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· Razones para una democracia

© 2017 Josep Marc Laporta

 

Que aparezca una democracia de la noche a la mañana no es nada casual. Que subsista, tampoco. Las democracias son formas de organización de estado en las que, precisamente y como su etimología apunta, el gobierno pertenece a la libre decisión y elección participativa del pueblo (demos: ‘pueblo’ y kratós: ‘poder’ o ‘gobierno’). Por tanto, la razón básica para que exista una democracia es el tejido social: el pueblo, al cual se le da o se otorga a sí mismo la responsabilidad y el derecho de elegir a sus representantes. Consecuentemente, es en el pueblo y sus circunstancias sociales y económicas donde radica la viva realidad de una democracia, su irrupción y subsistencia.


La teoría del pueblo, como base esencial e indispensable para el surgimiento de una democracia, obliga a poner el foco en la sociología humana, en los equilibrios socioeconómicos y en los procesos de cómo un colectivo puede llegar a ser una democracia mínimamente fiable. Para que en un país emerja una democracia han de pasar muchas cosas. Pero una de ellas, la primera, es que no puede existir una gran desigualdad económica en su población: la diferencia entre ricos y pobres no puede ser extrema o descomunal. Y una segunda. Que la riqueza que tienen los ricos ha de ser una riqueza móvil; es decir, que no sean tierras, propiedades o latifundismos.[1] Si se producen estas dos desigualdades grandes desequilibrios económicos y una riqueza inmóvil de los poderosos es más que probable que las élites del país no estén dispuestas a ceder democracia a las clases populares, porque tienen miedo a que les roben con el fin de propiciar paridades económicas. Con que no pueden huir del país, porque su riqueza es inmóvil y se deben a ella económicamente, para defenderse generan mecanismos de control oligárquico que, por un lado, controlarán socioeconómicamente al pueblo y, por otro, impedirá cualquier atisbo de liberación democrática de éste.[2]

El hecho de que los ricos latifundistas no puedan llevarse su propia riqueza inmóvil fuera del país es fundamental para entender cómo nuevas y potenciales democracias se ven absolutamente frenadas en su intento de brotar, crecer o estabilizarse. Ahora bien, si la clase pudiente de un estado ha acumulado riqueza móvil que puede ser consumida internamente o transportada de alguna manera, legal o ilegal, a otro Estado refugio, es mucho más probable que todo ello permita escenarios de accesos democráticos. Esta eventualidad, junto a una mejor redistribución de la riqueza en la base popular, un aumento de la renta per cápita, mejor acceso a la educación o mayor capacidad de asociacionismo es lo que prepara, facilita o impulsa aunque no lo determine definitivamente que una sociedad pueda alcanzar su propia democracia. 


Esta razón sociológica revela lo que sucedió en España en el siglo XIX, cuando hubo un intento de traer la democracia y que acabó en un rotundo fracaso, pues las grandes desigualdades sociales, económicas y la riqueza inmóvil de las élites, acaparadas por los terratenientes, fueron un muro de contención imposible de derruir.[3] Y también explica la Guerra Civil de 1936-1939, cuando existía una gran desigualdad económica y un gran poder fáctico que dependía de la riqueza inmóvil y que, por consiguiente, veían en la República una seria amenaza para sus privilegios privados. Explica también porqué la migración del sur de España Andalucía, Murcia o Extremadurahacia el norte principalmente a Cataluña hace posible la democracia española. Porque un gran número de ciudadanos que estaban en el pozo más profundo de la escala salarial y económica, al trasladarse a los centros económicos industriales, suben en el ascensor social, proporcionando un cierto reequilibrio socioeconómico en el estado. Y asimismo explica cómo en estos momentos, en pleno siglo XXI, la violencia y la catástrofe social no parece muy viable, porque no existe aquella extrema desigualdad, porque la riqueza está bastante mejor repartida y porque no existe un elitismo social manifiesto o latifundismo tradicional que acapare exclusivamente bienes inmóviles para su subsistencia.


Sin embargo, las razones para que una democracia se postule de calidad o madura, crezca cohesionada y se presente fiable, en gran parte también gravita sobre los mismos elementos sociológicos ya apuntados. Primeramente, porque el equilibrio socioeconómico puede verse afectado y sus ciudadanos sientan que la democracia que debiera repartir la riqueza no les representa, como en principio supondrían, puesto que sus condiciones económicas han empeorado, generando nuevos desequilibrios sociales. Y, segundo, porque aquellos antiguos terratenientes han seguido manteniendo sus privilegios mediante la mutación de sus riquezas inmóviles a otro tipo de latifundismos inmóviles transferidos, adaptados a los esquemas democráticos.

Esto es lo que ha sucedido en España en los recientes cuarenta años de democracia. Las élites que provenían del sistema franquista, representadas y personificadas ahora en algunos partidos políticos subrogados, han sobrevivido muy cómodamente controlando sus intereses de corte latifundista, en la mayoría de los casos acaparando el sector de la construcción y de las infraestructuras para crear, proteger, mantener o aumentar su propia riqueza móvil e inmóvil, y, en otros, controlando los centros de poder para dar cobertura política y legal a sus intereses de clase. En todo ello ha participado el pueblo, que vio cómo la clase media-baja pudo acomodarse o estabilizarse, gracias a su pequeñísima e insignificante participación en el pastel del repartimiento económico e inmobiliario. Una buena parte proporcional de esas clases pudieron adquirir algunos bienes de pequeño consumo que para ellos significaron una gran complacencia social y psicológica, mientras que las élites mantenían férreamente el control de sus grandes intereses económicos y sociales. Como resultado alegórico y práctico de estas variables sociológicas, desde aquellos ancestrales poderes latifundistas, ahora reorganizados, se concibieron vías de tren de alta velocidad hacia alguna parte justificada, sin embargo atravesando extensas zonas despobladas aún acaparadas por sus terratenientes, diseñando nuevas oportunidades de riquezas inmobiliarias y artificiosas. También se construyeron nuevos aeropuertos y grandes iconos arquitectónicos y mediáticos a fin de establecer simbólicos y estratégicos centros de poder para sus intereses políticos y económicos. Asimismo controlaron las grandes constructoras e ingenierías nacionales. Y respecto a los equilibrios socioterritoriales, desde esos poderes fácticos se priorizaron infraestructuras de todo tipo, muchas veces superfluas e innecesarias, en contra de las básicas e ineludibles necesidades de las regiones de gran densidad poblacional, comercial e industrial.

Las prioridades políticas de los sucesores de aquellos terratenientes una vez más descansaron y se apuntalaron en el territorio y el factor tierra, infravalorando las prioridades de sus ciudadanos. El latifundismo continuó dependiendo y protegiendo haciendas y posesiones, ahora bien disimuladas mediante una sostenida construcción inmobiliaria y la nueva vertebración infraestructural del estado.


Estas consideraciones sociológicas ponen en evidencia cómo una democracia estable, madura y de calidad tiene una estrecha relación con una equilibrada condición socioeconómica, propiciadora de cohesión social.[4] No solo las democracias más rudimentarias, sino las de calidad, prosperan y se consolidan allá donde se da una distribución de lo privativo más justo con el crecimiento económico sostenido, no abusivo con las minorías. Todo ello en combinación con impulsos tecnológicos y estructurales que favorezcan la aparición de clases medias educadas, no solo en lo intelectual sino en sus responsabilidades sociales y políticas.[5]

En cambio, una vez que la democracia se instala en un país, si su economía y función distributiva no prospera o desarrolla, al final puede acabar convertida en una oligarquía pseudodemocrática. Y también, como una sucesión simétrica, si en una democracia ya establecida y asentada se siguen manteniendo estructuras socioeconómicas y políticas de latifundismo encubierto, su deplorable cualidad democrática será, de facto, una metástasis que progresivamente afectará a todos los servidores administrativos y políticos del país. Consecuentemente, en poco tiempo el estado se verá empujado a la refundación. Esta ha sido la realidad de muchos países africanos que en su momento inauguraron flamantes democracias, pero que por sus desequilibrios socioeconómicos internos no pasaron la prueba de la legitimidad sociopolítica, retornando repetidamente a encubiertas dictaduras y a nuevos intentos democráticos. Y también, aunque en otra dimensión, ésta es la realidad de España, permanentemente ensombrecida por la deficiente cualidad democrática de sus poderes públicos. La refundación política y territorial sería, sin duda, el camino menos doloroso.

 

© 2017 Josep Marc Laporta



     [1] Clásicos como John Stuart Mill o Alexis de Tocqueville vieron en la desigualdad una amenaza. Si los pobres podían votar, quizás su primera decisión fuese expropiar a los ricos. Por ello pronosticaban que el derecho de propiedad no podría sobrevivir a las demandas de la mayoría.
     [2] Una de las conclusiones más relevantes sobre el tema es un estudio de Carles Boix y Susan Stokes, que más tarde desarrollaría Carles Boix en solitario en su libro Democracy and Redistribution (Cambridge University Press, 2003).
    [3] Estas desigualdades, monopolizadas por los terratenientes, estaban ampliamente muy localizadas en las Castillas, Extremadura y Andalucía; mientras que en zonas del noreste, como Cataluña o Valencia, imperaba un repartimiento más equitativo de las tierras, propiedades y acceso al empleo paritorio.
     [4] Ciertamente las democracias estables están en conexión con el desarrollo económico. Sólo si existe un grado de desarrollo económico básico puede implantarse/generarse una democracia estable. Pero la realidad también dice que los Estados donde más se ha aumentado la renta per cápita y el desarrollo económico no han variado sus sistemas políticos, con claras referencias a los Estados petrolíferos. Los Estados con amplios recursos naturales o agrarios obligan a que los conflictos sociales extremos sean neutralizados, lo que imposibilita la democracia. Desde 1950, el 80% de Estados no exportadores de petróleo con una renta per cápita elevada han sido y son democracias. En los Estados petrolíferos, generalmente son los sistemas autoritarios los que prevalecen. Al depender su poder económico de este recurso natural su opción se decanta por la supresión de demandas de libertad y democracia.
     [5] Fernando Limongi y Adam Przeworski analizaron 135 países entre 1950 y 1990 y observaron que no solo es el desarrollo económico lo que produce el surgimiento de democracias. De hecho, existen numerosos casos de dictaduras ricas. Para estos autores, la aparición de sistemas políticos que permiten la participación de la ciudadanía es una cuestión exógena que depende de factores tan diversos como la muerte del dictador (Francisco Franco), la convocatoria de un referéndum (Augusto Pinochet) o revueltas ciudadanas (la 'primavera árabe').

· El meollo sociológico de Donald Trump

© 2017 Josep Marc Laporta

 

La irrupción en la política de Donald Trump, ahora ya vigente presidente de los Estados Unidos de América, ha causado un gran revuelo en todo el mundo. Sus formas, actitudes y especialmente su pensamiento social han hecho correr ríos de bips y tinta en todos los periódicos, televisiones y medios de comunicación en red del planeta. Teniendo en cuenta que desde Europa, Sudamérica y Asia la observación de cualquier fenómeno norteamericano se depura con toda una serie de estimaciones y consideraciones muy prefijadas y preestablecidas, es necesario subrayar que la aparición de Trump no es un asunto ajeno a influencias e interconexiones planetarias. Por descontado que su salto a la política es producto directo de distintos procesos sociológicos de la propia sociedad norteamericana. Sin embargo y como desarrollaré más adelante, también tiene una importante derivación que proviene de distintos influjos sociales de la globalización.

En la mayoría de nuestros oídos europeos el discurso de investidura del pasado 20 de enero del 2017 suena bastante duro por las directas referencias a la estricta y radical defensa de los intereses nacionales estadounidenses y su proteccionismo social. Pero en realidad esto no es nuevo. Los Estados Unidos siempre han defendido sus posiciones e intereses, tanto dentro o fuera del país, como cuando sus ejércitos han protegido su economía y productividad bajo el pretexto del orden mundial o la salvaguardia de la democracia. Nada nuevo aporta Donald Trump que no hayan proclamado anteriores presidentes. La gran diferencia estriba en el estilo chocarrero y tosco, en la forma de hablar insolente y petulante, y en la verbalización de sus xenófobos principios, posiciones sociales y políticas expresadas con el crudo lenguaje del hombre de negocios y empresario multimillonario.

El distintivo y trascendente valor que subyace en el pensamiento y discurso de Trump quedó reflejado y concretado en una breve y substancial frase pronunciada en la ceremonia de investidura: «os sacaré de las prestaciones sociales y os pondré a trabajar». Que un político hable de trabajo y empleo para sus conciudadanos no es nada nuevo, todos los hacen, y en mayor o menor medida es un léxico recurrente en la propaganda política. Lo que realmente resulta novedoso, y es parte de su base sociológica, es que contraponga las prestaciones sociales –es decir, el estado del bienestar– con el trabajo y sus consecuentes imperativos laborales. Por lo tanto, una primera apreciación en Donald Trump es el cambio sociológico respecto a la devaluación de los derechos humanos y las conquistas sociales –que también se da en otros políticos mundiales de corte populista y xenófobo. Es decir, poner el estado del bienestar en un espacio distinto e incluso antitético a la realidad del trabajo, éste último como un derecho por encima de la dignidad humana.

Un segundo apunte sociológico de su discurso es la depreciación, e incluso degradación, del estatus de ciudadano a trabajador. En el pensamiento social de Donald Trump, sirviéndose de las circunstancias, el ciudadano es una mano de obra al que hay que darle empleo y exigirle responsabilidades y que, desde su estricta y avasalladora perspectiva empresarial, lógicamente puede ser ascendido, controlado, despedido, excluido o desahuciado de sus derechos adquiridos. Esta mentalidad empresarial de la política se trasluce y sintetiza en su afán de fiscalizar la inmigración, construir un muro en la frontera con México o en retornar las empresas estadounidenses instaladas fuera del territorio nacional. No obstante, la coincidencia con los intereses del elector es alta. Las propuestas del presidente electo coinciden muy ajustadamente con la percepción del estadounidense medio, que ve cómo su economía y oportunidades de trabajo se han visto devaluadas repetidamente; todo ello fusionado con una variada miscelánea de posiciones conservadoras, antiabortistas, religiosas o ultra-republicanas.

Sin embargo, esas resistentes posiciones conservadoras no surgen fortuitamente o de manera improvisada si no fuera porque las economías domésticas de la población han sufrido grandes daños, porque la capacidad de consumo del ciudadano medio ha disminuido exponencialmente o porque las grandes fábricas de Detroit u otros lugares del país son ahora grandes cementerios con edificios y solares habitados por hiedras. La realidad económica, especialmente cuando paulatinamente se va degradando en constantes pérdidas, transfiere al ciudadano una posición o expresión social y política más reservada y protectora de lo propio, a todos los niveles: político, religioso y social. Expresado en otros términos, sociológicamente una economía que se devalúa progresiva e imparablemente, arrastra el pensamiento social a unas posiciones mucho más conservadoras, proteccionistas e intransigentes. Este es uno de los grandes contextos sociales que han dado lugar al ascenso político de Donald Trump.


Los datos económicos del país son bastante crudos, revelando duras realidades. Desde que Barak Obama asumió la presidencia, Estados Unidos ha pasado de una deuda pública del 73’4% del PIB al actual 106’34%. Observado de manera más dilatada en el tiempo, en 1975 el país tenía un 33% de deuda pública, llegando a la actual y descomunal cifra del 106’34%. El dictamen numérico es determinante para empezar a comprender qué es lo que ha sucedido en el trasfondo del país. El desmembramiento de la industria norteamericana –ahora más deslocalizada o mecanizada– ha desvelado la realidad de una sociedad media blanca que tenía un futuro más o menos asegurado generacionalmente y que ha visto cómo su entorno se ha degradado –tanto física como moralmente–, cómo muchos han caído en drogadicciones y de qué manera la decadencia no es solo una cuestión que afecta a la población negra o latina sino también a los blancos, y que no solamente es una cuestión laboral sino también de percepción psicosocial.

Un estudio aparecido el pasado verano revela que desde el año 2009 hasta la actualidad la esperanza de vida de los blancos de mediana edad sin estudios universitarios había caído un 22%.[1] La principal causa que explica este descenso de esperanza de vida son las enfermedades relacionadas con el abuso de drogas, el abuso del alcohol y los suicidios. Estos tres grupos muestran cómo hay un grueso de personas en zonas muy degradadas del país que han entrado en una espiral decadente y autodestructiva que tiene ver con una pérdida de la dignidad propia. Por tanto, gran parte del discurso de Donald Trump que le ha llevado a la presidencia tiene que ver con la pérdida de dignidad y es una explicación que él describe con frases alusivas como «os han arrancado la dignidad, os han hecho dependientes de un sistema de prestaciones sociales que os humillan, que os obliga a asumir un sistema de valores que no es el vuestro, como si fuera universal, y que a cambio lo que os ofrecen es un sistema de protección social que se convierte en un callejón sin salida en el que estáis cada vez más atrapados, en un mundo de subsidios sin trabajo». Y Donald Trump, en su campaña y discurso de investidura les dice y reta: «os sacaré de las prestaciones sociales y os pondré a trabajar», «os sacaré del pozo social donde os han metido y os pondré a trabajar».

A pesar de las recurrentes alusiones a la dignidad, el fondo de este pensamiento declara una posición ética y moral respecto a los derechos sociales muy transferidos o diluidos en el derecho al trabajo como bien supremo del ser humano. Sociológicamente, este paso de Trump pone en entredicho los grandes avances y derechos sociales logrados en las sociedades capitalistas, lo que nos llevaría a pensar cuál será realmente el trasfondo político-social que se vislumbra ante el nuevo escenario económico mundial. Pero para acabar de entender bien las razones sociológicas de la irrupción y meollo impulsor de Trump y de los procesos sociales de las masas trabajadoras y sus desenvolvimientos económicos, debemos hacer un pequeño viaje a la historia del capitalismo.

Cuando en 1760 empezó la revolución industrial, se introdujo en algunos países un sistema económico que después se conocería como economía de mercado o capitalismo. A raíz del boom industrial y la activación económica independiente de los estados, países como Inglaterra u Holanda empezaron a crecer y a desarrollarse. Consecuentemente y a discreción de las oportunidades comunes, algunos de sus ciudadanos se hicieron inmensamente ricos, por lo que las desigualdades dentro de esos países aumentaron, pero también subieron salarios y compensaciones. Ello produjo otra variabilidad: las desigualdades entre países también aumentaron a medida que Holanda e Inglaterra eran cada vez más ricas, mientras que el resto del mundo quedaba rezagado. Pero la revolución industrial y económica rápidamente continuó por Estados Unidos, el resto de Europa y también en Japón. De este influjo económico-laboral, las distancias entre ricos y pobres siguieron aumentando durante el siglo XIX hasta mediados del XX, prácticamente hasta 1975.

En ese último tercio del siglo XX, el 20% de la población mundial vivía en países ricos y el 80% en países pobres. Y entonces ocurrió algo sorprendente y trascendente: los países más pobres y al mismo tiempo más poblados del mundo reformaron sus economías, introdujeron la economía de mercado y empezaron a crecer. De repente 1.200 millones de indios, 1.300 millones de chinos y 4.000 millones de asiáticos vieron cómo sus ingresos empezaban a crecer a un ritmo del 6, 8, 10 y hasta el 12% anual. Ello produjo que las diferencias o desigualdades entre ricos y pobres se empezaran a reducir a nivel global, un fenómeno que se conoce con el nombre de la gran convergencia. Pero un suceso añadió aún más espectacularidad: la gran convergencia se aceleró a partir de 1995 cuando África empezó a tener tasas de crecimiento substanciales por primera vez en su historia. Consecuentemente, la globalización de la economía de mercado fue una realidad que comunicaría los países de manera absoluta, produciendo nuevos equilibrios planetarios.[2]

Es cierto que en algunos países las desigualdades entre ricos y pobres han aumentado en los últimos 30 años. Pero la gran convergencia ha sido tan enérgica y dinámica, que en los primeros estados donde la revolución industrial o la economía de mercado se instauró (Inglaterra, Holanda o posteriormente Estados Unidos), son los que ahora ven cómo sus intereses económicos resultan más afectados y se defienden de esta incesante intercomunicación económica planetaria que les empobrece. Un dato muy clarificador arroja más luz sobre el tema. En 1985, Estados Unidos exportaba por valor de 218 billones dólares, mientras China lo hacía solo por 27. Pero en 30 años el cambio ha sido descomunal: en 2015 Estados Unidos exportó por 1.504 billones de dólares, mientras que China ya le superó, exportando por valor de 2.274. Este nuevo escenario económico mundial es visto por los habitantes de los países ricos como una gran amenaza, que les empobrece, tanto en sus roles de vida como en la forma de vivir, aspiraciones sociales o en su economía domestica. ¿Y cómo se defienden?: generando instintivamente nuevos actores políticos, más populistas, absolutistas, reduccionistas y proteccionistas que pretenden implantar una nueva economía nacional, rechazando epistemológicamente los sistemas básicos del estado de bienestar para incorporar valores proteccionistas de categoría estatal y empleos a costa incluso de ciertos derechos sociales ya adquiridos.

El debate del equilibrio teórico entre derecho al trabajo y derechos sociales básicos muy probablemente será el nuevo campo de batalla de las sociedades tradicionalmente más avanzadas del planeta. La depreciación del concepto estado del bienestar ha comenzado su gran carrera de fondo etimológica, teórica y epistemológica, dados los nuevos y acechantes equilibrios socioeconómicos mundiales. La comparativa es obligada: la aparición de las dictaduras fascistas de Hitler, Franco o Mussolini, protegiendo los intereses de sus estados mediante la llamada a la seguridad económica y de trabajo de sus ciudadanos, y demonizando a supuestos enemigos externos e internos, fue, en realidad, la espoleta que los activó. La similitud entre aquellos totalitarismos y los nuevos políticos de corte populista y xenófobo es inquietante. La aparición de Donald Trump no es accidental ni casual. Responde a una realidad socioeconómica mundial que pone en entredicho la opulencia de los estados tradicionalmente ricos, obligándolos a repartir la riqueza planetaria e induciéndolos a una resistencia de retaguardia. Es así cómo el ajuste económico mundial está imponiendo un nuevo equilibrio con centro neurálgico en Asia. Este es, de hecho, el nuevo eje económico mundial. Los estados que primeramente crecieron y se desarrollaron con la revolución industrial y la economía de mercado son los que ahora asumen que no podrán crecer como antes, teniendo que retrotraerse ante la pujanza de los gigantes asiáticos, que empiezan a crecer de manera exponencial; lo que, sociológicamente, a los países ricos les obliga a comportamientos políticos más caudillistas y populistas, de corte reduccionista y proteccionista.

Es desde esta perspectiva que podemos observar el meollo sociológico de Donald Trump, con sus asientos políticos básicamente económicos, con sus derivadas empresariales, deterministas y populistas. O, lo que es lo mismo, el estado del bienestar devaluado a una empresa de cuentas, balances y beneficios, por lo que no es de extrañar que con el pretexto de la defensa del estado, los derechos ciudadanos se vean seriamente alterados para, prioritariamente, preservar y proteger el trabajo y la productividad. Donald Trump es un multimillonario empresario, capaz de luchar aguerridamente por sus intereses económicos donde sea. Consecuentemente, para conseguir sus propósitos políticos también puede ser capaz de ser absolutamente autoritario y extremadamente hostil, enfrentándose si es necesario a las distintas realidades y sensibilidades sociales, tanto humanas, ecológicas como humanitarias; evidentemente con la necesaria aquiescencia del Congreso.

Para muestra un botón. Uno de sus primeros actos de servicio como presidente es la derogación del ObamaCare, el nombre no oficial de The Patient Protection and Affordable Care Act. Esta reforma de las leyes de la salud pública firmada por Barack Obama el 23 de marzo del 2010 pretendía dar acceso a más norteamericanos a una sanidad asequible, mejorando la calidad de los mismos y regulando la industria de los seguros médicos. Esta derogación de Trump expone con bastante exactitud la base sociológica de su pensamiento social y político: de ciudadanos a trabajadores; de derechos civilesdeberes laborales. Es decir, proteger los intereses del estado a costa de devaluar los derechos sociales y humanos de los propios ciudadanos; y, también, a cargo directo de los equilibrios socioeconómicos internacionales. Porque, a pesar de que a simple vista lo parezca, defender el derecho al trabajo y la productividad no significa, implícitamente, defender los derechos de los ciudadanos. Incluso puede ser totalmente lo contrario. Esta es la trampa ética que se esconde detrás del afán proteccionista de Trump.

 

© 2017 Josep Marc Laporta


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     [1] La diferencia entre este grupo demográfico y su equivalente hispano en esperanza de vida es de un 75%.
     [2] Apuntes de Xavier Sala-i-Martín en Informe de Oxfam: Perder la Credibilidad Intelectual (enero de 2007)

· Regalos solidarios: niños damnificados

1-        Ser pobre no es, implícitamente, triste
2-     Regalos y colonialismo occidental
3-     Regalar no es solidaridad, acostumbra a ser chantaje
4-     Lo que hiciereis a uno de los pequeños...
5-     ¿Unir solidaridad y evangelización?
6-     El espectáculo videográfico de la bondad
7-     Atender a los niños es atender a los padres
8-     Alimentación, educación y solidaridad
9-     ¿Justicia social o buenismo?
10-  El negocio de la conciencia tranquila

© 2016 Josep Marc Laporta

     La gran mayoría de las operaciones solidarias en el tercer mundo se proyectan y ejecutan muy tensionadas por preestablecidas posiciones ideológicas, morales y costumbristas occidentales, según parámetros e intereses del primer mundo. Una emocional e indeliberada ideología cooperante aparece abruptamente entre los benefactores, determinando el tipo y la cualidad de las acciones que realizarán. Consecuentemente, la insuficiente reflexión sobre las verdaderas necesidades del campo de misión, conducirá a decisiones y acciones equívocas y poco sostenibles en el proyecto solidario.

     Los más débiles de la sociedad, los niños, éticamente son los grandes damnificados por esas buenas intenciones de corte más emocional que ponderado. El dador o cooperante, sin prácticamente salir del espacio ciego de sus conmovedoras propensiones, siente una irresistible vocación redentora al ver los niños sufrir. Pero su impulso está muy tamizado por su novelesca formación occidental en referencia a las misiones, lo que le conduce a sencillas resoluciones, tipo “para ayudar a los pobres niños pobres, con que son niños, lo que más desearán y les hará ilusión serán regalos, obsequios y juguetes”, y “si se hace con amor y buena voluntad, ¡mejor que mejor!”. Pero en solidaridad, los obsequios tan solo son una pequeña y complementaria parte de un proyecto educativo, participantes de un amplio programa de cooperación, pero no el programa mismo ni la propia acción solidaria. Consecuentemente, la emoción de regalar a niños pobres como proyecto es, en esencia, una efervescencia impresionable de los occidentales, a remolque de sus emotivas reacciones de conmiseración.

     «Dios bendiga a todas esas personas que hacen posible esos regalos. Han sido de mucha bendición, yo fui en un equipo para repartirlos, y ver los rostros sonrientes de los niños es algo que no tiene precio».

      «Es una excelente oportunidad, y la felicidad en la carita de los niños es genial, fue un evento extraordinario».

      «Cuando veo a los niños tan contentos, me dice el corazón que estamos haciendo una gran obra. Me cautiva verlos tan felices y Dios sabe que lo hacemos para Él y para que los niños sean felices en medio de su pobreza».

     Esta rápida mirada a algunas de las típicas reacciones de los dadores occidentales al hacer obsequios a niños del tercer mundo, nos da una idea muy aproximada del auténtico trasfondo solidario y de sus verdaderas inquietudes e impulsos. El desvalido niño se convierte en mercancía de las emociones occidentales, en un obsceno intercambio de sentimientos: él se pone contento al recibir regalos, y nosotros nos emocionamos al ver sus caritas de felicidad, aunque en realidad nos despreocupemos completamente de las verdaderas insuficiencias estructurales que les obligan a ser pobres. De esta manera, cerrado el círculo vicioso de la solidaridad gratificada, el donante creerá que está haciendo una gran obra humanitaria, mientras que, en realidad, lo que verdaderamente estará haciendo será satisfacer su sibarita vanidad occidental. 

     Hay serias y razonadas objeciones de fondo para revisar críticamente este emocional prototipo de pensamiento solidario. Para dilucidarlo mejor, desarrollaré punto por punto algunos aspectos medulares, desmitificando el modelo.

 

     1- Ser pobre no es, implícitamente, triste ni ha de dar sistemáticamente pena occidental. La mayoría de las veces ser pobre en el tercer mundo es conceptual y psicológicamente menos triste que ser de clase media europea o norteamericana. Relacionar pobreza con niños afligidos y desconsolados por la mala suerte que les ha tocado vivir es razonar con mentalidad de rico occidental, que une progreso material y económico a felicidad. Esta asociación de ideas es muy común entre organizaciones solidarias, tanto en las que trabajan exclusivamente con niños como las que lo hacen con adultos. Muchas de ellas, al confundir pobreza con penuria emocional, lo que hacen es sentar las peores bases para el desarrollo de sus acciones solidarias, porque análogamente creen que lo que a ellos les hace felices, por un simple sistema de vasos comunicantes igualmente tendrá que serlo para los niños socorridos. Y bajo esta manera de pensar enviarán regalos, obsequios y agasajos solidarios que a los ricos cooperantes les satisfarán, creyendo que a los tristes niños del tercer mundo les aliviará la gran pena que tienen de ser pobres. Pero, a no ser que la pobreza sea fatídicamente límite y trágica, por lo general, ellos, los niños, son y serán felices a su manera, independientemente de nuestros regalos de ricos. Lo que de verdad necesitan son cuidados alimenticios, educación, sanidad y el cobijo de un techo digno.

     Ejemplo: Es paradójico ver cómo jóvenes voluntarios occidentales que esporádicamente viajan a países del tercer mundo para cooperar, habitualmente suelen sentirse mucho más impactados por la vitalidad, felicidad y grandeza de espíritu de los niños africanos que por su propia misión y por lo que ellos mismos puedan aportar y obsequiar. Psicológicamente y moralmente, reciben más de lo dan. Este contrasentido se repite en muchos lugares, revelando nuestra emocional tendencia occidental a creernos los verdaderos salvadores de las necesidades del tercer mundo. Pero en otros casos, además, sucede que los esporádicos cooperantes se ven tan abrumados por las grandes muestras de afecto y cariño de los necesitados, que desean quedarse entre ellos para ayudarlos permanentemente. Pero en realidad no están actuando desde la convicción de una cabal iniciativa solidaria, sino que se sienten psicológicamente tan llenos y realizados, en comparación con su realidad en el primer mundo, que, sin saberlo, quieren tener su propia terapia psicológica, autosatisfacción y realización personal viviendo e intentando ayudar en los países pobres. Claramente esto no es solidaridad ni ayuda al tercer mundo, ni tiene sentido de proyecto ni concreción cooperante. Llevados instintivamente por exclusivas necesidades propias, esos proyectos prácticamente no tendrán recorrido y tan solo serán un intercambio de sensaciones solidarias, sin gran incidencia en lo que realmente importa y trasciende.


        2- Los regalos occidentales al tercer mundo acostumbran a ser una nueva estrategia del colonialismo occidental. Los niños de los países pobres tienen sus propios sistemas de juegos, tan divertidos e incluso más que los nuestros. Con más o con menos juguetes, acostumbran a entretenerse con multitud de pasatiempos, tan creativos y dinámicos que sorprende verlos disfrutando con su propia imaginación. Aunque siempre pueden ser bienvenidos, no necesitan imprescindiblemente de camiones, muñecas u otros fantásticos artilugios para ser felices. Si los occidentales creemos que regalos de este tipo son una buena manera de ejercer la solidaridad, es más bien por nuestra tendencia autojustificativa y neocolonialista, al creer que ellos solo podrán ser felices si alcanzan los mismos valores en cuanto al juego, tiempo libre y entretenimiento que los nuestros. Es la educación colonialista por la vía directa del regalo, pasando por encima de los naturales procesos de sus culturas y civilizaciones. Y pese a que el mundo es un pañuelo y desde sus países observan occidente como un gran y apetecible Disney World, la invasión antropológica de los Papas Noeles europeos y norteamericanos con regalos y agasajos es un desembarco de muy buena voluntad, pero de poca eficacia solidaria, pues desequilibra los procesos autóctonos de crecimiento. El colonialismo de los regalos aún cree que con el agasajo se conseguirá erradicar el hambre, crear mejores relaciones gubernamentales o mejorar sus condiciones de vida. Mayúsculo error.
        Ejemplo: No hace mucho tiempo pude observar cómo una organización humanitaria europea[1] regalaba a niños de una tribu minoritaria de Gambia, los Wólof, bolsas con lapiceros de colores y libretas con dibujos para reseguir. Dos días después encontramos muchos cuadernos tirados por las calles, mientras que los lápices de colores los utilizaron para pintarse la cara, a modo de sus ancestrales costumbres. La pregunta es ¿qué proyecto había detrás de esas bolsas repartidas a granel? Porque aparte de la idoneidad y de sus contenidos, y de si sin una supervisión educacional realmente era lo más adecuado para la formación integral de los niños, ¿por qué hay que repartir al viento, sin ton ni son, bolsas a los niños de una población? El regalo por el regalo, sin un proyecto que tenga contraprestación, supervisión y objetivo, es una muestra más de nuestro colonialismo barato, efímero e indiferente ante las reales necesidades de los países pobres. El problema añadido es que, seguramente, los cooperantes sacarían bonitas fotos mientras regalaban las bolsas a los niños africanos, que probablemente reprodujeron en las redes sociales de su país para dar cuenta de la gran obra que realizaron.


      3- Regalar no es solidaridad, más bien es un chantaje. Sobre todo en solidaridad internacional, cuando se regala algo a cambio de nada, cuando se pretende ayudar tanto que se da algo que nos cuesta poco pero que a ellos les parece mucho, cuando se quiere ser tan solidariamente espléndido y generoso que das lo te apetece y, encima, te hace gracia, en realidad estás tratando a los receptores de incapacitados y de simples recipientes de una bondad utilitarista y narcisista. En cooperación internacional, regalar acostumbra a ser un chantaje emocional y no es solidaridad, porque con el obsequio se le ofrece en bandeja de plata la pleitesía, la sumisión y el silencio obediente. La consecuencia de todo ello es un círculo vicioso de dependencias, en el que los ayudados se sienten en deuda permanente y ven al benefactor como un gran Papá Noël del que siempre esperarán un nuevo acto de benevolencia gratuita. El círculo vicioso se convertirá en infinito y no repercutirá positivamente en sus necesidades reales.
     Ejemplo: En 2009, un equipo de cooperantes belgas[2] puso en marcha una campaña de ideas para ayudar al tercer mundo. La idea ganadora fue regalar un mes de estancia en Bélgica a diez niños de un colegio de Afganistán, para motivarlos en su educación general. La gran idea acabó tan mal como mal había empezado el desatinado proyecto. Regalar un mes de vacaciones educacionales en Europa, mientras otros cuatrocientos quedaron a la espera de nada, provocó fuertes desencuentros entre padres, educadores y cooperantes. Al final el proyecto se suspendió.
     Las grandes ideas no siempre son las mejores. Las más útiles son aquellas que son fruto de un estudio cabal, concreto y específico sobre las necesidades de una zona del tercer mundo. Los regalos, apadrinamientos masivos e impersonales, o los proyectos que implícitamente apabullan a los necesitados, fácilmente se pueden convertir en un chantaje emocional: los receptores quedarán inmensamente agradecidos, no habrán hecho nada para lograrlo, y los cooperantes, satisfechos de su gran obra ofrendada, obtendrán una obediente y permanente sumisión. 


     4- Lo que hiciereis a uno de los pequeños a mí me lo hacéis.[3] La interpretación de esta frase de una parábola de Jesús se ha convertido en la panacea interpretativa de una especie de solidaridad religiosa hacia los más desvalidos, los más pequeños: los niños. El mensaje parece evidente: lo que se haga a uno de los más pequeños, a Dios mismo se hace. En principio el texto puede dar la idea de que da total libertad para valorar qué es lo mejor o lo más adecuado para colmar las necesidades de los auxiliados. Pero no es así. Sin entrar en profundas reflexiones teológicas, que por su variedad hermenéutica sería largo analizarlas, sí que se puede observar que, posteriormente, el pasaje bíblico alude a qué tipo de acción se deberá de realizar. No es que solo hay que hacer algo, sino que lo que se debe hacer ha de ser exactamente relacionado, concordante y dependiente de la necesidad: «Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis». Es decir, si hay hambre, evidentemente habrá que dar de comer; si alguien es forastero, incontestablemente se tendrá que acoger, si uno está pasando frío, sin duda se deberá cubrir o si está en la cárcel habrá que visitarlo. La relación entre el dador y ese pequeño de la parábola, que puede ser un niño, implica una responsabilidad integral y completa sobre su necesidad. No parcial, no sectaria, no improvisada, no al capricho de ideas geniales o fantásticas ocurrencias, sino ejerciendo una responsabilidad integral que supla lo más colmadamente su necesidad.
     Ejemplo: Una ONG cristiana internacional[4] reparte cada año a niños pobres en distintos lugares del mundo una caja de zapatos solidaria llena de pequeños juguetes, elementos de higiene, cuadernos para pintar, artículos útiles para su educación y algún detalle de contenido cristiano. En los meses anteriores a Navidad, miles de hogares y familias occidentales preparan con cariño las cajas para ser enviadas por la organización a destinos de África o Asia. Este modelo podría considerarse lícito y tal vez no debería objetarse, porque la solidaridad del apoyo moral y del cuidado emocional también es positiva. Sin embargo esto sería cierto si no fuera porque el fondo del proyecto se sustenta muy acentuadamente en la emoción de la sorpresa, en qué encontrarán los niños en las cajas y cómo reaccionarán a esos regalos, en principio, útiles. Aparte del impacto y gratificación emocional y moral que, por otro lado, es un valor absolutamente inherente en toda acción solidaria por lo que no debería ser una actividad específica, este proyecto cooperante es bastante endeble. Desde de los idearios de cooperación internacional, el proyecto de esta ONG es débil, de muy breve impacto y de poca incidencia en el campo de misión, tanto a corto, medio o largo plazo. Especialmente lo es, también, si se compara con la esforzada y esmerada campaña de recogida de cajas en los países occidentales y su transporte. Si lo miramos desde la incidencia real y específica, en pocas semanas el impacto solidario se habrá desvanecido. Y aunque el encuentro con las cajitas quede grabado en la mente de los niños como un gran y emocionante recuerdo, la verdad es que sus auténticas condiciones de vida seguirán siendo las mismas. En realidad, el proyecto solidario de esta ONG es regalar emociones, grandes recuerdos y unos pequeños juguetes y útiles, sin transformar en profundidad sus auténticas necesidades diarias.   


     5- Unir solidaridad y evangelización es lícito, pero no siempre es aconsejable. Esta afirmación puede dar lugar a muchas interpretaciones y discrepancias. Sin embargo es necesario ampliar el punto y explicar bien los porqués. Primeramente, no estoy diciendo unir solidaridad y testimonio como lógica forma de vida del cristiano que actúa como lo que es, aunque esté trabajando en cooperación internacional; sino unir interesadamente solidaridad y evangelización. Es decir, hacer solidaridad para, como excusa, predicar y evangelizar. Muchas organizaciones cristianas han aprendido a utilizar el pretexto de la solidaridad para hacer evangelismo, como una estrategia. Pero en el Nuevo Testamento advierto que Jesús, innumerables veces, sanó a enfermos y, como una cuestión posterior, les preguntaba si querían que sus pecados les fueren perdonados. Y en otras ocasiones tan solo sanó sus dolencias físicas, sin actuar más allá. Unir solidaridad y evangelización, argumentando que de esta manera se realiza una acción integral hacia el ser humano es, en principio, lícito, pero acostumbra a entrar en un campo resbaladizo y fácilmente deshonesto, al querer cambiar ayuda por escucha. Es más veraz y genuino actuar operativamente cuando se presenta una necesidad material o física, y, consecuentemente, el testimonio como cristianos aparecerá y se transmitirá con toda naturalidad y transparencia.
     Ejemplo: Una de mis primeras experiencias solidarias fue en un comedor social dirigido por cristianos. Cada día se daba un plato de comida, a mediodía y por la noche. Antes de empezar a comer se pedía a los comensales unos momentos de silencio para dar gracias a Dios por la provisión. Como testimonio cristiano, el detalle de orar es coherente; al fin y al cabo la misión era cristiana. Pero mientras degustaban los alimentos, antes de que todos acabaran de comer, un orador se levantaba y empezaba a hablarles de Dios, predicando un insistente mensaje de salvación. Lo cierto es que parecía una encerrona. Muchos se sentían incómodos y lo que en realidad sentían era menosprecio a esa forma de actuar y, por ende, al Evangelio. Tal vez hubiera sido mejor decirles que, más tarde, con el café podrían escuchar de la Palabra de Dios e invitarlos a quedarse unos minutos más. La coacción o la exigencia proselitista en un proyecto solidario de primera necesidad humana, no es la mejor manera de predicar el Evangelio de la gracia.
     Con los proyectos solidarios de inspiración cristiana para niños sucede algo parecido. Se pretende mezclar muy sutilmente solidaridad con predicación, buscando la manera de introducirlos en un contexto cristiano, con implícitas enseñanzas que sean de referencia para sus vidas. Esta actitud sería loable si no fuera porque muchas veces detrás de ello se esconde un pretexto: la salvación de las almas sin importar en demasía sus profundas carestías cotidianas. Y, muchas veces, sus idearios se rearman en unas bellas palabras de Jesús respecto a los niños, alterando su significado: «Dejad a los niños, y no les impidáis que vengan a mí, porque de los que son como éstos es el reino de los cielos».[5] Sin duda, el mensaje de salvación es para todos niños y mayores, naciendo de nuevo, haciéndose como niños. Sin embargo, la mano que acude al socorro de aquél que pasa necesidad debiera ser una consciente respuesta de la urgencia y la responsabilidad de utilizar bien su posición como auxiliador. De esta exigencia también habla Jesús y el Nuevo Testamento (Lucas 10:25:37; 1ª Juan 3:17; Santiago 2:15). 


     6- El espectáculo videográfico de la bondad. Fotografiar o hacer vídeos de los niños del tercer mundo para promocionar nuestra actividad solidaria, muchas veces se convierte en una codiciosa forma de manipular los sentimientos y las reacciones emocionales de los donantes occidentales mediante deplorables imágenes. Demostrar que se está haciendo el bien a través de fotografías escogidas de niños sonrientes y agradecidos u otros en estado crítico, en muchos casos roza la inmoralidad. Si en nuestros países difuminamos la cara de los niños para proteger su privacidad, ¿por qué con los niños africanos o asiáticos hacemos lo contrario, exponiéndoles al mundo? Ciertamente en ocasiones será necesario obtener imágenes de su realidad social y perentorias necesidades para informar y ayudar a que el donante obtenga una mejor conciencia de la realidad. Sin embargo, más allá de lo puntual y específico, nada obliga a un dispendio de fotografías y vídeos innecesarios.
     Ejemplo: La mayoría de ONG’s guardan grandes archivos con fotografías de los voluntarios, promocionando masivamente sus actividades en el tercer mundo. Una de ellas tuvo un especial encuentro con la justicia.[6] Después de publicar un gran reportaje de fotografías y vídeos en su portal de Internet y en las redes sociales, les llegó una demanda de un país africano por utilizarlas sin permiso. La razón que aludieron es que 1º- las fotografías no correspondían exactamente al programa que realizaban en la zona; y 2º- habían escogido las más sorprendentes por su contenido, sin corresponder con la realidad media del lugar. Al final, las relaciones políticas y administrativas entre ambos países no permitieron avanzar en la judicialización. Este modelo de espectáculo videográfico de la bondad se reproduce en muchas ONG’s, produciendo una vulneración de los derechos de los niños.


     7- Atender a los niños del tercer mundo es atender a sus padres. La razón básica de atender preferentemente a los niños y no directamente a los padres es por causas de abandono o dejadez estructural de las familias y sus sociedades. Es decir, porque los padres no pueden o no saben ocuparse de ellos convenientemente y/o porque los sistemas políticos de sus países no tienen la capacidad o la estructura necesaria para abarcar sus necesidades. Atender a los niños mediante la sanidad y educación es atender a los padres, creando puentes de asistencia, relaciones y auxilio estructural. Sin embargo, cuando se realiza un programa de ayuda a los niños sin la previa o paralela involucración de los padres, acostumbra a ser un proyecto falto de autenticidad y dirección. A no ser en casos de extrema necesidad, por situaciones de emergencia, hambruna límite o catástrofes naturales, los programas han de contar previamente con los padres y educadores de la zona. Pero primeramente con los padres. Actuar directamente con maestros y tutores educacionales, pasando por encima de los padres es utilizar los niños como mercancía para nuestros proyectos solidarios. Si en occidente no haríamos una actividad o ayuda pasando por encima de los padres, ¿por qué en el tercer mundo sí?


     8- La alimentación, educación y sanidad son los mejores instrumentos solidarios para ayudar a los niños del tercer mundo y a sus familias. Fuera de la estricta alimentación, educación y sanidad (higiene, salud, saneamiento, etc.) cualquier otro supuesto auxilio humanitario a niños del tercer mundo puede llegar a ser absolutamente superfluo. Los ejes básicos e ineludibles de la solidaridad hacia niños necesitados son la alimentación, la educación y la sanidad. Educar desde su realidad para ayudarlos a crecer en cultura, comprensión y discernimiento social, y proveer de sanidad para generar hábitos saludables y perdurables, además de suplir urgencias de desnutrición, hambre y carestías. Estas son las mejores herramientas para sacarlos de su pobreza. La vasta experiencia en proyectos solidarios en África enseña que estos tres ejes son insustituibles y que cualquier proyecto que se aparte de ello vendrá a ser una excusa para satisfacer presunciones y vanidades occidentales.


   9- Es mejor cooperar o donar en razón de la responsabilidad respecto a la justicia social que no movidos por una sensiblería humanitaria. Toda emoción solidaria tiene una ideología. Y si tiene ideología tiene un diseño de la verdad y un moralismo a aplicar. La tendencia de la caridad es dar por pura conmiseración, como un automático resorte emocional, que en el fondo se despreocupa de la más absoluta e integral realidad. Por ello, ante la necesidad del prójimo conviene administrar desde la justicia social, para no hacer de la caridad religiosa una excusa buenista. La caridad acostumbra a generar un permanente asistencialismo y clientelismo, realizando un superficial análisis de la realidad, actuando en la epidermis del problema, como un analgésico momentáneo. Sin embargo, justicia social implica ver dónde realmente está la necesidad, para descifrar la mejor manera de actuar con diligencia, con la finalidad de cambiar la situación sin depender de inestables impulsos, tan típicos de nuestras tendencias opulentas.
     En la teoría de la cooperación internacional, la diferencia entre caridad y justicia social es que la segunda parte de la base de que todos vamos en el mismo barco, todos somos iguales, contribuimos de acuerdo a nuestra capacidad y recibimos de acuerdo a nuestra necesidad. Sin embargo, la psicología de la caridad gestiona las diferencias sociales como conceptualización de la acción. En realidad, trata de que los ricos nosotros dejemos alguna migaja para que más o menos todo siga igual y que esas migajas sean gestionadas de manera que no afecten mucho a nuestro ritmo de vida. Pero para ser justos socialmente, no hay que implicarse desde la caridad de las emociones o desde el asistencialismo primario que suple tan solo el día a día, sino inmiscuirse en el problema.


        10- El negocio de la conciencia tranquila occidental. No basta con hacer un bien y tener la conciencia tranquila, habrá que saber las consecuencias que genera hacer ese bien. Para que una acción sea fructífera no es necesario solo tener una intención buena y hacer algo correcto que justifique la propia conciencia, también es necesario supervisar, garantizar y corroborar su impacto y sus resultados. En muchos ámbitos de la cooperación, especialmente los dadores, se desconsidera el seguimiento y las consecuencias, porque al final de cuentas es una emoción de simple conmiseración la que moviliza la solidaridad. De esta manera, el dador occidental fácilmente se convierte en un yonki de las emociones buenistas, alimentando un negocio de conciencias tranquilas sin mayor discernimiento que el de sentirse bien. En el caso de los obsequios a los niños de países del tercer mundo, el mismo regalo es un producto amnésico para las conciencias occidentales. Utilizamos la psicología típica del regalo común: dar algo para quedar bien. Este es, en el fondo, el negocio de las tranquilizantes conciencias occidentales.

 

© 2016 Josep Marc Laporta




     [1] Watford Development Cooperation.
     [2] Solidarité Afghanistan Belgique.
     [3] Mateo 25:40-45.
     [4] Samaritan’s Purse (Decisión en España)
     [5] Mateo 19:14. La Biblia de las Américas.
     [6] Lavorare nel Mondo.