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· Confinamiento y desorientación

© 2020 Josep Marc Laporta

1- La desorientación situacional
2- El aturdimiento psicológico
3- El estrés por confinamiento

 

En todos los confinamientos, ya sean carcelarios o sanitarios, se produce una desorientación que se manifiesta muy claramente hacia el décimo día. En las primeras jornadas, la psicología conductual del individuo va a remolque de la novedad de la situación, a pesar de que ésta sea muy incómoda, indeseable o incluso detestable. Pero más allá de una semana, con la reiteración de los días, la reproducción de algunas rutinas ya adquiridas y los automatismos, la capacidad de tolerancia disminuye, por lo que se produce una gran desorientación psicológica con una palpable inadaptación al medio.
Este periodo aproximado de diez días rompe con las expectativas anteriores, más o menos optimistas, llevaderas o soportables, para aterrizar a una realidad imprevista. La incierta novedad inicial da paso al desasosiego; y la incapacidad de acomodación a la ansiedad. Y en medio de todo ello aparecen tres elementos característicos: la desorientación situacional, el aturdimiento psicológico y el estrés por confinamiento.

1- La desorientación situacional 

La desorientación situacional aparece tras un primer periodo de consciencia de reclusión en los pocos metros cuadrados del habitáculo familiar. Todo lo que sucede en el mundo real del individuo empieza, transcurre y acaba en ese pequeño espacio. Por consiguiente, todo lo anteriormente aprendido que fue localizado en múltiples lugares, entornos o ámbitos se reduce obligatoriamente a unos pocos metros. El aprendizaje social de la vida se comprime obligatoriamente a un lugar que antes, en cualquiera de los casos, era una parte del todo. Cuando esto sucede, nuestra mente sigue tratando de ajustarse a la manera y modo anterior, buscando las referencias aprendidas y aprehendidas sin que realmente le sean válidas o útiles. Pero también perdemos la noción de los días de la semana, lo que también añade una desubicación espacio-temporal.
Para salir de la desorientación situacional es necesario ejercitar la ‘mente lenta’, la que no se apresura pretendiendo resolver las cosas rápidamente y a la máxima velocidad bajo el impulso del aquí y ahora. La ‘mente lenta’ es la que razona paso a paso, identificándose uno mismo como el actor principal e ineludible de la nueva realidad, asumiéndola. Tomar consciencia pausada pero decidida de la situación, de las condiciones, las circunstancias y los diferentes escenarios que se presentan, ayudará a tomar decisiones proporcionadas con la mirada puesta en el futuro, superponiendo el mañana al presente.
 Un paso vital para salir de la desorientación situacional es adquirir consciencia de que el tiempo de reclusión tendrá su final y que pensar en el mañana es más importante que anclarse mentalmente en el presente. No hay que pensar con la mente del pasado ni con la mente del presente, sino con la del futuro. En otras palabras, qué debo hacer hoy para que el futuro liberado, que seguro que vendrá, me encuentre en buenas condiciones para alcanzarlo con la mejor consecución y con las mínimas secuelas.
 Numerosos estudios realizados a presos recluidos en cárceles han presentado esta realidad: la conciencia de un futuro liberado implica un presente responsable que tome actitudes de acorde a ese futuro. Por tanto, gran parte de la resolución psicológica del confinamiento radica en mirar hacia el futuro con la finalidad de asirnos a pensamientos, actitudes y actos que preparen ese mañana. Los reclusos que han salido de manera más exitosa de la prisión son los que han aprovechado su tiempo para estudiar una carrera universitaria, han aprendido una profesión o han descubierto una vocación o pasión hasta el momento desconocida. Simple y llanamente: preparar en presente el futuro. Así que en este tiempo de confinamiento obligatorio por causa de la propagación del SARS-CoV-2, lo más aconsejable es pensar con la ‘mente lenta’, decidiendo prepararnos de la mejor forma posible para el futuro que vendrá. Consecuentemente nos liberará de gran parte de la presión que nos imponen los pocos metros cuadrados de confinamiento, concentrará nuestra mente de manera más efectiva y nos hará más proactivos para el fin que perseguimos.

2- El aturdimiento psicológico 

El aturdimiento psicológico hunde sus raíces en la incertidumbre, el miedo y la inseguridad. Ante una situación totalmente nueva y no controlada, la mente acostumbra a refugiarse buscando aquellos parámetros de certidumbre que antes disponía. De ahí la aparición del miedo o el temor a lo desconocido. Es evidente que los parámetros antiguos que eran un refugio para enfrentar las dificultades pasadas no servirán en esta nueva etapa. Así que lo más sabio es aprender cuáles son las nuevas referencias lo más pronto posible. Optar por comprender dónde están situados los nuevos contornos domésticos, sociales y familiares ayudará a superar el aturdimiento de la confinación.
     En primer lugar se deberá asumir que el miedo es un recurso propio de nuestra mente cuyo fin es prevenirnos de alguna situación indeseable y peligrosa para nuestra integridad. Por tanto, sabemos que su misión es preventiva, no resolutiva. Es decir, el miedo no determina el grado de intensidad o gravedad de cualquier futuro suceso, sino que básicamente es un anuncio. No obstante, el miedo también aparece en muchas personas como una luz de emergencia muy incontrolable y aleatoria. Asoma de manera espontánea y caprichosa ante cualquier situación que se salga del cauce habitual, por pequeña que sea. Tampoco es que ese miedo predetermine situaciones graves o catastróficas, sino que más bien salta de manera automática sin ninguna razón evidente. Es por esto que se deberá aprender a distinguir entre los dos tipos de miedo para saber responder adecuadamente.     
Ante la disyuntiva de los dos temores, habrá que aprender a separar el miedo de la prevención real del miedo caprichoso y sobrevenido. Esto es básico y esencial para saber cómo actuar en periodos de confinamiento obligado. Si no aprendemos a conocer cuál de los dos miedos nos asedia, difícilmente sabremos actuar de manera responsable y acertada. Una manera de distinguirlos es cotejar la emergencia que se nos anuncia con la más ajustada realidad que vivamos y preveamos. Es decir, pensar con la ‘mente lenta’ y valorar detalladamente el anuncio del miedo con la auténtica realidad del supuesto futuro. Y aunque es totalmente comprensible y lógico que el actual y obligatorio confinamiento en el hogar nos genere importantes estados de incertidumbre e inseguridad, tanto en lo familiar como en lo económico y laboral, también es innegable que hay cosas que no podemos controlar y cosas que sí. Y las que sí se pueden controlar son las dependen de nosotros mismos para aprovechar el tiempo presente y preveer el futuro que nos espera. La mejor manera de hacerlo, ya que tenemos tantos recursos a nuestro alcance mediante Internet y las redes sociales, es, por ejemplo, prepararnos y aprender más sobre nuestra profesión o actividad laboral. Prácticamente cualquier actividad que podamos imaginar tiene en la red alguna posibilidad de aprendizaje o reciclaje.     
Actuar resolutivamente con responsabilidad acobarda cualquier miedo, ya sea justificado o injustificado. Acobardar el miedo es demostrarle que uno está por encima de él y de sus timoratos argumentos. Y para lograrlo es necesario tomar cartas sobre el asunto que nos compete, no dejar para mañana lo que se pueda hacer hoy y asumir que gran parte de nuestro futuro va a depender de muchas pequeñas y determinadas decisiones que tomemos en tiempo presente. El confinamiento solo es un encierro físico, no mental. Dar un paso decidido para entenderlo y asumirlo es vital para que ningún miedo nos atenace y manipule a su antojo. 

3- El estrés por confinamiento      

El estrés por confinamiento envuelve tres variables: la convivencia familiar permanente, el estrés informativo y la apatía de la inactividad. 

La convivencia familiar permanente presenta una de las tipologías de estrés más acusadas, puesto que la constante reclusión diaria es, paradójicamente, un estado poco habitual en el núcleo familiar. No obstante, es absolutamente concluyente que convivir requiere un claro orden en las relaciones entre miembros y en las actividades caseras, con una buena disposición del espacio compartido y un efectivo respeto por la intimidad de cada uno.
Básicamente todas las relaciones humanas saludables se construyen desde la observancia del conjunto, no desde la individualidad. Y, especialmente, al estar confinados en un mismo espacio o habitáculo es necesario tener muy en cuenta que la individualidad no puede pasar por encima del grupo, aunque, lógicamente, tampoco al contrario. Atender la salud social del grupo, implícitamente atiende la salud social del individuo. Esto implica que cada uno de los miembros del núcleo confinado deberá de tener una clara conciencia del valor del colectivo para conciliar las relaciones, tanto humanas como logísticas. Ambas, las relaciones humanas y las logísticas, se deberán acordar y ajustar de la mejor manera posible para que el orden y la coordinación fluya naturalmente y para que cada uno mantenga su espacio privado como un lugar de libertad y realización personal aspecto importantísimo para una buena relación e interacción comunitaria. Sin embargo es probable que los conflictos por alta contigüidad aparezcan y que cualquier interlocución se convierta en una discrepancia mayor. Por ello establecer rutinas caseras para niños y mayores, bien identificadas y aceptadas por el grupo familiar permitirá compensar o armonizar mejor las relaciones sociales.

Algunas ideas para familias con niños son:

1- Continuar con horarios de desvelo y sueño muy similares a los del tiempo escolar.
2- Realizar las tareas escolares encomendadas por las mañanas y desde primera hora.
3-   Dedicar la tarde a diferentes formas de juego individual y colectivo.
4-   Introducir por las tardes juegos de mesa y de reunión familiar sin pantallas u ordenadores.
5-   Realizar diversas actividades físicas a modo de gimnasia o divertidos juegos aeróbicos o anaeróbicos. Los anaeróbicos son más aconsejables para las últimas horas del día.
6-   Disponer el tiempo de baño o ducha para antes de ir a la cama, no a primera hora de la mañana o en medio del día.

Algunas pautas para los adultos son:

1- Mantener los horarios habituales, como levantarse, asearse, las comidas o ir a la cama por la noche
2-    Dedicar un tiempo suficiente aunque no excesivo a las tareas domésticas diarias.
3-    Cuidar el aspecto físico y mental. Estar en casa no significa dejadez en el aseo, evitar la actividad física o estar durante horas mirando la televisión. Tanto el ejercicio como la práctica de algún tipo de relajación ayudará a mantener el tono físico y mental.
4-    Dedicar tiempo a la lectura o al descubrimiento de libros.
5-    Invertir un tiempo similar a la dedicación laboral, con nuevos aprendizajes o reciclajes sobre el trabajo profesional.
6-    Aprovechar la tarde para hacer cosas para las que nunca teníamos tiempo y que ahora sí pueden tener su momento.
7-    Planificar qué día de la semana se saldrá de casa para ir a hacer la compra semanal y las que correspondan al mantenimiento de la casa o salud de sus integrantes.

Por su parte, el estrés informativo supone un importante hándicap en la superación del síndrome del confinamiento. Reducir drásticamente la frenética, cambiante y sobreexpuesta información que los medios de comunicación ofrecen diariamente es absolutamente imprescindible para una buena salud mental. Como norma es conveniente empezar el día sin mirar o escuchar noticias radiales o televisivas, aplicando una estricta dieta informativa. Si es absolutamente necesario, tan solo una lectura breve y rápida de noticias por Internet será suficiente, prosiguiendo con las tareas matutinas que cada uno disponga. Incluso es aconsejable no ver ni escuchar nada hasta el noticiero de primera hora de la tarde. La televisión, con sus dramáticas imágenes y locuciones tremendistas provocan en el espectador confinado una sensación de agobio informativo y aumentan exponencialmente el estrés. Según un estudio del 2012 realizado en Gran Bretaña, las noticias negativas suelen afectar más a las mujeres que a los hombres, recordándolas durante más tiempo. Asimismo los jóvenes tienen una alta permeabilidad a las informaciones dramáticas, causándoles estrés y ansiedad, que en su franja de edad se manifiesta con disfunciones conductuales y actitudes y actividades irresponsables e imprudentes.

      La apatía de la inactividad es otro de los aspectos a considerar en el confinamiento familiar. Al disponer de mucho tiempo disponible en un reducto tan pequeño, fácilmente podemos conducirnos a un estado de indolencia y dejadez que definitivamente nos aboque a la apatía general. Sin embargo se puede evitar si tenemos en cuenta algunas directrices.
     En anterior apartado ya apunté algunas ideas para la actividad confinada adulta. Revindico aquellos conceptos incidiendo un poco más. En primer lugar es necesario acompasar los horarios de casa con los habituales del trabajo. Es imprescindible levantarse a la misma hora o, aunque sea una hora más tarde, mantener parecidas fracciones horarias, realizando los mismos rituales de aseo, cuidado personal y atuendos que haríamos en el caso de tener que salir a trabajar, etc. Este ordenado modo de proceder nos permitirá seguir un ritmo ocupacional similar al laboral. La cuestión central es cómo llenar el tiempo que acostumbramos a dedicar al trabajo. Si no hubiere la posibilidad de trabajar a distancia a través de la red con el teletrabajo, lo más provechoso es invertir el horario laborable establecido para profundizar o hacer un reciclaje mediante las distintas posibilidades de cursos por Internet o, en su defecto, en la multitud de opciones que se ofrecen de acorde a nuestra profesión.
     Una persistente inactividad en el hogar y la suposición de que el confinamiento es, en realidad, un tiempo vacacional, derivará en una apatía general que no solo afectará en tiempo presente sino que incidirá en la finalización del confinamiento en forma de impacto postraumático. Pero el confinamiento no es un tiempo vacacional sino preparacional. Una acertada manera de superar el día a día de reclusión es generar una rutina diaria que impida que el tiempo, la falta de perspectiva o la inactividad desborden nuestra capacidad de reacción. Para lograr convertir adecuadamente la aparente inactividad en un carga positiva para el futuro es recomendable pensar y actuar como si estuviéramos trabajando, con horarios bien especificados. Y apartarse de la inactividad mental para optar por la diligencia, la dedicación y el esmero, invirtiendo preferentemente las mañanas en las actividades más relacionadas con la vida laboral y dejando las tardes para el asueto, el descanso y el recreo familiar. Asimismo es necesario seguir manteniendo los días de descanso semanales con semejantes actividades, aunque se tengan que adaptar mucho al espacio del hogar o variarlas. De esta manera no nos desubicamos en el espacio-tiempo ni perdemos la noción de los días de la semana.

     No hay duda de que en muchos hogares la situación económica añadirá nuevas dificultades que afectarán seriamente a la estabilidad familiar. La gran parada laboral que sufre el país está precarizando tanto la economía global y local como la particular. Todo es menos fácil cuando el dinero no cubre las necesidades más elementales y más básicas como la comida. En estos casos hay que atender a la solidaridad y a la red de apoyo. Entrar en una red de apoyo no es una vergüenza o un estigma social sino un compromiso implicado y un nuevo aprendizaje de que todos somos parte de todos y nos debemos apoyar mutuamente. En estos casos lo más urgente no es solo la precariedad económica que se esté sufriendo, sino la liberación de las mochilas de la vergüenza social. Y en cualquiera de los casos, entrar en una red de apoyo será un saludable aprendizaje de que nada de lo que sucede al prójimo nos es indiferente, ni tampoco nada de lo que suframos o nos suceda será indiferente para otras personas que pueden ayudarnos desinteresadamente. Quien no vive para servir, no sirve para vivir.

· Interculturalidad en el pozo


Capítulo del libro ‘El mito de la contracultura cristiana’
© 2020 Josep Marc Laporta

 

Tres de las tendencias del cristianismo del siglo XXI que mejor definen el tipo de subculturalidad que nos preside son la industria editorial, la industria discográfica y la pseudoindustria de los predicadores itinerantes. Las tres tienen en común ser producción y explotación en masa: la capacidad industrial de abastecer cristiana y culturalmente un sector de la sociedad religiosa con sus particulares productos.
La gran industria editorial evangélica ha copado las librerías cristianas de todo el mundo con textos de todo tipo con la finalidad de saciar la sed de conocimiento teológico y, también, de satisfacer la comezón de oír de unos cristianos postmodernos que a veces parecen desear más profundizar en nuevas experiencias espiritualistas que en aplicar las verdades que ya conocen. No son pocas las editoriales que pugnan por su cuota de mercado cristiano, buscando la viabilidad de sus negocios para sostener sus propias líneas de opinión teológica. Pero pese a la positiva labor que entre unas y otras realizan, una de las tendencias que subyace es la gran retroalimentación de un cristianismo de puertas adentro que, aunque numéricamente es minoritario, se muestra muy elitista por la gran complacencia de sentirse la reserva espiritual de la sociedad. Esta es una conducta claramente contracultural, sostenida en una subcultura estanca.
Por su parte, la potente industria discográfica cristiana ofrece al gran público, especialmente el joven, un vasto mercado de cantantes, grupos, música y composiciones con pretensiones de monopolio espiritual y adoracional. La pedagogía de alabanza que la industria musical cristiana comparte y proclama a través de conciertos de adoración, discos compactos o por Internet, estandariza los cantos de todo el planeta a un solo concepto musical y de adoración. Más allá del modelo de negocio discográfico y del mantenimiento de un tipo de ministerio cristiano basado en la masiva producción y el entretenimiento, se descubre la transmisión de un estrecho abanico de temas, teologías y formas cúlticas que pretenden pasar como exclusivamente ciertas e irrefutables espiritualmente. Sin embargo, también más allá de su implantación universal subyace un cristianismo abusivamente contracultural: una estructura medular de iglesia muy agrupada alrededor de sus propias experiencias musicales y sociocultuales.
La industria de los predicadores inspiracionales itinerantes presenta un tipo de cristianismo interno a la carta, capaz de inspirar y enfervorizar a los eventuales asistentes de campañas, retiros o campamentos cristianos con retadoras prédicas espiritualmente desafiantes en un ambiente de gran inflamación del espíritu y las emociones. Aunque, sin embargo, también en evidente detrimento de la directiva autoridad pastoral de sus congregaciones que a cada uno de los asistentes correspondería. Acostumbrados a la dinámica locuacidad de su particular industria comunicacional, los predicadores inspiracionales itinerantes acostumbran a saber cómo tocar las fibras sensibles de los asistentes, logrando el objetivo de animar, alentar o inspirar, al menos temporáneamente, a un auditorio con comezón de oír.
Estas tres industrias de la mercadotecnia cristiana influyen de manera decisiva en el modelo de subculturalidad de las iglesias del siglo XXI, al tiempo que se aprestan a imponer una contracultura de modelo cristiano como adverso o contrapeso de la cultura dominante. La tendencia de la Iglesia cristiana de querer ser la versión perfecta de la sociedad, inconscientemente le impulsa a la apresurada copia o a la versión cristiana de los léxicos y las estéticas del mundo al que pertenecen. Pero también le empuja hacia la cueva del gueto y el suburbio cultural. Y todo por no querer mezclarse decididamente con las culturas a las que fue comisionada, pretendiendo ser un modelo de cultura que, en realidad, nunca fue llamada a ser.

Alejados en tiempo y espacio de la industria subcultural o contracultural del cristianismo del siglo XXI, la interculturalidad del pozo que presenta el evangelista Juan (cap. 4) en el cual Jesús se encuentra con una ciudadana samaritana, mujer que ha tenido cinco maridos y que pertenece a otro segmento cultural, es una clara muestra de cómo el Evangelio es interculturalidad y relaciones abiertas por encima de privacidades sociocostumbristas o acaparamientos mercantiles cristianos. Ubicándolo en su cultura hebrea, Jesús no debía hablar con una mujer a solas, y mucho menos siendo samaritana. Situándola también en su cultura, una mujer samaritana no podía salir de casa a esa hora, ni hablar privadamente con un varón en público, y, ni mucho menos, entablar una profunda conversación sobre aspectos costumbristas, nacionales o religiosos. Pero, de repente, una mujer excluida, considerada inferior, impura, pecadora, despreciada y desvalorada, pasa a ser mujer atendida, incluida, valorada y reconocida. La interculturalidad que expresa el texto bíblico es una clara evidencia de la profundidad y alcance de un Evangelio tan universal como individualizado. Dos culturas y distintas maneras de entender la vida, los sucesos, las costumbres o la religión, conversan sin renunciar a los perímetros formales de su propia cultura ni tampoco sometiéndose dialectalmente a la del otro, descubriendo definitivas conclusiones espirituales más allá de la propia y particular realidad.
Cuando el apóstol Pablo afirma que «ya no hay judío ni griego…, ni hombre ni mujer…» (Gálatas 3:28), expresa muy oportunamente la interculturalidad del Evangelio que anunciamos. Ya no hay hegemonías, ni contraculturas religiosas, ni dependencias coyunturales, por muy cristianas que sean, sino que la esencia redentora de Jesús rompe todas las barreras sociales, raciales, sexistas, étnicas y culturales. Circunscrito en su tiempo y peculiaridades costumbristas, el pozo de Jacob representa la sed global, la paritaria necesidad corporal, afirmando la igualdad al dignificar la mujer y suprimiendo cualquier superioridad cultural o religiosa. Ni aquí ni allá ni Garizín ni Jerusalén, afirmaría Jesús (v. 20-21), al declarar que el nuevo contrato espiritual de salvación no dependería ni de una supremacía cultural ni de un lugar o formato de adoración predilecto. La nueva adoración será en espíritu y en verdad en medio de cualquier cultura, en cada cultura y a través de sus particulares elementos de comprensión cultural.

Los pozos son lugares privilegiados de encuentro y también de conflicto, pero, sobre todo, de reconciliación. En la tradición judaica el pozo se había convertido en un elemento mítico que sintetiza los pozos de los patriarcas y el manantial que Moisés abrió en la roca en el desierto (Génesis 24; 29:2-10; Números 21:16-18). Isaías dice: «Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación» (12:3). Y en otro texto asegura: «Todos los sedientos, venid a las aguas…» (Isaías 55:1). El pozo es un lugar simbólicamente insondable, culturalmente compartido, donde surge y se mantiene la vida, lugar de encuentro y conversación. Con la mujer samaritana Jesús instaura una comunicación íntima y profunda por encima de distancias culturales y sin los guetos propios de cada grupo social. Su relación con la mujer rompe tanto las barreras propias de su nacionalidad como las de ella. Quiebra los prejuicios sociales y sitúa la salvación en el punto medio de la relación, más allá de las discrepancias sociales y religiosas, y de las evidentes distancias culturales.
Las insondables y profundas aguas del Evangelio de salvación no pueden pertenecer ni permanecer en los antros de una supuesta y elitista contracultura cristiana o de sus acomodadas subculturas. El Evangelio ya no es propiedad de un monte u otro ni Garizín ni Jerusalén (v. 20-21), sino que por la Gracia de Dios mediante su Hijo en la cruz ya es parte de todas las culturas, sin posesiones religiosas ni sesgos particulares. La simbología del agua viva de Jesús expresándose mediante el agua de manantial que corre y que siempre se renueva dinámicamente, va en contraposición del agua de las cisternas (Génesis 26:19; Jeremías 2:13) y de los pozos estancos, dejándolos como simples lugares de contacto intercultural. El agua de vida, Jesús, supera el pozo y el inicial «dame de beber», dialogando, convirtiéndose en no judío, en extranjero, necesitado, marginado con la marginada y excluida. Y la mujer deja el cántaro y también se dispone a abandonar su espacio de seguridad, su tradición y el lugar que su cultura y sociedad le habían asignado. El pozo intercultural da paso al agua viva universal, sin contraculturas ni subculturas y sin cristianismos de refugio sociocultural. Porque el Evangelio «es poder de Dios para todo aquél que cree» (Romanos 1:16).


· Himno para el 81%


© 2020 Josep Marc Laporta

Corría el año 2006 cuando Donald Trump llegó a la presidencia de los Estados Unidos con el 81% del electorado evangélico; mientras que los demócratas, representados por Hillary Clinton, alcanzaron tan solo el 16%. La cruzada de Trump en aquellas elecciones para asegurarse el apoyo protestante, que aproximadamente representa el 25% del electorado, fue titánica. «Créanme», repetía a diestro y siniestro para convencer a la cristiandad estadounidense, cotejando a grupos sociales que aparentemente los demócratas tenían controlados, organizando encuentros y mítines cuidadosamente dirigidos o codeándose con la élite blanca y evangélica. Sus propuestas avivaron el fervor cristiano ario al pregonar resolutivas acciones respecto a la vida de los no nacidos, la seguridad nacional, el cierre de fronteras a los inmigrantes o el proteccionismo estadounidense, con un cierto nativismo racialmente contaminado.

Pero más allá de las propuestas sociales, es evidente que todo discurso tiene un pensamiento político que lo ampara. Como empresario que está acostumbrado a utilizar el dinero como moneda de cambio para todo lo imaginable, a Donald Trump la democracia le parece un sistema de gobierno aburrido y lento, que contiene métodos y reglas que requieren largos debates y complejos procedimientos para tomar decisiones difíciles con el mayor respaldo posible. Por esa lejanía a veces tan inteligible para el ciudadano de a pie, Trump prefiere la política directa sin un necesario respeto a los procesos democráticos, para poner sobre el tapete público propuestas visibles y efectistas. Esta simbiosis es el principio que empareja a todos los líderes populistas del planeta, tanto de derechas como de izquierdas, y que también conjuga con una psicología evangélica simplista, que busca férvidamente aquel político que alardee de valores tradicionales, de fe, Dios y Biblia, mostrándose muy directo y elocuente en sus propuestas políticas moralizadoras. A falta de reflexiones comparadas, basta una verdad suprema para convencer de virtudes políticas.

Sin embargo, la percepción de un exceso de democracia también es un sentir que aparea votantes y políticos de corte cristiano que en el fondo ansían una teocracia absolutista donde Dios sea el gran centro político de gestión y actuación. El creciente temor a una sociedad occidental aparentemente en descomposición ética y paulatinamente empobrecida en lo económico, impulsa sentimientos resolutivos y determinantes en favor de un gobierno donde la voz de Dios tenga preeminencia sobre cualquier discusión parlamentaria. En realidad es la búsqueda de un gobierno teocrático que les eluda responsabilidades de socialización política. Por ello, los mesías de grandes absolutismos éticos acostumbran a fanfarronear piedades discursivas para conquistar las almas de fieles cuya esperanza es bajar un cielo particular para salvaguardarse políticamente, eximirse socialmente y redimir a la descaminada sociedad. Esta tendencia del evangelicalismo que se preocupa más en calificar los pecados de la carne sin tener en cuenta que todos nacen del corazón, elude muy fácilmente la responsabilidad horizontal de lo social. Abandonados a la supremacía ética de su extractada verdad, auspicia líderes que los representen sin importar los trasfondos curriculares que los sostienen. Pero el diálogo social y político no debiera tener fronteras ni verdades absolutistas.

No obstante, la coalición entre mesías-político cristiano y cristianos de iglesias-mesías-pastores, conduce a escenarios paradójicos y a veces muy contradictorios. Las controversias morales de Donald Trump también están sobre la mesa. Recientemente la revista cristiana más influyente que fundara el evangelista Billy Graham, Christianity Today, señaló que Trump debería ser destituido de su cargo por el impeachment en la Cámara de Representantes. Al parecer y con suficientes evidencias, su catadura moral es cuestionable. Los pecados del cuerpo y de las manos parecerían estar por encima del espíritu si no fuera porque todos pertenecen al ámbito del espíritu (Mateo 5:28). Así que, a pesar de las explícitas palabras de Jesús, para el presidente electo acallar la inmoralidad de la administración es un bien supremo con la lógica del interés propio y nacional. O la contratación de convictos criminales para cargos de relevancia es una práctica necesaria para la cohesión y el justo equilibrio de favores. O sus públicos devaneos con las mujeres de los cuales pruebas fonográficas revelan que se siente orgulloso, vienen a ser actitudes remisibles y disculpables si el proyecto de nación bajo Dios está asegurado. O si las acciones y gestiones inmorales, variopintas y pérfidas, habrán de ser ignoradas mientras la economía claramente dibuje gráficas ascendentes.

Ante todas estas disfunciones, parece que el patrocinio evangélico norteamericano prefiere la primacía de una teocracia de admisiones corruptas a ser una simple, pero honrosa, minoría, a lo que los interesados fieles parecen calificar como un tipo de devaluación en la misión accionarial de la iglesia. Esta parece ser la realidad y sus circunstancias. Así y a final de cuentas, lo cierto es que no debe ser nada fácil ser luz del mundo cuando controlas la red eléctrica, o sal cuando monopolizas todos los saleros. Y tampoco debe ser lo mismo creer que acercamos el Reino de Dios a la tierra cuando en realidad estamos erigiendo soberanías políticas en nuestros reinos privados.


Daniel Deitrich, pastor en la Iglesia de South Bend City en South Bend, Indiana, escribió el Himno para el 81% debido a la frustración que le suscitó el apoyo evangélico a Donald Trump. Cuando le preguntaron por qué lo escribió, respondió que «en 2016, el 81 por ciento de los cristianos evangélicos blancos votaron por Donald Trump después de, entre otras cosas, escuchar una grabación de audio presumiendo de agredir sexualmente a las mujeres. E incluso después de promulgar políticas deliberadamente crueles para destrozar familias y poner a los niños en jaulas en el sur en la frontera, el apoyo evangélico se manifestó tan ferviente como siempre».

La perplejidad de Daniel contrasta con ese 81% que ven en el presidente la mano de Dios para Norteamérica: «Fui criado en el mundo evangélico y me enseñaron a tomar en serio las palabras de Jesús: ama a Dios, ama a tu prójimo, alimenta al hambriento, lucha contra la injusticia (…) Es por eso que he estado tan confundido y profundamente triste por la inquebrantable lealtad a un hombre que tan claramente encarna lo contrario de estos valores». Y no sale de su asombro cuando observa que, al final de todo, existe una versión del cristianismo que canta sobre un Dios que derriba muros pero apoya a un presidente que los construye. Y sospecha que las mismas personas que escriben canciones de adoración a Jesús defienden a un presidente cuyas políticas y prioridades son una contradicción directa con las enseñanzas fundamentales del Maestro, con cosas como acoger al extraño, atender a los pobres y amar a nuestros enemigos.

Pero ante la capa de denuncia y acusación que aparenta, Daniel prefiere indagar y ahondar en un ejercicio de honestidad personal para no caer en errores de suficiencia religiosa: «Mira, no soy perfecto y tengo por delante mucho por crecer y aprender. No estoy gritando desde lo alto de mi caballo; simplemente estoy tratando de repetir las palabras de Jesús y los profetas, aunque pueda ser incómodo escucharlo». Por eso compuso el Himno para el 81%. Y como apunta Shane Claiborne en su entrevista a Daniel Deitrich en Red Letter Christians,(1) a veces la adoración también es resistencia. En este caso un claro mensaje profético y de denuncia:




Crecí en tus iglesias,

domingo por la mañana, culto de la tarde,

arrodillado entre lágrimas al pie de una cruz escarpada.

Me enseñaste que cada vida es sagrada,

alimentar al hambriento, vestir al desnudo.

Aprendí de ti que la ley más alta es el amor.


Te creí cuando dijiste

que debería confiar en las palabras escritas en rojo

para guiar mis pasos en medio de un mundo malvado.

Asumí que harías lo mismo,

así que imagina mi consternación

cuando te vi conducir las ovejas a los lobos.


Dijiste que amabas a los perdidos,

así que ahora te amo.

Dijiste decir la verdad,

entonces te estoy pidiendo cuentas.

Por qué no vives las palabras

que dejaste en mi  boca,

que el amor venza y la justicia pierda.


Comenzaron a poner a los niños en jaulas,

arrancando a las madres de sus propios bebés.

Y te busqué para hablar en su nombre,

pero todo lo que oí fue silencio,

o  lo justificaste de mal en peor:

cantando gloria, aleluya e izando la bandera.


Tu miedo se había convertido en odio,

pero lo bautizaste con un lenguaje

arrancado de las páginas del Gran Libro.

Tú armaste la religión

y te preguntas por qué me voy:

para encontrar a Jesús en el lado equivocado de tus muros.


Vuelve a casa,

vuelve a casa.

Eres mejor que esto.

Me enseñaste mejor que esto.



     [1] https://www.redletterchristians.org/when-worship-is-resistance-hymn-for-the-81/


· La gramática universal de la música


© 2019 Josep Marc Laporta

 

En el año 1900, un grupo de músicos de Tailandia viajó a Berlín para dar unos conciertos. Entre el numeroso público asistió un psicólogo muy interesado en la interconexión cultural. Karl Stung se quedó maravillado porque, aunque la música era diferente, encontró que había numerosas coincidencias con la música europea. A partir de ese momento y animado por esa primera observación empezó a investigar si realmente existen unos principios universales musicales como sucede con el lenguaje.
Todas las culturas hablan y se comunican. Y todas tienen gramática, vocabulario, verbos, adjetivos, sustantivos, etc. Por lo tanto, a partir de esa vital experiencia, Stung empezó a investigar si sucede lo mismo con la música, por lo que creó el archivo fonográfico de Berlín, coleccionando todo tipo de grabaciones de diferentes culturas del planeta. Hasta tal punto llegó su investigación, que en 1933 ya tenía archivadas unas 13.000 grabaciones de todo el mundo, creando al mismo tiempo la escuela de musicología comparativa. Pero en ese mismo año, Adolf Hitler llegó al poder y todo el trabajo de Stung se perdió, básicamente porque el grueso del grupo de investigadores de la escuela de musicología eran judíos, teniendo que huir de Berlín.
Tras la irreparable pérdida sufrida, durante años se abandonaron los estudios sobre musicología comparativa. Incluso fue muy mal vista dentro del academicismo de los años 70, ya que la corriente científica apuntaba a que cada cultura era única, tenía sus peculiaridades y se debía respetar tal y como era. Pero desde hace unos años este campo de investigación ha renacido, con nuevas investigaciones que han llegado a determinar que, aunque con diferentes idiomas y formas, existe una gramática universal de la música con una paridad musical de las emociones y los sentimientos expresados. Y aunque no todas las canciones de amor digan ‘te quiero’ o las canciones de cuna digan ‘duérmete niño’, sí que comparten un mismo patrón universal, como también sucede con las canciones de fiesta o con la música de baile. Sea en la cultura que sea todas ellas tienen ciertos patrones comunes, a pesar de que las formas musicales sean distintas.
Manvir Singh, antropólogo del departamento de biología evolutiva de la Universidad de Harvard y una de las firmas de las últimas investigaciones musicológicas, afirma que la música es un lenguaje universal de la humanidad. Junto a un equipo multidisciplinar integrado por psicólogos, musicológos, etnógrafos, científicos de datos, biólogos evolutivos e incluso politólogos, ha demostrado que existe una gramática compartida que subyace a todas las canciones cantadas.
Una de las primeras y previas conclusiones a la que llegaron los investigadores es que todas las culturas del planeta tienen música. Y aunque no es un dato que pueda sorprendernos, sí que al igual que todas tienen un lenguaje y todas tienen danzas, también tienen la música como forma de expresión. Así que las canciones cumplen las mismas funciones en todas las culturas, por lo que existen cantos de cuna, de amor, música para bailar, canciones religiosas, de funerales o canciones curativas, como son la de los chamanes o la música que en nuestra época utilizamos para la relajación. Pero lo más importante es que todas estas canciones que cumplen las mismas funciones, tienen un cierto o somero parecido musical o cadencial en todas las culturas.
Otro de los descubrimientos apunta a que en todo el planeta la música tiene ritmo. Y a pesar de que de un tipo de canciones a otro pueda variar algo la velocidad o la cadencia, en realidad todas tienen parecidas secuencias rítmicas. Si son de cuna, acostumbran a ser pausadas; si son de baile, tienen un ritmo más marcado y vivo; o, si son de funeral, tienden a la gravedad rítmica y sonora: la forma parece asociada a la función. Pero uno de los hallazgos más interesantes es que todas las canciones en todas las culturas son tonales, lo que significa que las melodías se estructuran a partir de una nota dominante. Y aunque las escalas pueden ser diferentes, todas parten de una base fundamental y constructiva.
Samuel Mehr, de la Universidad de Harvard (EE UU), sostiene una ‘gramática musical’ compartida por todos los cerebros humanos: «En la teoría musical, a menudo se asume que la tonalidad [el principio de organizar composiciones musicales alrededor de una nota central] es una invención de los músicos occidentales, pero nuestros datos plantean la controvertida posibilidad de que sea una característica universal de la música. (…) Esto sugiere preguntas acuciantes acerca de la estructura que subyace en la música de todo el mundo. Y sobre si nuestras mentes están diseñadas para componer música».
Al final de cuentas, cuando se han reunido todos los datos en común y se han estudiado por separado y en conjunto, ¿a qué conclusión nos lleva? Todo indica a que la música es propiedad del cerebro humano, como también lo es el lenguaje. Podríamos decir que el cerebro está programado para la música y lo que es eventual es que haya personas que no cultiven este potencial, al igual que ocurriría si un niño se criase en un entorno sin lenguaje. En este caso llegaría a adulto con unas habilidades lingüísticas limitadas. La música es parte de la biología humana, y las culturas la asumen y proyectan de manera similar entre ellas, aunque, como es lógico, con sus propias características evolutivas, circunstanciales, regionales y culturales.

PROCESO INVESTIGATIVO

Para poder demostrar y reavivar las primitivas propuestas de Karl Stung de principios del siglo XX, los investigadores primero comenzaron rastreando cientos de grabaciones de sociedades pequeñas, como tribus aborígenes australianas, celtas irlandesas o grupos de cazadores-recolectores africanos, tanto en bibliotecas públicas como en colecciones privadas de todo el mundo.
Según explica Samuel Mehr, psicólogo investigador Harvard y coautor del estudio que nos atañe, «a pesar de que estamos muy acostumbrados a encontrar cualquier pieza de música que queramos en Internet, hay miles y miles de registros enterrados en archivos que no son accesibles online». El trabajo de documentación para realizar esta investigación fue titánico: «A veces encontrábamos una anotación extraña y el bibliotecario de Harvard 20 minutos más tarde volvía con un carro cargado con más de 20 cajas con bobinas repletas de grabaciones de música celta tradicional».
Los investigadores escudriñaron bobinas, cintas de casete, vinilos, CD, registros originales de antropólogos y etnomusicógrafos, con los que elaboraron una discografía con temas cantados pertenecientes a cuatro ámbitos nanas, amor, baile y cuidado de los enfermos de 326 sociedades de diferentes regiones geográficas de la Tierra, desde los wolof de África occidental a los guaraníes de Sudamérica, pasando por los pueblos agrícolas de Corea del Sur y los escoceses de las Tierras Altas. A este vasto compendio lo titularon Historia Natural de la Canción y es accesible online (The Natural History of Song: https://osf.io/jmv3q). También recabaron información etnográfica. Manvir Singh, antropólogo coautor de la investigación, aseguró que «al final logramos documentar un subconjunto de 60 sociedades, seleccionadas para cubrir la diversidad geográfica y cultural», explicando que «teníamos 5.000 anotaciones y registros de primera mano de antropólogos que habían estado trabajando con cada una de esas sociedades durante años, documentando su comportamiento, estudiándolo, que incluso hablaban las lenguas de esas pequeñas culturas».
En resumen, la etnografía del estudio contiene casi 5.000 descripciones de canciones y actuaciones de canciones de 60 grandes sociedades humanas y 326 de concretas. Contiene unas 500.000 palabras de texto etnográfico, incluyendo traducciones de más de 2.000 letras de canciones. Un equipo de investigadores obtuvo textos de los Archivos del Área de Relaciones Humanas y los codificó en más de 60 variables. Estos incluyen la demografía de cantantes y miembros de la audiencia, la hora del día y la duración del canto, la presencia de instrumentos, objetos y vestimenta especial, y más detalles. Los asistentes de investigación también usaron palabras clave para describir los eventos que llevaron a la interpretación de una canción, así como su contexto de comportamiento, función y contenido lírico.
A continuación realizaron un estudio sistemático y exhaustivo de las características de las canciones y aplicaron técnicas computacionales procedentes de las ciencias sociales para intentar responder, en primer lugar, si la música es o no un lenguaje universal, qué tipo de comportamiento se asocia a cada canción y si hay características que permitan predecir el uso de cada tema y características rítmicas, melódicas o de tonalidad compartidas. Al igual que el lingüista estadounidense Noam Chomsky defiende la existencia de una gramática universal compartida por todas las lenguas, Manvir Singh sugiere que la cultura humana se construye por doquier a partir de los mismos ladrillos psicológicos esenciales.
Tras hacer escuchar esa discografía a través de una plataforma online a un grupo de 30.000 voluntarios que debían clasificar los temas en función de si consideraban que eran canciones de cuna, de amor, para cuidar a enfermos o para bailar, los investigadores vieron que sí, que tanto da de dónde sea la canción, pues en realidad se puede predecir con bastante probabilidad de éxito al escucharla si se trata de una nana o de una canción de amor. Posteriormente, un equipo de músicos expertos escuchó cada canción mientras leía las transcripciones y codificó cada canción en 40 variables. Por ejemplo, indicaron el tempo del canto, la instrumentación, el contorno melódico y si tenía un centro tonal claro.
Entre los resultados más interesantes destaca el hecho de que, por ejemplo, las canciones para cuidar enfermos o terapéuticas son menos variables melódicamente que las canciones de baile. Y también han visto que hay más variación de contextos en que se usa un tipo de canción en una misma sociedad que entre sociedades distintas, lo que, en palabras de Singh, «demuestra que, a pesar de la diversidad de la música, los humanos usamos las canciones de manera similar en todo el mundo».
Otro de los principales hallazgos del trabajo es que la tonalidad, que tradicionalmente se ha asumido que una invención occidental, es una característica universal, lo que, según los investigadores, sugiere que seguramente hay una gramática universal que subyace a la música y aparece en todas las culturas. Singh imagina una utopía: «Sería fascinante poder dar marcha atrás en el tiempo e ir 220.000 años atrás para ver si nuestros ancestros ya cantaban y qué cantaban. ¿Y los neandertales, tenían música? Quizás solo así podríamos responder por qué cantamos y si primero empezamos a hablar y luego vino la música, o fue al revés».
Sin embargo, a pesar de aplaudir la aparente solidez del estudio de Mehr y Singh, el musicólogo Emilio Ros-Fábregas que dirige el Fondo de Música Tradicional de la Institución Milá y Fontanals (IMF-CSIC) de Barcelona una colección del patrimonio musical español que custodia más de 20.000 melodías populares recogidas entre 1944 y 1960 por todo el país, se muestra algo escéptico sobre la universalidad de la música. «Reto a cualquier persona a escuchar un fragmento de Yaegoromo, una canción japonesa del repertorio de tradición oral, y a averiguar su mensaje». Las reservas de Ros-Fábregas no eximen de contenido y trascendencia el estudio de Mehr y Singh, sino que apunta a que no todas las canciones podrían pasar el cedazo de la corresponsabilidad entre culturas. Aún así, la forma parece asociada a la función en cualquier rincón del planeta, al menos de manera genérica. Y, también, que los estados de ánimos son semejantes en todas las culturas, por lo que la expresión de esos sentimientos tienen similares locuciones musicales.

LOS CHIMPANCÉS DE KYOTO

Como un último apunte adicionado a los estudios liderados por Mehr y Singh, cabe resaltar los experimentos de la Universidad de Kyoto, en Japón, que afirman que los chimpancés saben bailar al ritmo de la música. El equipo de primatólogos del Instituto de Investigación de Primates de la Universidad de Kyoto, uno de los más importantes en su especialidad, crearon un lugar suficientemente apropiado y acondicionado para que los chimpancés pudieran vivir y desarrollarse con comodidad. Dentro de las instalaciones cuentan con una especie de discoteca, un espacio cerrado al cual pueden acceder voluntariamente por un pasillo. En ese enclave y para esta investigación, a diferentes horas del día durante seis días pusieron una música que destacaba claramente por su ritmo, siendo la melodía y la armonía muy adyacente. 
Se sabe que en la selva hay chimpancés, concretamente machos, que bailan cuando llueve muy fuerte, como si fuera una danza de la lluvia. Por eso los primatólogos de Kyoto querían saber si realmente los chimpancés tienen un cierto sentido musical o si bailan con la música. La habitación a modo de discoteca, separada de su hábitat por un estrecho pasillo, tenía música rítmica a diferentes horas del día en los seis días de investigación. La observación presenta que, cuando ponían música, los siete primates residentes reaccionaban, acudiendo voluntariamente a esa habitación. Y cuando la música cesaba, también voluntariamente marchaban del lugar. ¿Qué es lo que hacían cuando iban a su discoteca particular? Básicamente moverse rítmicamente. De los siete (tres machos y cuatro hembras), acostumbraban a hacerlo seis. Y de las acciones que parece que les agradaba era dar golpes contra las paredes y las ventanas al ritmo de la música, además de realizar sonidos guturales al mismo tiempo. De los siete, tres hacían palmas, e incluso había una hembra que seguía el ritmo con el pie. Del estudio destacó que los machos son más activos y la hembras más pasivas, que, por lo general, miraban lo que sucedía y no interactuaban tanto con el ritmo como lo hacían los machos.
Entre muchas variables y deducciones, una de las conclusiones generales del estudio de Kyoto es que esta aptitud hacia el baile, que se consideraba exclusivamente humana, es compartida por otras especies, como mínimo con los chimpancés. Y otro de los resultados al que se llegó es que el origen del baile y la aptitud rítmica es muy antigua y anterior al lenguaje. Si los primates, que no tienen un lenguaje sonoro consolidado y reglado, reaccionan a la música rítmica de manera intuitiva, todo ello permite suponer que los estímulos sonoros y rítmico-musicales forman parte de la antropología biológica animal y, en consecuencia, humana. Para los autores del estudio, Yuko Hattoria y Masaki Tomonaga, los resultados sugieren que el baile tiene cierta base biológica y que los prerrequisitos para la música y la danza ya existían hace millones de años en la especie más parecida a la humana.

Esta investigación, unida a la de la Universidad de Harvard, permite conjeturar con suficiente certeza que el cerebro humano está programado para la expresión musical y que existe una gramática universal, común a todas las culturas, como si fuera un lenguaje de los sentimientos y las emociones; un lenguaje paralelo al idioma hablado e inteligible de comunicación de ideas, simbolismos, pensamientos y conceptos. En definitiva, un idioma de los sentimientos en que el cerebro reacciona en todas las culturas con parecidas expresiones músico-rítmicas, según su propia idiosincrasia, naturaleza y personalidad social.

 

© 2019 Josep Marc Laporta