        No obstante, los psicoanalistas tangencialmente se dan cuenta de esa magnitud existencial de la culpa al comparar la mente humana con un iceberg. La mayor parte de la misma está sumergida, escondida bajo del umbral de la conciencia. Así que nuestra idea de personalidad se ve aumentada por la dimensión del inconsciente y, en consecuencia, en un mismo grado nuestra conciencia de culpa también se incrementa. A pesar de que la pretensión última del psicoanálisis sea exculpar, en realidad pone al descubierto una culpa escondida, que pasa desapercibida por las demás culpabilidades al uso. Nada nuevo. Antes de que los analistas de la mente lo sugirieran, la Biblia ya afirmaba que Dios «revela lo profundo y escondido; conoce lo que está en tinieblas, y con él mora la luz» (Daniel 2:20-22).  

       La diferencia entre culpa genérica, circunstancial o relacionada y la culpa genuina es que las primeras pueden ser más o menos subjetivas en cuanto a la conciencia, mientras que la segunda es profundamente innata y objetiva, perpetuándose en la mente como una deuda consigo mismo. Y pese a que distintos esfuerzos de liberación ilustrada del ser humano pretendan anular esa culpa genuina mediante deducciones ateas, agnósticas, humanistas o panteístas, la deuda existencial persistirá en la psicología del individuo en forma de culpabilidad latente (Romanos 1:20; 3:19; 3:23; Eclesiastés 7:20). El gran descubrimiento universal de la Salvación es que la culpa genuina puede cambiar de hombros y, con ella, todas las subordinadas: las carga Jesús en la Cruz, anulando el acta de los decretos que nos era contraria y que nos acusaba eternamente (Colosenses 2:14-17). Es la liberación de la conciencia, como apunta el autor de la epístola a los Hebreos: «La sangre de Cristo (…) limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo» (Hebreos 9:14).


       5 — LA HUMILLACIÓN Si la gracia de Dios alcanza al hombre y a la mujer es por el advenimiento y descendimiento del Hijo de Dios a nuestras realidades finitas y mortales. Jesús invierte los valores humanos de superación y ganancia. Aquel que era igual a Dios no se aferra a sus privilegios dinásticos sino que se rebaja, se identifica con nosotros: «despojándose a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo» (Filipenses 2:6-8). Como el más miserable de los hombres, nació en un establo, murió en una Cruz y fue «despreciado y desechado» (Isaías 53:3). Hay una clara inversión del orden de superación y progreso humano. Dios, para culminar su obra de redención, se rebaja a niveles indignos respecto a su gloria eterna. Y en su vinculación humana actúa en defensa de las personas despreciadas, como la adúltera, el leproso, la samaritana o como María, la prostituta en casa de Simón el fariseo (Lucas 7.36:50). Y defiende a los niños diciendo: «Mirad que no menospreciéis a uno de esto pequeños» (Mateo 18:10).

       Años más tarde, Pablo, siguiendo el ejemplo del Maestro, se hará débil para poder ganar a los débiles (1ª Corintios 9:22), sabrá ser humilde (Filipenses 4:12), evitará juzgar a los hombres (1ª Corintios 4:3), liberará a su discípulo Timoteo de su sentimiento de inferioridad: «Ninguno tenga en poco tu juventud» (Timoteo 4:12) y se mostrará inquebrantable ante la realidad de que Dios está con el débil, con el pobre, con el humilde, con los pecadores que se reconocen como tales (Romanos 8:31). Y Santiago recordará cual es la personalidad del que descendió del cielo: «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (Santiago 4.6).


       La aparente posición de debilidad que propugna la humillación bíblica es considerada por la psicología como un problema de autoconfianza y seguridad propia. Muchas de las terapias actuales trabajan la reeducación de la autoconfianza para superar las distintas deficiencias psicológicas de lo que se ha venido a denominar ‘pérdida del autorespeto’. Se proponen terapias persuasivas con el fin de lograr determinados objetivos y superar temores y negatividades. Es un trabajo de claro refuerzo interno. Pero pese a su eficacia y viabilidad psicológica para superar complejos, trastornos y avanzar en procesos de construcción de la personalidad, el fortalecimiento de la autoconfianza y el autocontrol suele conducirse explícitamente hacia una suprema suficiencia de creer y confiar en uno mismo como centro neurálgico de todo valor humano, en una sobreprotección del yo o del uno mismo.

       Sin embargo, la humillación que requiere la Salvación implica la íntima y absoluta convicción de que el control existencial de nuestra vida no nos pertenece ni es propiedad exclusiva de la autosuficiencia, sino que es dependiente. La autohumillación para Salvación es una posición de punto de partida desde el suelo (humus: tierra), desde la base profunda del ser humano, un reinicio que solo podrá acontecer si la nueva mirada de fe nace en la perspectiva que da la humillación. Según la Biblia, desde esta posición a ras de suelo es desde donde podrá emerger la más excelente Salvación, porque Dios mismo atiende a los humildes (2ª Corintios 7:6), o «da su gracia a los humildes mientras resiste a los soberbios» (Santiago 4:6).

       Sin autohumillación, los procesos psicológicos del perdón quedarían al amparo de la resistente soberbia, fortificados en una defensa psicológica que impediría cualquier acción salvífica. Pero aún más: la reconstrucción integral de una autoestima fértil y fructífera dependerá de una verdadera humillación ante Dios: «Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo» (1ª Pedro 5:6).


       6 — LA METANOIA La metanoia o el cambio de mente/mentalidad es el proceso en el que los esquemas o patrones de comprensión se [6]transforman y renuevan de manera más radical. En la psicología de Carl Jung,[7] metanoia indica un intento espontáneo de la psique por curarse de un conflicto insoportable a través de su desestructuración y posterior renacimiento en una forma más adaptativa. En los escritos bíblicos metanoia es el cambio radical de la mente por la acción del Espíritu Santo mediante el nuevo nacimiento. Este proceso que transcurre y se traduce comúnmente como conversión, es el núcleo de la metanoia. El cambio de mente no podría acontecer si no existiera una crisis, un conflicto existencial o una evolución psicológica del pensamiento vital.
       Josef Breuer[8] y Sigmund Freud,[9] iniciadores del psicoanálisis, retomaron el antiguo concepto griego de catarsis[10] y lo denominaron método catártico a la expresión o remembranza de una emoción o recuerdo reprimido durante el tratamiento en estado hipnótico, lo que generaría un desbloqueo súbito de dicha emoción o recuerdo que llevaría a un impacto duradero. Sin embargo, el concepto de catarsis no es exclusividad del psicoanálisis, puesto que en terapia de consulta muchas veces se actúa con finalidades de confrontación límite; es decir, llevar al paciente a su propia realidad mediante una tensión emocional de constataciones y verdades. También, muy a menudo y sin saberlo, se utiliza la catarsis en la resolución de problemas domésticos al conducir de manera instintiva o espontánea una situación irresoluble hacia un punto de no retorno, provocando una catarsis ambiental que inducirá a un cambio de pensamiento o una nueva posición estructural y referencial de los implicados.
       La conversión es un proceso catártico de dimensiones absolutas en la psicología humana. La cruda confrontación psicológica y emocional con la propia realidad pecaminosa, con la irreversible verdad de la propia vida y con el descubrimiento de la Salvación presente y eterna como liberación existencial, es un episodio de catarsis absoluto que desembocará en un cambio de mente y perspectiva: una metanoia. El giro de 180 grados de la mente conducirá a una nueva manera de pensar y entender, en un posterior y permanente aprendizaje.
        El catártico proceso de la Salvación implica la transformación radical de las cosas, los sucesos y los eventos biográficos que han sustentado el pasado. El apóstol Pablo lo describe en estos términos: «si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas» (2ª Corintios 2:17). Lo viejo es hecho nuevo en una metamorfosis de la mente y su manera de entender y procesar tanto lo antiguo como lo que vendrá. Según el texto, la fuerza de la renovación no reside en un juicioso cambio de actitud sino en la nueva creación espiritual, y en ser y vivir como criatura nueva, en una profunda renovación de las estructuras mentales: «nos salvó mediante el lavamiento de la regeneración y de la renovación por el Espíritu Santo».[11] Lavar, regenerar, renovar... son paralelismos de limpieza. Psicológicamente el encuentro cumbre con Jesús es un acto de saneamiento de la mente, una metanoia, una catarsis de nueva comprensión espiritual y cognoscitiva en la mente de Cristo (1ª Corintios 2:16). Lo viejo pasó, todo se hace nuevo.  


       7 — LA FE Tal vez lo más radical de toda experiencia espiritual sea la fe. Desde el pensamiento materialista, no hay nada más ilógico que tener fe. Siguiendo las enseñanzas de las múltiples teorías racionalistas, tener fe sería una contradicción en sí mismo, puesto que el creyente hace un acto contrario a la razón (invidente) y contrario a la libertad y dignidad del ser humano (dependiente).[12] Sin embargo este supuesto choca frontalmente con la realidad más cotidiana que conocemos. Un bebé, al nacer y en sus primeros años de vida, instintivamente ejercerá la innata facultad humana de confiar. Cultivará por inercia endógena la fe en sus padres, esperando a ciegas su cuidado y protección, dadas sus infinitas debilidades físicas, cenestésicas, cognoscitivas e intelectuales. Sin saber cómo ni plantearse de qué manera, confiará absolutamente en sus progenitores para su propia supervivencia. Sin fe le sería imposible vivir y moriría en pocos días. Por tanto y bajo esta premisa, consideramos que la fe es constitutiva de lo humano.
       Esta disquisición de la razón común ya la defendió san Agustín en el siglo V. En el prefacio de su tratado ‘De la fe en lo que no se ve’,[13] la introduce diciendo: «Para refutar a los que presumen que se conducen sabiamente negándose a creer lo que no ven, les demostramos que es preciso creer muchas cosas sin verlas». Posteriormente, su análisis plantea el apoyo y la base antropológica indispensable para que la fe religiosa tenga sentido: «con los ojos del cuerpo ves el rostro de tu amigo, y con los ojos del alma ves tu propia fidelidad; pero la fidelidad del amigo no puedes amarla si no tienes también la fe que te incline a creer lo que en él no ves». A continuación aplica este análisis a la vida social: «si no creemos lo que no vemos, si no admitimos la buena voluntad de los otros porque no puede llegar hasta ella nuestra mirada, de tal manera se perturban las relaciones entre los hombres, que es imposible la vida social». Y concluye con la siguiente constatación que, de buen seguro en tiempos de Agustín sería muy llamativa, aunque hoy con las técnicas del ADN no resulte tanto: «los que no creen porque no ven, se ven obligados a confesar que no saben con certeza quiénes son sus padres».

       Todas estas apreciaciones y deducciones desde la razón y de carácter antropológico nos llevan a la conclusión de que en el proceso de Salvación, la fe, como medio de comunicación y relación con la divinidad, ha de ser admitida y asumida plenamente. Y que tan importante como la asunción de la fe canal natural de relación espiritual con Dios tienen que ser desechados los mecanismos psicológicos de la superstición, como contrarios a la fe. En la experiencia de Salvación, la fe amañada de muletas y feticherías ha de ser vaciada de las mismas para encontrarse con la nítida mirada de la esperanza sin límites, como el niño que confía en sus padres sin amuletos ni talismanes.
       El autor de Hebreos 11 se deshace de toda superflua atadura al asegurar que «la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve». Esta fe vaciada de cualquier tipo de superstición, expresada en el teorema de máximos: «convicción de lo que no se ve», es el instrumento psicológico y espiritual que posibilitará el acceso a la Salvación que brota de la Cruz. Expresado en términos inversos a Hebreos 11:6 sería: ‘con superstición es imposible agradar a Dios’. La fe sin superstición es, entonces, el paradigma absoluto para Salvación. Enunciándolo desde postulados de la psicología, podríamos decir que la verdadera fe es el despojo de toda dependencia o apuntalamiento psicológico físico o material a fin de creer y confiar liberadamente y definitivamente: «cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan» (Hebreos 11:6).

       Si bien, para la teología creer no es necesaria e implícitamente una experiencia de fe transformadora; para la psicología y la antropología humana tampoco habría de serlo. Como oportuna y crudamente constata el apóstol Santiago: «hasta los demonios creen y tiemblan».[14] Esta particularidad no es una retórica semántica al uso, sino que se entiende en razón de que creer es una acción correlativa, un razonamiento simpático y empático de una verdad objetivable para el sujeto; es decir, una constatación de lo plausible sin necesariamente haber confiado plenamente en ello. Sin embargo, el ejercicio de la fe es un evento integral del alma. Y si para creer tan solo es necesaria una decisión de la voluntad, para depositar la fe en alguien o en algo se precisa el total abandono a una esperanza que se sabe cumplida. Esta peculiaridad se demuestra antropológicamente en la evidencia de cómo el bebé, al depositar su confianza en los padres, también construye su identidad como persona, puesto que la fe es constitutiva, proyectándose como conciencia de identidad. Se cree colmadamente cuando se ha ejercido el tipo de fe de la esperanza cumplida.
       Es por todo ello que la fe es el núcleo vital de la experiencia de Salvación. Sin fe constitutiva es imposible llegar a Dios ni tampoco ser aceptado por Él; porque es por ella que se puede aceptar y entender la divinidad con todas sus implicaciones y transformaciones. Aunque más que un acto de fe, la conversión es una experiencia antropológica, psicológica y espiritual de fe. Un todo del ser humano. Enmendando la plana a los teórico-prácticos del evangelismo masivo de afiliación pública, quisiera puntualizar que la Salvación no es, de ninguna manera, un exclusivo acto de fe, es una experiencia integral de fe; es decir, un proceso de construcción de una nueva identidad en la confianza inicial y continuada de una esperanza que se sabe cumplida.


       8 — LA RENUNCIA En la vida siempre hay un lugar que abandonar y uno nuevo que encontrar, y entre los dos una zona de incertidumbre y de duda teñida de angustia más o menos intensa. Para avanzar hay que perder una seguridad antes de encontrar otra seguridad; ambas pertenecientes a ámbitos psicológicos. Ninguna seguridad dura, ni siquiera las más sólidas, las más justas o las más loables. ¿Cuál es la fuerza que retiene a los hombres y a las mujeres que les impide abandonar lo que quisieran dejar? Es la angustia de la mitad de camino. Es el despojo, el vacío en el que van a encontrarse antes de poder asir un apoyo nuevo. A veces nos encontramos en la mitad del camino entre las costumbres del pasado y las promesas del futuro, y tal situación está impregnada de angustia.[15]

       Jesús afirma: «¿Qué aprovechará al hombre ganar el mundo entero si malogra su alma?» (Mateo 16:26). El texto ilustra dos extremos que no pueden ser coincidentes. Construyendo el enunciado de manera inversa a la pregunta de Jesús, el paso de ganar el alma y perder el mundo entra en ese tipo de zona en el que hay que dejar algo para conquistar lo que es mejor. Y el paso es difícil porque hay que ensayar la renuncia y experimentar la angustia de la mitad del camino. El paso a la Salvación camina en ese estado de despojo de lo anterior para asir un apoyo nuevo.
       El joven rico que se acercó a Jesús buscando la vida eterna vivió en sus propias carnes el costoso precio de la renuncia. El salto al vacío de seguir a Cristo era demasiado alto como para dejar ipso facto todas las riquezas que acumulaba. No quiso renunciar. La narración bíblica es muy elocuente respecto a su angustia de la mitad de camino: «Jesús, mirándolo, lo amó y le dijo: ’Una cosa te falta: ve y vende cuanto tienes y da a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; entonces vienes y me sigues’. Pero él, afligido por estas palabras, se fue triste, porque era dueño de muchos bienes» (Marcos 10:21-22). La mirada de amor de Jesús no hizo mella en su corazón acaudalado. El salto al vacío era demasiado grande, precisamente por su concepción de la riqueza. Tener que dejar las haciendas y todo el patrimonio que le había proveído tanta confianza en sí mismo, implícitamente significaba abandonar su zona de seguridad para entrar en la tierra de nadie donde debería enfrentarse a la incertidumbre y la angustia de la mitad del camino.
       Pablo remarca que «la raíz de todos los males es el deseo de dinero» (1ª Timoteo 6:10). De esta realidad también se hace eco Eclesiastés, que experimentó toda clase de vanidades de este mundo: «El que ama el dinero no se saciará de él» (Eclesiastés 5:10). El que busca los bienes materiales siempre le falta algo. Además, la angustia acompaña a la posesión como una sombra, porque poseer algo también significa el temor a perderlo. Sin embargo, no todas las posesiones que se retienen son económicas ni patrimoniales. Para acercarse a Jesús y experimentar su Salvación eterna hay que dejar otras muchas riquezas y pertenencias. Son seguridades que están en el punto ciego del alma, entre dominios y confianzas psicológicas conocidas que refuerzan la incertidumbre de lo porvenir.
       Para avanzar, tanto en la vida como en la fe, se exige una marcha hacia adelante, y no se puede ir hacia adelante sin dejar algo atrás. Esta es una de las retenciones mentales que impiden el camino hacia la Salvación. Muchas personas permanecen instaladas en la angustia de la mitad del camino, en el denominado síndrome de rey Agripa: «casi me persuades a ser cristiano» (Hechos 26:28). Respuesta algo paradójica si tenemos en cuenta que instantes antes Pablo había asegurado: «Yo sé que crees». Creer sin dar el paso constitutivo de la fe es, en muchas personas, un estado muy común de permanencia indecisa ante los umbrales de la Salvación. Es un confuso estado agorafóbico en el que el miedo a la renuncia paraliza psicológicamente, dejando al individuo a las puertas de la Salvación.
       Todos tenemos miedo a encontrarnos de pronto en el vacío, sin apoyo. A veces los tesoros más difíciles de abandonar son los tesoros dolorosos, aquellos que pensamos que no cuestan tanto, porque son pesos amargos y tristes, pero que se convierten en importantes porque nos atenazan. Y aún más difíciles de dejar serán los tesoros placenteros, aquellos que son atractivos y satisfacen, aunque lleven a la destrucción. Sin embargo, la verdadera renuncia no es tanto renunciar a una cosa como al deseo de esa cosa. El estado mental de acomodarse a los parajes conocidos de los recuerdos como un fortín psicológico es el estado más propicio para no renunciar nunca. Muchas personas viajan una y otra vez de vuelta a los lugares mentales que desean porque conocen bien y se resisten a dar un primer paso de fe, porque tienen miedo a abandonarlos. Tienen pánico a la renuncia y prefieren quedarse en la mitad del camino. Necesitan el vaivén psicológico del intento.

       Para poder abandonar un lugar hay que ir conquistando el nuevo poco a poco, antes de llegar. Esta es una ley de la vida. Del mismo modo, para poder saltar es preciso tener un apoyo. No se salta sin trampolín, sin un punto de apoyo más o menos sólido desde donde tomar impulso. Incluso hay que partir de un buen soporte para ejecutar bien el salto, para atreverse a saltar. El trapecista ha de sostener bien su trapecio antes de soltarlo; debe saber manejarlo bien, sentirse seguro de que podrá realizar la pirueta. Y entonces ya puede saltar. La certidumbre de un pasado baldío, vacío e infructuoso espiritualmente también es un punto de apoyo psicológico para el salto de fe que vendrá. Y será necesario saberse seguro de dejar ese pasado.

       La imagen del trapecista nos ofrece otra interesante enseñanza para la psicología del ‘dejar’. Los trapecistas se balancean, y sabemos que este movimiento es imprescindible para ejecutar su pirueta. Saltar desde un espacio inmóvil es condenarse a una caída vertical. El trapecista solo podrá abandonar su apoyo en pleno movimiento del balanceo, describiendo entonces una elegante curva en el cielo del circo. Lo mismo sucede en el primer paso de fe a la Salvación. A no ser que la conversión suceda por una repentina luz del cielo que provoque una transformación profunda e instantánea (Hechos 9), para dar el gran primer paso de Salvación muchas veces también se necesitarán varios movimientos de balanceo, como en un trapecio. La paulatina certidumbre de que las confianzas anteriores son suficientemente asumidas como vanas y que la nueva esperanza cada vez es más ineludible para el alma, es un balanceo psicológico necesario para la definitiva renuncia y el gran salto de Salvación que devendrá. Este fue el proceso que hizo el etíope en el carro junto a Felipe. Un paulatino vaivén de renuncia en medio de la angustia de la mitad del camino (Hechos 8:26-39).


       9 — BREVE CONCLUSIÓN La conversión mediante la Salvación que brota en la cruz de Cristo es un proceso muchas veces plagado de obstáculos, tanto endógenos, sociales, ambientales, psicológicos como espirituales. A través de ellos se constituirá una peculiaridad espiritual que, bajo la acción del Espíritu Santo como convencedor de pecado, dará fruto a su tiempo, en su momento y forma, según cada individuo y circunstancia. Es por ello que la Salvación solamente puede ser entendida como un proceso, aún incluso cuando ésta irrumpiera como una luz del cielo. Cada uno de los anteriores apartados pretende describir desde la psicología la profundidad del evento más cumbre del ser humano. No lo define teológicamente sino que explica las implicaciones psicológicas con correlaciones bíblicas.


       «Por sus frutos los conoceréis»[16] dijo Jesús a sus discípulos, advirtiéndoles de los falsos maestros. Las evidencias tangibles de la Salvación quedan muy bien resumidas en sus palabras y en el posterior apunte apostólico de los frutos del Espíritu: «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza...» (Gálatas 5:22-23). No obstante, la verdad de este evento transformador también acostumbra a disimularse en actitudes religiosas y piadosas de toda índole: una benignidad impostada que suplanta la auténtica trascendencia espiritual del nuevo nacimiento. Y es posible que muchos de los que claman a los cuatros vientos «Señor, Señor»[17] tan solo sean vociferadores de una causa moralista, religiosa, institucional, empresarial o corporativa.

       Tal vez una de las evidencias psicológicas de haber experimentado una Salvación tan grande sea la superación de cualquier vergüenza o timidez respecto a la verdad acontecida en el alma. Liberados ya de las defensas mentales que frenaban el paso de la sinceridad íntima, la vergüenza de compartir la Salvación es un fortín que se derrumba por sí solo frente a la gran experiencia espiritual de la Cruz. Así como la mujer samaritana,[18] impelida por la constatación de su realidad y la nueva vida descubierta en Jesús, busca a quien explicar y compartir su gran hallazgo; el encuentro con la Salvación es una perla encontrada que conlleva la venta de todo para adquirirla (Mateo 13:46). Consecuentemente, es imposible que la verdadera transformación espiritual de la Salvación no sea compartida espontáneamente e instintivamente, puesto que ha penetrado en las raíces del alma y en los entresijos de la psique humana. Aunque como sucede con los frutos del Espíritu, también se puede disfrazar de beatitud o enmascarar bajo una santidad impostada. No obstante, el brillo espiritual en los ojos y en el alma son evidencias muy difíciles de falsificar.  


© 2016 Josep Marc Laporta


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      [1] Carl Gustav Jung (1875-1961) fue un médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, figura clave en la etapa inicial del psicoanálisis; posteriormente fundador de la escuela de psicología analítica, también llamada psicología de los complejos y psicología profunda.
     [2] No hace muchos años, el gobierno estadounidense multó con 2,4 millones de dólares al doctor Sloan cuando éste detectó la personalidad número cien a un paciente.
     [3] Job sería el ejemplo más paradigmático. En el Nuevo Testamento muchos fueron a Jesús en medio de sus luchas personales: Mateo 8:2-4; 9:20-26; Marcos 5:1-17; 5:25-34; 7:24-20; Lucas 5:12-15; 5:18-25; 8:23-25; 13:10-13; Juan 3:1-21; 5:12-14; 5:18-20; 8:1-11;
     [4] Paul Tournier en Medicina de la persona; pag.15. Editorial CLIE-Publicaciones Andamio, 1997.
     [5] Sigmund Freud (1856-1939) fue un médico neurólogo austriaco de origen judío, padre del psicoanálisis y una de las mayores figuras intelectuales del siglo XX.
     [6] Metanoia es una palabra griega [μετανοῖεν (metanoien)] que se traduce como conversión, pero que proviene a la vez de dos términos: μετά (metá) «más allá, después de» y νοῖεν que se lee noien e indica «mente», entonces sería «más allá de la mente».
     [7] Carl Gustav Jung (1875-1961) fue un médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, figura clave en la etapa inicial del psicoanálisis; posteriormente, fundador de la escuela de psicología analítica, también llamada psicología de los complejos y psicología profunda.
     [8] Josef Breuer fue un médico, fisiólogo y psicólogo austriaco (1842–1925), descubridor de la función del oído en la regulación del equilibrio y del mecanismo de la regulación térmica del cuerpo por medio de la respiración. Creador del método catártico para el tratamiento de las psicopatologías de la histeria.
     [9] Sigmund Freud (1856-1939) fue un médico neurólogo austriaco de origen judío, padre del psicoanálisis y una de las mayores figuras intelectuales del siglo XX.
     [10] Catarsis (del griego κάθαρσις kátharsis, purificación) es una palabra descrita en la definición de tragedia en la Poética de Aristóteles como purificación emocional, corporal, mental y espiritual. Mediante la experiencia de la compasión y el miedo (eleos y phobos), los espectadores de la tragedia experimentarían la purificación del alma de esas pasiones.
     [11] Tito 3:5.
     [12] Cit. de Martín Gelabert Ballester. Análisis antropológico de la fe. Veritas 13, (2005); 259-272-
     [13] San Agustín, De fide rerum quae non videntur, I, 1 y 2; II, 4.
     [14] Santiago 2:19.
     [15] Apuntes sobre Medicina de la persona, de Paul Tournier. Editorial Victoria, Barcelona, 1946.
     [16] Mateo 7:16.
     [17] Mateo 7:21.
     [18] Juan 1:42.